El precio de la inmortalidad

Capitulo 38

Aquella atmósfera era tan agradable que deseaba que no se destruyera nunca. Estaba muy bien con mis amigos. Era genial poder disfrutar de su compañía. Pero, por desgracia, la felicidad siempre es efímera y acaba destruida.

En ese momento, oímos como la puerta del saloncito se abría con violencia y tras ella aparecía Mihael cuya expresión se fue congelando conforme empezó a analizar la situación que parecía mucho más inapropiada de lo que era en realidad. Es lo que tenía ver a tres "adolescentes" tan pegados y con sendas botellas de vino por los suelos.

—Será mejor que os marchéis —sentenció con voz seria—. La fiesta ha terminado.

Ambos se levantaron, pero, en lugar de marcharse hacia la puerta, Adonis se paró frente a Mihael, desafiante.

—Entonces acompañaré a la señorita a su habitación —se ofreció mientras sus colmillos parecían querer salir a atacar.

—Eso no será necesario, muchacho. —Mihael dio un paso adelante para encararlo—. La señorita y yo tenemos asuntos que tratar.

Toda la diversión había desaparecido por completo. Solo quedaba una aplastante tensión que hacía que deseara salir de allí. Parecía que, una palabra mal elegida o algún gesto más rápido de lo que se debía, haría que alguno saltara al cuello del otro como si aquella fuera una pelea de leones.

—Venga, ya. Se acabó la pelea. —Alex apareció entre ellos para separarlos—. ¿No veis que la estáis asustando?

Entonces todos se me quedaron mirando. Yo estaba atónita. No había sido capaz de reaccionar y si no hubiera sido por Alex, a saber cómo hubiera acabado eso. Incluso ella sabía que había batallas que era mejor no luchar.

—¡Eres un aguafiestas, Mihael! —gritó Alex antes de perderse por el pasillo caminando en zigzag arrastrando a Adonis que no parecía dispuesto a marcharse sin mí.

Las dos esmeraldas de Adonis buscaron mi mirada con desesperación, pero no pude darle lo que buscaba. Me sentía tan avergonzada por todo lo que había pasado que tuve que volver la cara, evitando su mirada.

Cuando nos quedamos los dos solos, Mihael cerró la puerta con mucha fuerza y me encaró con fiereza.

—¿Qué estaba pasando? —preguntó con seriedad.

—Solo nos estábamos divirtiendo —le respondí sin ser consciente de lo seria que se presentaba aquella conversación.

El silencio inundó la habitación. La tensión del ambiente no hacía más que darme un terrible dolor de cabeza mientras seguía sin saber realmente qué pasaba por la mente de mi conde ni a qué se debía semejante enfado.

—Una señorita no debería comportarse así —sentenció.

—¿Así cómo? —Ni yo misma era consciente de lo desafiantes que eran mis palabras—. ¿Pasándolo bien con mis amigos más cercanos el día de mi cumpleaños? —Enderecé mi postura para intentar ponerme a su altura.

—Que sean tus amigos no es excusa para que dejes a un lado los modales. Te he educado para que seas una señorita todo el tiempo. Digna del apellido Blaire.

—Quizás no pueda ser una señorita todo el tiempo. No todos podemos ser tan perfectos como usted. A veces necesito descansar.

—¿Y para descansar necesitas ponerte a coquetear con un hombre?

Aquella conversación no iba por buen camino.

—No sabía que pasarlo bien con mis amigos de toda la vida tenía ese tipo de connotaciones. Creo que esa clase se le olvidó, mi conde. —Encogí los hombros, no estaba dispuesta a pasarle ni una impertinencia.

—Entonces quizás deberías cambiar de amigos —sentenció—. No quiero que las malas compañías te corrompan.

A esas alturas yo ya no cabía en mí del enfado. Podía decirme lo que quisiera, le podía aguantar muchas cosas por el sumo respeto y agradecimiento que le tenía, pero no permitiría, por nada del mundo, que se metiera con mis amigos cuando ellos claramente no habían hecho nada malo ni estaban ahí para defenderse.

—Mis amigos no tienen nada que ver con esto. Si tiene algún problema conmigo, lo habla conmigo y con nadie más. Aunque usted parece que tampoco sabe elegir bien a sus amistades cuando se lo pasaba bien con la señora Silvia y a saber con cuántas otras que no conozco.

—Yo no te acogí para que fueras una casquivana con ropas caras que se va con cualquiera.

Aquello ya era intolerable.

—¡No le voy a permitir que me hable de esa manera! —le espeté—. ¡Y Adonis no es un cualquiera y usted lo sabe mejor que nadie!

—Es un cualquiera si se dedica a aprovecharse de una borracha —continuó mirando con asco las botellas que había por el suelo.

—Se acabó. No pienso seguir con esta conversación. —Estaba harta—. Esto no tiene ningún sentido. Me he esforzado mucho para cumplir con sus expectativas. Para ser todo lo que desea de mí como agradecimiento por darme una vida mejor. Ignorando todas las cosas que no me gustan y, aun así, nada parece ser suficiente.

—¡Suficiente! —dispuso mientras sus colmillos afilados me amenazaban—. A partir de mañana no se volverán a recibir visitas en este castillo y, cada vez que salgamos, llevarás a alguien que te vigile. Por supuesto, no será Ileana. Es demasiado permisiva contigo.

Y se dio la vuelta para marcharse. Hasta ahí, las cosas podrían haber salido bien. Hubiera aguantado unos meses las restricciones de Mihael y seguro que todo habría vuelto a la normalidad. Pero no, no podía haberse marchado en silencio. Tuvo que decir algo más antes de marcharse:

—Lo hago por tu propio bien, Ada.

No era la primera vez que me llamaba así. Cuando estaba distraído se solía confundir y llamarme Ada. Yo no le daba importancia, aunque algo dentro de mí siempre se revolucionaba y me hacía querer darle un puñetazo a la pared más cercana. Pero esa vez no lo dejé pasar. Sentía como la sangre de Mosi hervía dentro de mí.

—Estoy harta de que me llame Ada. ¡No soy Ada! —chillé desesperada—. ¡No lo soy y nunca lo voy a ser! Por mucho que se esfuerce no me va a convertir en su sustituta.

En ese momento, Mihael se giró, sorprendido.




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