El precio de la inmortalidad

Capítulo 12

Los días pasaban de forma incansable y yo no dejaba de barajar los pros y contras de aquella decisión que supondría un gran cambio en mi vida. Estaba sola. Tenía que tomar esa decisión sola. ¡Con tan solo trece años! No había nadie que me pudiera ayudar. Mi familia pondría el grito en el cielo con tal solo plantearles el escenario. Serían muchas cosas, pero no querían separarse de su hija. Quizás no sin luchar por ella. Mihael por su parte, tampoco podía ser objetivo. Aunque yo entonces no lo entendiera, él tenía sus razones para quererme a su lado.

Pasó una semana, volví al palacio y, como siempre lo encontré en la biblioteca, y él estaba como si nada hubiera pasado. Como si, hacía solo unos días, no me hubiera propuesto lo que me había propuesto. En contraste con su tranquilidad, yo seguía sin saber qué hacer. Estaba tan confusa.

Singnore. —Necesitaba aclarar algunas cosas. Necesitaba saber por qué me quería. ¿Por qué yo?—. ¿Por qué quiere que me vaya con usted?

—¿Acaso no quieres venir? —En su cara se reflejaba extrañeza ante la posibilidad de que yo me estuviera planteando, quizás, rechazar su proposición.

—No es eso. —Bajé la mirada, algo arrepentida por preguntar—. Solo quiero saber por qué quiere que me vaya con usted y cuáles van a ser mis funciones sirviéndole en su hogar. Quiero saber todo lo posible antes de tomar una decisión.

—Esa es una de las razones —reconoció mientras se levantaba del sillón.

En un gesto que no fui capaz de imaginar, se arrodilló delante de mí, tomó mis manos entre las suyas y me miró fijamente a los ojos.

—Aún eres muy joven, pequeña, pero tienes la madurez suficiente como para pensar en esto con la cabeza fría y no decidir a la ligera. Eres, además, la persona más curiosa que he conocido en mucho tiempo y es por eso por lo que te quiero acoger bajo mi tutelaje, no como parte de mi servicio.

—Espere, ¿qué? —Eso sí que no me lo esperaba.

—Quiero convertirte en parte de mi familia, pequeña. Que seas mi aprendiz de forma oficial. Me has demostrado de sobra el potencial que tienes y no quiero que se desperdicie si no estoy para cultivarlo hasta que seas adulta.

Aquello era más de lo que jamás había soñado. Obvio que quería ser una señora de la corte, pero sabía que era prácticamente imposible para mí. La gente no cambiaba de estrato social en el Renacimiento.

—O sea. Que, si le digo que sí, tendría que hablar con mis padres... —Esa idea no me hacía mucha gracia.

—No hay por qué. —Me miró con una sonrisa cómplice—. Puedes escaparte. Me marcho durante el carnaval. ¿Qué mejor momento para dejarlo todo atrás aprovechando el jolgorio de la ciudad? —Mihael estaba usando todas sus cartas para que me fuera con él.

Además, sus palabras tenían todo el sentido del mundo. No iba a pedirme en matrimonio, tampoco iba a aprender ningún oficio, por lo que mis padres no recibían nada de mi marcha y a la vez perdían mucho. Era una decisión que solo podía tomar yo. No había de negociarlo con nadie más que conmigo misma. Era mi vida, al fin y al cabo. Además, ya no era convertirme en una simple criada de un gran castillo como yo pensaba, sino que era ser parte de la nobleza de aquel lugar. Estar en la misma posición que él y el resto de su familia.

¿Cómo serían? ¿Sabían ya de mi existencia? ¿Me aceptarían tan bien como lo había hecho mi conde? Eran muchas más dudas de las que tenía antes de llegar, magnífico. Me pasé una semana más intentando aclarar mis dudas, tanto las nuevas como las que no lo eran. Y por las noches no dejaba de soñar con un luminoso salón en el que bailaba, luciendo un ostentoso vestido y rodeada de todo tipo de personas elegantes. Era una sensación tan cálida... Y yo quería eso.

Parecía que la balanza se iba decantando.
 

Mihael, por su parte, se estaba esforzando todo lo que podía para convencerme.

Quedaban solo unos pocos días para el carnaval cuando, en mitad de la lección, apareció una de las criadas de palacio para entregarme un gran paquete envuelto. Yo dejé que mi mirada desconcertada vagara entre el paquete que seguía en mis manos y la mirada de mi conde.

—Ábrelo —me dijo mientras sonreía, deseando ver mi reacción. No había duda de que aquello era otro regalo suyo.

No sabía aún qué contenía aquel paquete, pero de lo que estaba segura era de que no merecía ningún regalo. El uniforme, que seguía llevando con orgullo y las clases eran más que suficiente, pero eso que tenía delante ya me parecía demasiado. Al desenvolver el paquete, con las manos temblorosas de los nervios, vi una delicada tela verde, que brillaba como la hierba después de la lluvia, bañada por gotas de rocío en forma de perlas blancas decorando las mangas y el cuello. Era un vestido, un vestido de gala de los que llevaban las señoras de la corte durante el carnaval. Era una belleza. ¡Y era para mí! Junto al vestido, había también un antifaz del mismo color en el que había dibujadas hojas y motivos florales de colores claros. Una auténtica obra de arte.

—Si decides venir conmigo —explicó—, ponte esto para pasar desapercibida y reúnete conmigo dentro de una semana en la puerta romana cuando las campanas de la iglesia anuncien el mediodía. Si no estás allí para cuando las campanas dejen de sonar, entenderé que has preferido quedarte y me marcharé. Y habrá sido un placer haberte conocido, pequeña.

Aquello era un clarísimo ultimátum. ¡Solo tenía una semana para decidirme! No podía retrasarlo más tiempo y él estaba jugando todas sus cartas para asegurarse la victoria.

Me marché infinitamente agradecida por el regalo, apretándolo con fuerza contra mi pecho para protegerlo como una de mis posesiones más preciadas. Obviamente, la posibilidad de esconderlo en mi casa era impensable. La cotilla de mi cuñada lo encontraría a las pocas horas de esconderlo. Tenía que pensar un escondite mejor. Por suerte, sabía de sobra que el árbol donde guardaba mi improvisado diario y el libro de fábulas era el lugar perfecto para esconderlo durante una semana.




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