La música de un elegante cuarteto de cuerdas envolvía el enorme salón del Hotel Imperial. Las lámparas de cristal iluminaban cada rincón con un brillo cálido, mientras empresarios, políticos y las familias más poderosas del país intercambiaban saludos acompañados de sonrisas que ocultaban intereses mucho más grandes que una simple conversación.
Andrea caminaba junto a su padre.
Llevaba un vestido negro de seda que caía con elegancia hasta el suelo. Su cabello oscuro estaba recogido parcialmente y un discreto collar de diamantes descansaba sobre su cuello.
—Mantén la cabeza en alto —murmuró Enzo Lombardi sin mirarla.
—Siempre lo hago.
—Recuerda quién eres.
Andrea suspiró.
—Soy Andrea Lombardi, hija del hombre que no deja de recordármelo.
Enzo giró apenas el rostro para verla.
—El sarcasmo nunca te llevará lejos.
—Y el exceso de seriedad tampoco.
Por un segundo, Valentina, que caminaba detrás de ellos, soltó una pequeña risa.
—Déjala, Enzo. Al menos todavía sabe sonreír.
Él simplemente siguió caminando.
...
Mientras tanto...
Carlos Mancini acababa de entrar al salón acompañado de su padre, Matteo.
Su traje negro estaba perfectamente ajustado. Su reloj plateado brillaba bajo las luces del salón y su expresión transmitía una tranquilidad que pocas personas lograban conservar en un ambiente como ese.
—No te separes de mí durante los discursos —ordenó Matteo.
—Lo sé.
—Y evita llamar la atención.
Carlos sonrió.
—Nunca la busco.
—A veces llega sola.
Carlos guardó silencio.
No le gustaban demasiado esos eventos. Siempre eran iguales: hombres hablando de dinero, poder y acuerdos disfrazados de cenas elegantes.
Tomó una copa de agua de una bandeja que pasaba frente a él.
Uno de los guardaespaldas se acercó.
—Señor, ya llegaron los Lombardi.
Carlos levantó la vista casi por instinto.
A varios metros distinguió a Andrea conversando con una mujer mayor.
—¿Quién es ella? —preguntó sin apartar la mirada.
El guardaespaldas respondió en voz baja.
—Andrea Lombardi.
Carlos no dijo nada.
La joven sonreía mientras escuchaba a su madre.
No parecía arrogante.
No parecía fría.
Parecía... diferente.
...
Andrea tomó una copa de jugo.
—Mamá, ¿podemos ir al jardín unos minutos?
—Claro, pero no te alejes demasiado.
—No tardaré.
Salió del salón buscando un poco de aire.
El jardín del hotel era enorme.
Había fuentes iluminadas, rosales perfectamente cuidados y pequeñas mesas rodeadas de árboles.
Andrea respiró profundamente.
—Mucho mejor...
—Parece que no soy el único que necesitaba escapar de tanta formalidad.
La voz hizo que girara inmediatamente.
Frente a ella estaba Carlos.
Por un momento ninguno habló.
Andrea fue la primera en romper el silencio.
—¿Me conoces?
Carlos sonrió con educación.
—Solo sé tu nombre.
—¿Y cómo lo sabes?
—Es difícil no reconocer a una Lombardi.
Andrea cruzó los brazos.
—Entonces tú eres...
—Carlos Mancini.
Ella arqueó una ceja.
—Vaya...
—¿Esperabas otra cosa?
—No.
—Pero...
—Pensé que serías mucho mayor.
Carlos soltó una pequeña risa.
—Eso me dicen seguido.
Andrea no pudo evitar sonreír.
Era una sonrisa pequeña.
Pero sincera.
—¿Siempre haces reír a personas que acabas de conocer?
—Solo cuando parecen necesitarlo.
Andrea lo observó unos segundos.
No encontraba esa arrogancia que imaginaba en el hijo de un jefe mafioso.
Al contrario.
Parecía tranquilo.
Educado.
Incluso amable.
—¿Y tú? —preguntó Carlos.
—¿Yo qué?
—¿Siempre escapas de las fiestas?
—Solo de las aburridas.
Carlos levantó su copa.
—Entonces coincidimos.
Los dos rieron.
Por primera vez en toda la noche, Andrea sentía que podía hablar con alguien sin medir cada palabra.
Carlos caminó unos pasos por el jardín.
—¿Te gusta este lugar?
—Mucho.
—A mí también.
Se hizo un pequeño silencio.
No era incómodo.
Era uno de esos silencios que se sienten tranquilos.
—¿Sabes? —dijo Andrea mientras observaba la fuente—. Desde pequeña odio estos eventos.
Carlos la miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque todos parecen actuar.
—¿Actuar?
—Sí.
—¿En qué sentido?
Andrea suspiró.
—Todos sonríen aunque se odien.
Todos brindan aunque desconfíen unos de otros.
Todos hablan de amistad mientras planean cómo obtener más poder.
Carlos permaneció callado unos segundos.
—No esperaba escuchar eso de una Lombardi.
Andrea sonrió de lado.
—¿Y qué esperabas?
—Alguien presumido.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que me equivoqué.
Andrea bajó la mirada.
—Mi padre dice que juzgar rápido es un error.
—Tu padre tiene razón.
Ella lo miró divertida.
—No pensé que estarías de acuerdo con un Lombardi.
—Solo con esa frase.
Ambos volvieron a reír.
De pronto, un fuerte viento recorrió el jardín.
Un mechón del cabello de Andrea cayó sobre su rostro.
Antes de pensarlo, Carlos dio un paso hacia ella.
—¿Puedo?
Andrea lo miró confundida.
—¿Qué?
Carlos señaló su cabello.
Ella asintió ligeramente.
Con mucha delicadeza apartó el mechón detrás de su oreja.
—Listo.
Andrea sintió que su corazón se aceleraba.
No por el gesto.
Sino por la forma tan respetuosa en que lo hizo.
—Gracias...
—No hay de qué.
Desde una de las ventanas del salón, Matteo Mancini observaba la escena.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué hace Carlos hablando con una Lombardi? —preguntó con voz fría.
Uno de sus hombres respondió.
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Editado: 24.08.2026