El precio de la inmortalidad

Capítulo 21

No sabía cuánto tiempo había estado sin conocimiento hasta que empecé a sentir el ajetreo que me rodeaba. ¡Menudo zafarrancho tenían montado en mi habitación! No dejaba de oír el trote de decenas de zapatos, personas hablando en susurros apresurados y muchísimas cosas moviéndose de un lado para otro. ¿Qué estaba pasando en aquella habitación? Sentía mi cuerpo muy pesado, mis párpados se sentían como si alguien hubiera aprovechado para coserlos mientras dormía y al intentar abrirlos, dolían igual que si con la fuerza de mis ojos intentara romper esos mismos hilos. Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, conseguí abrirlos y lo primero que vi fue las caras agotadas de Ileana y Soare, a ambos lados de mi cama y con una expresión de alivio al verme al fin despierta. Ileana se apresuró a ayudarme para que pudiera incorporarme mientras su hermana salía trotando de la habitación para avisar a mi conde de que por fin había despertado. Ya podían empezar los preparativos para mi puesta de largo, mi presentación oficial ante el resto de vampiros.

Según la tradición, hasta la presentación del nuevo immortalis, todos los invitados tenían las puertas del castillo abiertas para que pudieran vivir en él como si de su propio hogar se tratase. Se fomentaba durante ese tiempo la convivencia entre todos para fortalecer los lazos entre las familias y los inmortales en particular. Un ambiente de fiesta con una sombra de preocupación de que todo saliera correcto. En mi caso, por ejemplo, tuve a los invitados esperando alrededor de un mes. La verdad es que estuve dentro de la media, sé de casos que superaron el par de meses de espera y a muchos se los habían dado ya por muertos.

Ese tiempo de espera que tanto puede variar se debe a que, obviamente, uno no puede salir de la habitación nada más despertarme. Ojalá fuera tan fácil como salir del estado de immorsum y ponerse un vestido espectacular —que lo era— y salir luciendo mis colmillos —que no dejaban de hacerme constantemente heridas en la boca hasta que me acostumbré a ellos—. Tras despertarme, me debía acostumbrar a todos los cambios que había sufrido mi cuerpo durante aquel mes de letargo. Algo así como la adolescencia, pero peor. En las dos semanas que pasé encerrada, solo con la compañía de mis criadas, tuve que aprender muchas cosas a una velocidad de vértigo.

Volví a aprender a comer, aguantando la repulsión que me podía llegar a producir el hecho de que todo lo que comiera y bebiera sabía como si mi boca se llenara de arena. Tuve también que empezar a cuidarme del sol, una de las cosas a las que cuesta acostumbrarse más de lo que pensaba. Además de aprender a vocalizar debidamente con mi nueva dentadura. ¡Menudas dos semanas más ajetreadas!

Pero, lo que más me costó aprender, por lo traumático que suponía, fue a beber sangre humana para sanar mis heridas. ¡Nada de alimentarnos de personas, eh! Que ese es un estereotipo muy feo. En el momento en el que recibí la sangre de Mosi, mi cuerpo dejó de producir su propia sangre así que, en caso de pérdida, era necesario tomarla de un humano.

Recuerdo que, antes de la mutatio, mi conde me explicó cómo funcionaba el tema de la sangre con una metáfora que hasta tú podrás entender con facilidad:

—Mira, pequeña —me dijo una noche que me llevó a la fuente que había en el patio del castillo junto a dos copas—. Una vez que seas una immortalis, tu cuerpo dejará de producir sangre y serás como esta copa. Empezarás con toda tu sangre, pero si la pierdes. —Dejó entonces caer agua de la copa—. No podrás recuperarla por ti sola. Así que necesitas una fuente de agua. —Llenó la copa con agua de la fuente—. Porque si intentas llenar una copa con el agua de otra.

—Ninguna de las dos quedará llena —deduje.

—Exacto. Por eso necesitas de un humano que te dé esa sangre que tu cuerpo necesita.

Aquella metáfora me hizo entender el cuidado que debía tener de no herirme para así evitar a toda costa tener que morder a alguien. Porque es algo realmente desagradable. Tener la vida de una persona en mis manos — entre mis dientes, mejor dicho—. Sobre todo, si no sabes cuándo debes parar y no llegas a notar como la vida de esa persona se va esfumando a cada gota de sangre que escapa de su cuerpo...

Total, que durante varias semanas, estuve acostumbrándome a todas las novedades de mi cuerpo hasta que finalmente estuve lista para salir. ¡Qué ilusión! Por fin podía volver a pasear por mi castillo y, sobre todo, me moría de ganas por estrenar el vestido que habíamos estado diseñando con tanto cariño para mi puesta de largo.

Las dos hermanas entraron cargadas con todas la telas y adornos que luciría aquella noche. Una capa interior de colores terrosos sobre la que descansaba la llamativa tela de colores dorados, mangas de encaje y un cuello escarolado que cubría la nuca y bajaba en ángulo recto hasta el pecho cubierto por una gorguera de hilo de oro. Además de un imponente fénix que brillaba como la luz del sol de color fuego, que volaba por la falda. Aquel era un vestido que solamente podía lucir una Blaire. O sea, perfecto para mí.

En ese momento, mientras Soare acababa de ponerme la última pulsera, entró Mihael, disimulando poco el orgullo que sentía de ver que había conseguido sobrevivir al cambio. Mi maestro me tendió la mano.

—¿Estás lista?

—Creo que sí —respondí con una media sonrisa, con una mezcla de alegría e incertidumbre.

 




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