El precio de amarte

El peso de un apellido

El sonido de los tacones de Andrea Lombardi resonaba por los largos pasillos de la enorme mansión. Las paredes de mármol blanco estaban decoradas con cuadros de generaciones pasadas, hombres y mujeres que habían construido uno de los imperios mafiosos más poderosos del país. Cada retrato parecía observarla, recordándole el peso que llevaba sobre sus hombros desde el día en que nació.

No era una chica común.

Nunca lo fue.

Desde pequeña aprendió que una Lombardi no lloraba frente a los demás, no mostraba debilidad y, sobre todo, jamás confiaba en alguien fuera de la familia.

Su padre, Enzo Lombardi, era conocido por ser un hombre inteligente, frío y calculador. Nadie se atrevía a desafiarlo.

Su madre, Valentina Lombardi, mantenía la elegancia que caracterizaba a la familia, aunque detrás de aquella sonrisa perfecta escondía el miedo constante de perder a quienes amaba.

Andrea era la única hija.

Y también la heredera.

Mientras otras chicas de su edad soñaban con universidades, viajes o fiestas, ella aprendía a distinguir quién mentía con solo mirar sus ojos. Sabía negociar, conocía el valor del silencio y entendía que, en su mundo, una palabra equivocada podía costar una vida.

Aquella mañana, el enorme comedor estaba preparado para el desayuno.

Los empleados caminaban en absoluto silencio.

Nadie hablaba cuando Enzo Lombardi estaba presente.

—Buenos días, papá... mamá —saludó Andrea mientras tomaba asiento.

—Llegas dos minutos tarde —respondió Enzo sin levantar la vista del periódico.

Andrea soltó un pequeño suspiro.

—Lo siento.

—Las disculpas no recuperan el tiempo perdido.

Valentina intervino antes de que el ambiente empeorara.

—Déjala desayunar, Enzo.

Él dejó el periódico sobre la mesa.

—Dentro de unos meses cumplirás veintidós años. Ya no eres una niña.

Andrea asintió sin discutir.

Sabía que hacerlo solo empeoraría las cosas.

Durante varios minutos el silencio reinó en la mesa.

Hasta que Enzo volvió a hablar.

—Esta noche asistirás conmigo a la gala benéfica del Hotel Imperial.

Andrea levantó la mirada.

—¿Otra reunión de negocios?

—Algo parecido.

—Pensé que podría salir con mis amigas.

—No.

La respuesta fue tan seca que no dejó espacio para discutir.

—Pero...

—He dicho que no.

Andrea bajó la cabeza.

Estaba acostumbrada.

Siempre era igual.

Las decisiones ya estaban tomadas antes de preguntarle su opinión.

Después del desayuno subió a su habitación.

Era enorme.

Tenía un balcón con vista a toda la ciudad, una biblioteca privada, un piano de cola y un enorme vestidor que cualquier persona envidiaría.

Sin embargo...

Nunca se había sentido libre.

Se acercó al ventanal y observó las calles.

Las personas caminaban sin preocuparse por escoltas, enemigos o traiciones.

A veces imaginaba cómo sería vivir una vida normal.

Poder salir sin avisar.

Ir a tomar un café.

Reír sin miedo.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

Entró su mejor amiga, Sofía Bianchi, quien además trabajaba como asistente de confianza de la familia.

—¿Lista para esta noche? —preguntó sonriendo.

Andrea dejó escapar una risa cansada.

—Nunca estoy lista para esas reuniones.

—Escuché que asistirán muchas familias importantes.

—¿Y?

—También la familia Mancini.

Andrea arqueó una ceja.

Había escuchado ese apellido miles de veces.

Los Mancini eran una organización mafiosa igual de poderosa que los Lombardi.

No eran aliados.

Pero tampoco enemigos declarados.

Existía una paz frágil que cualquiera podía romper.

—Espero ni siquiera cruzarme con ellos.

—Dicen que el hijo menor regresó hace poco de Italia.

Andrea tomó un libro de su escritorio.

—No me interesa.

Sofía sonrió con picardía.

—Eso dicen todas.

Andrea le lanzó un cojín.

—Cállate.

Las dos comenzaron a reír.

Era uno de los pocos momentos en los que Andrea olvidaba el peso de pertenecer a aquella familia.

...

Mientras tanto...

Al otro lado de la ciudad.

En una moderna mansión de cristal negro y acero, Carlos Mancini terminaba su entrenamiento.

Un guardaespaldas le entregó una toalla.

—Su padre quiere verlo.

Carlos respiró hondo.

—Voy.

Entró al despacho.

El ambiente era tan frío como el hombre sentado detrás del enorme escritorio.

Matteo Mancini.

Líder absoluto de la familia Mancini.

—Siéntate.

Carlos obedeció.

—Esta noche vendrás conmigo.

—¿A la gala?

—Sí.

Carlos ya imaginaba el motivo.

Negocios.

Siempre eran negocios.

—Escuché que también asistirán los Lombardi.

Matteo levantó lentamente la vista.

—Mantente lejos de ellos.

—¿Por qué?

—Porque un apellido puede iniciar una guerra.

Carlos permaneció en silencio.

Nunca entendió por qué existía tanta tensión entre ambas familias.

Solo sabía que, desde niño, le enseñaron una regla muy clara.

Jamás confíes en un Lombardi.

...

Las luces del Hotel Imperial comenzaron a iluminar la ciudad mientras decenas de vehículos de lujo llegaban uno tras otro.

Periodistas.

Empresarios.

Políticos.

Y, entre ellos...

Las familias más influyentes del país.

Andrea descendió del automóvil con un elegante vestido negro que resaltaba su porte y su seguridad. A simple vista parecía tranquila, pero por dentro sentía que aquella noche sería diferente.

No sabía por qué.

Era solo una corazonada.

Al mismo tiempo, otro automóvil se detuvo frente a la entrada.

Carlos ajustó el saco negro de su traje mientras descendía junto a su padre.




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