El Portal A Apricon.

34

El día de la mudanza llegó sin grandes ceremonias. No era el gran equipaje de una novia a punto de mudarse con su pareja, en realidad, mis pertenencias cabían en un par de baúles pequeños.

Al dar el primer paso a la cabaña de Krohonan, una ola de aire caliente me golpeó el rostro.

—Suputa madre... esto es un horno —murmuré para mí misma.

No lo sentía cuando vine la última vez con la lluvia.

La habitación de Krohonan no tenía absolutamente nada que ver con una alcoba normal. Las paredes estaban hechas de piedra.

Krohonan entró a la habitación. Tenía el cabello oscuro ligeramente revuelto, y sus ojos con esa pupila vertical se fijaron en mí al instante. Llevaba el torso descubierto, dejando a la vista las vendas limpias que aún cubrían parte de sus costillas.

En sus manos sostenía un bulto envuelto en una tela de terciopelo oscuro

—Es un regalo de bienvenida —anunció, manteniendo una seriedad.

—Vaya... —Sonreí genuinamente, sintiendo un leve cosquilleo de emoción en el pecho

Mis ojos brillaron con anticipación ¿Sera un collar rúnico? ¿una joya antigua? o tal vez alguna reliquia familiar…

Retiré la tela de terciopelo con cuidado, pero la sonrisa se me congeló de golpe en los labios y un escalofrío involuntario me recorrió la espina dorsal.

En mis manos no había oro, ni gemas. Había un cráneo. Un cráneo real, perfectamente limpio y pulido de forma meticulosa, que pertenecía a una criatura de tamaño mediano que definitivamente poseía dos hileras de colmillos afilados como navajas y un par de cuencas oculares desproporcionadas que parecían observarme con un odio como si yo hubiera sida la que lo despellejó.

—Es tradición, ofrecer un tributo cuando la compañera ingresa a la guarida por primera vez. Para demostrar que puedo proveer, proteger y eliminar cualquier amenaza que ose respirar cerca de nuestro territorio.

Me quedé congelada, sosteniendo aquella cabeza con ambas manos, sintiendo cómo su peso me tiraba de los brazos hacia abajo. Mi cerebro luchó desesperadamente por encontrar una respuesta adecuada que equilibrara el inmenso horror que sentía con la absoluta gratitud que él esperaba.

—Es... vaya, Krohonan. Es... muy huesudo —logré balbucear, tragando saliva y forzando la sonrisa más grande que pude—. ¿De qué...? No, mejor no me digas de qué es.

—Es un Ahuizotl —explicó y juraría que en su rostro se dibujó un leve atisbo de orgullo —. Lo cacé yo solo durante mi tercera campaña militar en la frontera sur hace mucho tiempo. era un monstruo acuático que habitaba en las profundidades de ríos Lo limpié meticulosamente. No tiene ni un solo rastro de tejido. Ahora es tuya.

Me quedé mirando el hueso, parpadeando repetidamente mientras intentaba procesar la surrealista escena.

—Oh, qué detalle tan... higiénico de tu parte. —Levanté la vista hacia él. Su mirada estaba llena de expectación, casi como la de un cachorro esperando que lo elogiaran por traer una rama muerta, solo que la rama era un monstruo decapitado—. Muchas gracias, de verdad. Es el regalo más... único que me han dado en la vida. Pero, Krohonan…

Dejé el cráneo cuidadosamente sobre la cama. Me acerqué a él y le puse las manos sobre su pecho, sintiendo el calor de su piel.

—¿No es de tu agrado? —Sus cejas se juntaron de inmediato, y sus pupilas se contrajeron en dos finas líneas verticales, denotando una clara confusión herida.

—¡No, no es eso, es un cráneo encantador y muy bien lavado! ¡Me encantó! ¡Lo adoro! Solo que… —comencé, usando mi tono más suave—. En mi mundo, cuando alguien se muda con su pareja, o quiere demostrar afecto, solemos regalar cosas un poco más... vivas. Como flores ¿entiendes?. A veces, una flor es mil veces mejor que una decapitación.

Krohonan frunció el ceño, genuinamente confundido.

— Las flores se marchitan en tres días dentro de esta habitación, Milenka—argumentó con una lógica aplastante y brutal.

—Lo sé, lo sé… Es un cráneo precioso —le concedí, dándole unas palmaditas en el pecho antes de darme la vuelta y observar la habitación—. Lo dejaremos aquí. Así mantendrá vigilada la puerta por si Nerón intenta entrar.

Caminé hacia el fondo de la habitación, donde unos enormes ventanales de piedra estaban sellados. Con esfuerzo, empujé las pesadas hojas. Al instante, una ráfaga de aire helado y puro inundó la estancia, barriendo el ambiente opresivo.

A mis espaldas, escuché un gruñido profundo, casi gutural. Me giré y vi a Krohonan retrocediendo un paso, los hombros tensos y su cuello erizándose levemente por el cambio brusco de temperatura.

¿Los reptiles odiaban el frío?

—¡Mucho mejor! —exclamé alegremente, ignorando su evidente descontento.

Fui hacia mis baúles y comencé a sacar mis túnicas. Luego miré el "nido de amor". Era un desastre caótico de sedas enredadas y pieles tiradas sin ningún sentido estético. Suspiré, me subí las mangas y me puse a trabajar. Empecé a estirar las sábanas, sacudiendo las pieles de animales y doblándolas en los extremos para darle una forma más... minimalista a la habitación.

Agarré las pesadas túnicas de Krohonan que estaban tiradas en una esquina y comencé a doblarlas meticulosamente.

Krohonan no dijo una palabra.

Se cruzó de brazos, apoyando su enorme hombro contra el marco de la puerta de piedra. Lo observé de reojo. Cualquiera pensaría que un ser tan territorial y agresivo estaría furioso viendo a un extraño modificar su santuario. Pero no había ira en sus ojos; había una fascinación absoluta. Me seguía con la mirada mientras yo me movía por el cuarto, doblando, ajustando, reclamando el espacio sagrado del último Cocatriz como si fuera la mismísima dueña del lugar.

Las horas pasaron y la noche cayó sobre Apricon, tiñendo el cielo de un azul profundo y estrellado. El cuarto ahora estaba iluminado únicamente por las brasas que ardían en un cuenco de piedra en la pared. Había logrado un equilibrio en la habitación: no hacía el frío congelante del exterior, pero tampoco el calor sofocante de un volcán.




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