El precio de la inmortalidad

Capítulo 17

Aún no me había acostumbrado del todo a mi nueva vida, cuando todavía quedaban más sorpresas esperándome. Al poco de llegar al castillo, vino una modista a tomarme las medidas y a presentarme sus ideas para completar mi entonces pobre fondo de armario. Tenía que empezar a vestir como la señorita en la que me estaba convirtiendo. Me sentía abrumada. Podía elegir todo lo que quisiera: telas, colores, estilos... ¡Todo a mi gusto! A eso sí que me acostumbré sin problemas.

Cuando la modista se marchó no pude dejar de pensar en cómo sería toda mi ropa cuando llegara. Me hacía mucha ilusión ver el resultado final de todo lo que habíamos hablado y, evidentemente, me lo quería probar todo.

Pero la espera se amenizó cuando mis clases se retomaron en uno de los salones del castillo. Rápidamente me acomodé a la nueva rutina. Durante el viaje había resultado algo extraño ajustar la rutina de estudios, pero en el castillo fue todo más fácil. Después de desayunar, me iba a uno de los salones para esperar a que Mihael llegara. Ya no teníamos prisas, las horas de estudio pasaban sin que nos importara. Nada nos podía molestar. No teníamos que preocuparnos por si tenía que volver a casa. Después de las clases, podía repasar todo lo que quisiera y preguntar mis dudas cada vez que surgieran. Era un lujo estudiar así y notaba como mis progresos no hacían más que aumentar.

Un día, Mihael finalmente decidió mostrarme lo que había tras la puerta secreta que vi aquella vez en su despacho. El hueco tras el cuadro daba a unas escaleras de caracol pobremente iluminadas que bajaban hasta el sótano del castillo. Llegamos a un estrecho pasillo que daba a una puerta, sobre cuya entrada estaban grabadas las palabras: duxcaritassuperbia; el lema de la casa Blaire. Tras aquella puerta, encontré una segunda biblioteca. Mucho más pequeña que la principal, pero con cierto encanto misterioso.

—Bienvenida a la Sala del conocimiento. Aquí está reunido todo el conocimiento que existe sobre los immortales desde el principio de los tiempos.

Antes de que apareciera la palabra "vampiro" o cualquiera de sus variantes anteriores, los primeros líderes decidieron nombrarnos con la palabra immortalis. Aunque ahora, es bastante común que usemos ambas palabras indistintamente.

Era abrumador todo lo que contenía aquella pequeña habitación. Iba a curiosear algunos de los libros cuando mi mirada se perdió en un gran cuadro que había entre dos de las estanterías. Un inmenso árbol genealógico.

—Esta es la historia de la familia Blaire —precisó mi conde a mis espaldas.

Me quedé impresionada. Había tantos nombres y pronto yo también sería parte de aquel glorioso linaje. Quizás no tuve la oportunidad de conocerlos, pero sentía que, en algún lado, todos ellos estaban observándome, expectantes por ver cómo sería la nueva adquisición de la familia.

—Ven aquí. Hoy toca una lección muy especial.

Con delicadeza, dejó el candelabro que nos iluminaba a un lado para coger un libro que levantó una gran nube de polvo al salir del abrazo de sus compañeros. Parecía un libro importante: encuadernado en un cuidado cuero negro con las palabras "Codex Blaire" en oro tanto en la portada como en el lomo.

Haciéndome señas para que me sentara a su lado, Mihael se sentó en un sillón y abrió el libro por una de las primeras páginas.

—Este, pequeña, es el codex de la familia. El libro en el que se recogen las leyes que permiten que prosperemos como especie, nuestro origen, todo lo que necesitas saber sobre los immortales. Creo que conocer nuestros orígenes es lo primero que deberías aprender sobre nosotros.

Me senté en un sillón a su lado y, como siempre, abrí mis oídos a las enseñanzas que me esperaban. La leyenda del origen de los vampiros.

A ver si todavía me acuerdo. Ejem.
 

"Hace mucho, mucho tiempo, en una lejana tierra bañada por los rayos del sol y la arena, había tres hermanos: Mosi, el hermano mayor; Asenet, la hermana mediana; y Runihura, el hermano menor.

Los tres hermanos nacieron en el seno de una familia acomodada en medio del desierto. Durante generaciones, aquella familia había dirigido el culto hacia los todopoderosos dioses y ellos no fueron la excepción. Igual que había ocurrido con sus antepasados, a ellos se les instruyó desde la cuna en las obligaciones para con los dioses y el templo. Ellos representaban la conexión entre las divinidades y el mundano mundo de los hombres.

Y, como hicieron sus ancestros antes que ellos, llevaron el templo como mandaba la tradición. Las tareas de los tres se encontraban perfectamente balanceadas: Mosi, como gran sacerdote; ejercía el papel de líder incuestionable; Asenet, con su amabilidad, aconsejaba a los feligreses sobre sus problemas en el mundo terrenal; y Runihura, por su parte, era el soporte de sus hermanos, encargado de aquellas tareas que ellos no pudieran hacer.

Pero para el último hermano, su posición no parecía ser suficiente. La consideraba inferior a la de sus hermanos. Su poderosa ambición lo llevó al estudio concienzudo de los textos más antiguos, buscando una magia que hiciera que lo vieran como un igual a sus hermanos. Buscó y buscó incansablemente. El sol y la luna se pasaban el testigo constante del paso del tiempo sin que Runihura osara dormir. Buscando esa magia que debía existir. Poco le importaron los reproches de su hermana y los intentos de su hermano de sacarlo a la fuerza para que cumpliera sus obligaciones. Él sólo se centraba en su enfermiza búsqueda. Sabía que, si tenía éxito, todo merecería la pena.

Una fría noche, los cansados ojos de Runihura finalmente hallaron lo que llevaba tanto tiempo buscando. Sin demorarse un segundo, convocó a sus hermanos y les descubrió su tan ansiado hallazgo: un antiguo ritual que pedía a los dioses por buenas cosechas durante varias generaciones. Era una empresa arriesgada, pero aseguraba que, entre los tres, en igualdad de condiciones, serían capaces de conseguirlos y darle al pueblo lo que tanto ansiaba en esos momentos.




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