El Portal A Apricon.

EPILOGO.

Siento un vacío. Tú conoces esa sensación. Ese microsegundo de confusión justo antes de despertar, donde no sabes si estás cayendo o si acabas de aterrizar.

Es un agujero en el centro de mi pecho, un silencio que no logro apaciguar ni llenar con nada. Ni con la comida insípida del hospital, ni con las visitas, ni con la supuesta alegría de estar viva.

Konstantin no ha vuelto a venir desde que soltó lo de su boda. Supongo que la culpa de casarse con la mujer que me hizo la vida imposible es más fuerte que su lealtad de "mejor amigo", o quizás el alivio de no tener que fingir más, lo mantiene alejado.

Nikolay por otro lado, no cierra la boca; viene todos los días, pero lo único que hace es hablar y hablar. Me cuenta sobre películas que me perdí, sobre chismes de gente que ya casi no recuerdo, sobre cómo cambió el mundo en estos dos años, quién se graduó, quién se mudó, qué político metió la pata; llenando el aire con palabras vacías para evitar que yo piense.

El único que me escucha cuando hablo de aquello es Vladimir. Se recuesta a mi lado, asiente y me aprieta la mano mientras le cuento sobre la fortaleza de piedra y criaturas mitológicas.

Pero veo el brillo en sus ojos: no me cree.

Aunque no lo admite y trata de ser amable, sé que no me cree. Veo la lástima en sus ojos.

Para él, soy una chica con el cerebro frito, aferrándose a un cuento de hadas para no enfrentar su realidad terminal. Piensa que es un efecto secundario del trauma cerebral.

Y tiene razón.

Poco a poco, la resignación se asienta como polvo sobre mis hombros. Todo lo vivido en Apricon fue mentira.

Una ilusión.

Nunca pasó.

Fue simplemente un sueño complejo, una alucinación vívida que mi mente tejió para protegerme mientras me pudría en una camilla de hospital, conectada a máquinas que respiraban por mí.

Nerón jamás me hizo reír con sus ocurrencias absurdas ni tuvo colas de zorro. Las sirenas jamás me atacaron en la oscuridad. Xal nunca me torturó en aquel bosque. Y yo... yo jamás me enamoré de un hombre llamado Krohonan.

Ese amor que sentía tan real, tan físico que aún me dolía la piel al recordarlo, no era más que el delirio de una niña moribunda que quería sentirse protegida.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, quebrando el hilo de mis pensamientos. Nikolay entró al cuarto hecho un torbellino, con el abrigo a medio poner y las mejillas rojas por el frío de la calle.

—¡Nik! Pensé que ya te habías ido a casa —exclamé, entre sorprendida y genuinamente feliz.

Me sequé las lágrimas rápidamente con el dorso de la mano.

— ¡Ni de broma! —Gritó él, acercándose a zancadas con una sonrisa que le iluminaba toda la cara—. Quería ser el primero en darte la buena noticia de que mañana por la mañana te dan de alta oficialmente ¡Te vienes a casa!

A pesar de los tubos, los cables del monitor cardíaco y las inyecciones conectadas a mi cuerpo frágil, Nick se abalanzó sobre mí y me abrazó con una fuerza que me sacó el aire de los pulmones. Me reí, una risa débil y rasposa, devolviéndole el abrazo con mis brazos huesudos. Por un segundo, la idea de salir de estas cuatro paredes blancas me pareció el mejor regalo del mundo.

—El horario de visitas terminó hace exactamente diez minutos.

La voz cortó el ambiente festivo como la hoja de una guillotina.

La voz era grave, profunda, casi gutural, que me erizó cada vello de la nuca al instante y que casi hizo que Nik se tropezara hacia atrás, enredándose torpemente con las vías intravenosas conectadas en mi brazo derecho.

—¡Mierda! Me asustaste —exclamó mi amigo, llevándose una mano al pecho en un gesto teatral, aunque no dejó de mirar fijamente al hombre que acababa de entrar.

Era un enfermero inusualmente alto, de hombros anchos que llenaban por completo el uniforme azul impecable del hospital. Llevaba un cubrebocas quirúrgico blanco que le cubría la mitad del rostro, y nos observaba a ambos desde arriba con una postura rígida.

—Ya me iba, de verdad, solo me estaba despidiendo de ella — se excusó Nikolay, intimidado por la estatura del tipo.

El tipo lo ignoró por completo, mostrando una frialdad que me resultó molesta.

Entró a la habitación con paso firme, dejando una carpeta metálica, dirigiéndose directo hacia el monitor de mis signos vitales sin decir una sola palabra.

Nikolay me dedicó una última mirada de disculpa, me apretó el hombro y se escabullió por el pasillo, cerrando la puerta detrás de sí.

El silencio que siguió a la salida de Nick fue sofocante. El enfermero revisaba la bolsa de suero, anotando algo en una pequeña libreta

—No tenía por qué ser tan grosero con él —le hablé.

—Su novio debería aprender a respetar los horarios del hospital y no andar molestando a los pacientes que necesitan descanso —respondió.

—Para empezar, él no es mi novio—aclaré, rodando los ojos con fastidio.

—Ah. Entonces se da besos apasionados con cualquiera, ya veo.

Me quedé en blanco antes de soltar una carcajada limpia y sonora que resonó en las paredes. Esto era tan sumamente absurdo que ni siquiera podía llegar a ofenderme.

—Oiga, pero qué igualado y atrevido— logré recuperar el aliento—. ¿Quién demonios se cree que es para hablarme así?

El enfermero se giró lentamente hacia mí, apoyando una mano inmensa sobre la baranda de metal de mi cama, acorralándome visualmente.

—No soy nadie. Solo un pobre diablo que, hasta hace unos meses, creía que ya estabas con tus ancestros.

Su risa, corta y seca, me hizo levantar la mirada. Lo primero que noté no fueron sus ojos grises, sino el tatuaje que asomaba por el cuello: la cola de una serpiente negra, tinta oscura sobre piel pálida, que desaparecía bajo la tela.

—En estos dos años me he encargado de su cuidado —respondió sin mirarme, ajustando una válvula—. Y debo decir que tenía otra impresión de ti por las historias de tu hermano. Él decía que eras divertida y alegre...




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