Andrea seguía mirando la fuente mientras intentaba calmar los latidos de su corazón.
No entendía por qué aquel desconocido le transmitía tanta tranquilidad.
Era extraño .
Muy extraño.
Carlos rompió el silencio.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Andrea sonrió.
—Depende.
—¿Siempre desconfías de todos?
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Se nota tanto?
—Un poco.
—Entonces sí... siempre.
Carlos asintió.
—Yo también.
Andrea lo observó con curiosidad.
—¿En serio?
—En mi mundo confiar demasiado puede salir caro.
Ella bajó la mirada.
—En el mío también.
Por unos segundos ninguno habló.
Los dos sabían perfectamente a qué mundo pertenecían.
No hacía falta explicarlo.
La música comenzó a sonar nuevamente desde el interior del salón.
Un elegante vals llenó el ambiente.
Carlos dirigió la vista hacia la puerta principal.
—Creo que empezó el baile.
Andrea hizo una mueca.
—Qué horror...
Carlos soltó una carcajada.
—¿Qué?
—Odio bailar frente a tanta gente.
—Pensé que dirías que eras mala.
—No soy mala.
—Entonces...
—Solo me incomoda que todos observen.
Carlos sonrió.
—A mí tampoco me gusta.
Andrea levantó una ceja.
—¿Y cómo sabes bailar?
—Mi madre me obligó desde niño.
—La mía hizo exactamente lo mismo.
Los dos comenzaron a reír otra vez.
Carlos respiró profundo.
—Andrea...
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
Él extendió lentamente su mano.
—¿Me concederías este baile?
Andrea miró la mano durante unos segundos.
Su primer impulso fue decir que no.
Después recordó que nunca había conocido a alguien que la hiciera sentir tan cómoda en tan poco tiempo.
Sonrió.
—Está bien.
Carlos sonrió también.
—Prometo no pisarte.
Ella tomó su mano.
—Más te vale.
...
Los dos entraron nuevamente al gran salón.
Algunas personas comenzaron a mirarlos.
No porque estuvieran bailando.
Sino porque eran un Lombardi y un Mancini caminando juntos.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
—¿Viste quién es ella?
—Es Andrea Lombardi.
—¿Y él?
—Carlos Mancini...
—Eso no puede terminar bien.
Andrea escuchó algunos comentarios.
Bajó la voz.
—Creo que ya llamamos demasiado la atención.
Carlos respondió con tranquilidad.
—Que hablen.
—Es fácil decirlo cuando no eres el centro de todas las miradas.
—Créeme... también lo soy.
Llegaron al centro del salón.
La orquesta seguía interpretando el vals.
Carlos colocó una mano con delicadeza sobre la espalda de Andrea, manteniendo siempre una distancia respetuosa.
Con la otra sostuvo suavemente su mano.
—¿Lista?
Andrea respiró hondo.
—Creo que sí.
—No estés nerviosa.
—¿Y si hago el ridículo?
Carlos sonrió.
—Entonces lo haré contigo.
Andrea no pudo evitar reír.
—Eres muy malo contando chistes.
—Pero conseguí hacerte sonreír.
—Eso sí.
Comenzaron a bailar lentamente.
Carlos guiaba cada movimiento con calma.
—Bailas muy bien.
Andrea negó con la cabeza.
—No mientas.
—No lo hago.
—Estoy segura de que ya te pisé.
—Solo una vez.
Andrea abrió mucho los ojos.
—¡¿Qué?!
Carlos comenzó a reír.
—Era broma.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Qué pesado.
—Lo siento.
—No... no lo sientes.
—No.
Los dos volvieron a reír.
...
Desde una de las mesas, Valentina observaba la escena.
—Hace mucho que no veía sonreír así a Andrea...
Enzo no respondió.
Su mirada permanecía fija en Carlos.
—Eso no me gusta.
—Solo están bailando.
—Precisamente.
Valentina suspiró.
—No puedes controlar cada paso que da nuestra hija.
—Mientras viva bajo mi techo...
—Enzo...
—No quiero verla cerca de esa familia.
...
Al otro lado del salón.
Matteo Mancini tampoco estaba contento.
Uno de sus hombres se acercó.
—Señor...
—Habla.
—Su hijo lleva varios minutos con la señorita Lombardi.
Matteo tomó lentamente una copa.
—Lo estoy viendo.
—¿Quiere que intervenga?
—Todavía no.
Pero cuando termine la canción...
lo traerás conmigo.
...
Mientras tanto, Andrea y Carlos seguían bailando.
La conversación se volvió mucho más natural.
—¿Qué haces cuando no tienes que asistir a eventos como este? —preguntó Carlos.
Andrea sonrió.
—Leer.
—¿Solo leer?
—También toco el piano.
—¿En serio?
—Desde los seis años.
—No lo habría imaginado.
—¿Y tú?
Carlos pensó unos segundos.
—Entrenar.
—Eso era obvio.
—¿Tan musculoso me veo?
Andrea soltó una carcajada.
—No me refería a eso.
—¿Entonces?
—Tienes cara de disciplinado.
—Eso dolió.
—¿Por qué?
—Esperaba que dijeras guapo.
Andrea sintió cómo sus mejillas se calentaban.
—Qué... qué egocéntrico eres.
Carlos sonrió divertido.
—Solo estaba bromeando.
Ella bajó la mirada para ocultar la sonrisa.
—Casi te creo.
—Entonces funcionó.
Durante unos segundos solo escucharon la música.
Carlos volvió a hablar.
—¿Puedo confesarte algo?
Andrea asintió.
—Cuando llegué pensé que todos aquí serían iguales.
—¿Y ahora?
—Ahora descubrí que estaba equivocado.
Ella lo miró.
—Yo también.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Carlos arqueó una ceja.
—¿Pensabas que era un idiota?
Andrea hizo una pequeña mueca.
—Un poco.
—Qué mala fama tenemos los Mancini.
—La verdad...
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Editado: 24.08.2026