El Precio de la Lealtad

Capítulo 2: El Beso de Judas

Alicia

Los aplausos de la multitud en la gala aún resuenan en mis oídos mientras entro a bambalinas. Apoyo las manos en mi tocar y, al alzar la cara, me encuentro con mi reflejo. Me siento eufórica por mi actuación, pero a la vez cansada, es una sensación extraña.

Me desprendo de los aretes de plata y diamante que empezaban a lastimarme. Busco entre las perchas de los atuendos hasta que encuentro una sudadera holgada de color blanco, que al ponérmela me doy cuenta de que aún tiene el olor de Daniel y aquello me saca una sonrisa.

Salgo por la puerta trasera del club y el frío de Madrid me golpea las mejillas, haciéndome estremecer. Daniel ya está ahí, apoyado en su motocicleta con los brazos cruzados. El delantal de barista aún lo tiene puesto bajo su chaqueta de cuero.

—Te veías increíble en el escenario, cantaste como un ángel, Ali. —Me habla con tono dulce.

Cuando finalmente me acerco hasta donde él está, me rodea la cintura con los brazos y me atrae hacia él.

—Gracias, amor. —Digo mientras le devuelvo el abrazo.

Me hundo en su pecho, sintiéndolo como si fuera mi lugar seguro. Su olor a colonia y licor me envuelve y se mezcla con mi propio perfume.

—Vamos, te llevo a casa. —Dice mientras comenzamos a caminar, uno de sus brazos se mantiene en mi cintura.

Mi departamento está cerca de aquí, así que no hay necesidad de usar la motocicleta. Aunque luego él tendrá que volver por ella.

—¿Estás seguro, amor? ¿No tendrás que volver por tu motocicleta más tarde?

Daniel sonríe sin dejar de caminar. No me responde y solamente me da un beso en la cabeza. Dándome a entender que aquello no tiene importancia para él.

Entramos a un callejón agarrados de la mano, un atajo para acortar el camino hacia mi edificio. El silencio se extiende de forma amena, demasiado tranquilo.

Tres hombres salen de entre las sombras, mi cuerpo se tensa por acto reflejo, pero mi mente sigue corriendo. Puedo reconocer su coordinación, no son ladrones comunes, puedo ver el brillo de las armas en sus cinturas, el entrenamiento de la mafia.

—Entrega a la chica, no queremos más. —Habla el más corpulento de ellos con la voz grave, dirigiéndose a Daniel.

El pánico me paraliza mientras los hombres me miran de arriba abajo, del mismo modo en que un depredador evalúa una presa. Doy un par de pasos hacia atrás, ellos dan tres al frente.

Daniel no retrocede, sino que puedo notar cómo su postura pasa de calma a hostilidad en segundos. El chico barista en un mundo de armas, el mismo en el que me veo reflejada, porque, aunque hayamos crecido entre la aristocracia del submundo, no somos fanáticos de la violencia. Pero sé bien que hay diferencia entre la ignorancia y la abstinencia.

Retrocedo cinco pasos más. Daniel desarma al primer hombre y pelea con los otros dos. Mi pulso se dispara, cierro los ojos y cubro mis oídos, mi cuerpo temblando suavemente sin querer mirar, sin querer revivir recuerdos que prometí dejar enterrados.

En algún momento, lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas. No estoy segura de lo que sucede, solo escucho sonidos amortiguados por mis palmas, el sonido de mi propio corazón y de mi respiración ligeramente entrecortada, intentando tomar un aire que de repente me costaba más aspirar.

En cuestión de minutos dejo de escuchar cualquier sonido, pero aun así no me atrevo a abrir los ojos. Hasta que siento un roce cálido en la mejilla, una caricia que me hace encarar lo sucedido.

Al abrir los ojos, me encuentro con Daniel, el calor de su cuerpo me envuelve. No me da tiempo de hablar, cuando me rodea con los brazos pegándome a su cuerpo, inspiro su aroma intentando hallar refugio ahí.

—Está bien, estás bien. —La voz de él es trémula, como si estuviera hablando consigo mismo en lugar de estarse dirigiendo a mí.

Desliza su mano por mi espalda, hasta detenerla en mi cintura y alzarme. Como una coreografía que hemos ensayado mil veces, mis piernas rodean su cintura y siento su mano en mi cabello, una presión que no me deja mirar el resultado de la violencia.

—Daniel… —Mi voz sale baja, una petición.

No obtengo respuesta de inmediato, él simplemente camina y puedo sentir la tensión de su cuerpo disminuir cuando salimos del callejón.

—No, linda. No quiero que veas eso. —Dice con voz suave contra mi cuello.

Su mano en mi cabello disminuye la presión, volviéndose una caricia en lugar de una restricción. Me separo un poco y él aprieta un poco el brazo que rodea mi cintura. No tiene que decirlo, ya sé que piensa llevarme en brazos los pocos metros que faltan.

Llegamos al fin a la entrada de un edificio blanco y minimalista, la cara perfecta del mundo del que venimos, hermoso, pero frío a la vez.

Me baja con cuidado mientras yo busco que su mirada conecte con la mía, pero él la evita.

Entramos al edificio y subimos hasta mi piso y mi departamento, todo en un silencio que no siento la necesidad de llenar. Al entrar, caminamos en piloto automático hasta mi habitación, donde ambos nos dejamos caer de espaldas en la cama, uno al lado del otro, sin encender la luz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.