Daniel
Entro a la mansión Cavalli, todo se encuentra en un silencio sepulcral. Me quito la chaqueta de cuero, que aún conserva el aroma de esa colonia barata que le gusta a Alicia, la tiro en el diván de terciopelo sin cuidado alguno.
Camino a través del vestíbulo, cada paso me acerca más al veredicto de una sentencia, pero por lo menos, no es la mía. El piso de caoba cruje bajo mi peso en algunos escalones mientras me dirijo a la oficina de mi hermano.
Me detengo en la puerta, con la mano a centímetros del picaporte, pero sin abrir todavía. Un nudo que aún no comprendo se forma en el fondo de mi estómago, una culpa irracional que no debería existir, ni siquiera debería atreverme a pensarlo.
Con más determinación entro a su despacho y me encuentro con Iván sentado en su silla de cuero, hay varias pilas de papeles en frente de él y el intenso aroma a cítricos y cigarro me golpea los sentidos, una combinación extraña, pero adictiva.
Iván detiene el papeleo y se levanta de su silla, camina hasta su estante importado y saca una botella de whisky, ofreciéndome un trago que acepto de inmediato con un movimiento de cabeza, quizá demasiado efusivo, espero no haberme visto tan desesperado.
—¿Y bien? —Pregunta, entregándome mi vaso y dándole un sorbo al suyo.
Saco mi teléfono del bolsillo y lo pongo sobre su escritorio. Al presionar un botón, la voz de Alicia llena la habitación, sonando vulnerable, estúpidamente honesta: … “Hace dos años, mis amigas y yo… tuvimos que hacerlo. Julián Thorne. Lo eliminamos para proteger a los nuestros”.
Detengo la grabación, el silencio que sigue es tan pesado como el plomo.
—Cantó como un pajarillo. —Digo con la voz ligeramente ronca. —Solo hizo falta un poco de teatro y tres tipos fingiendo un asalto. Es tan ingenua que me da náuseas.
La expresión de Iván se endurece, deja el vaso de whisky en la mesa, hago lo mismo. Julián no solo era un contacto, era el tercer pilar de esta casa, el que me cubría la espalda cuando el mundo se volvía demasiado cruel, y ahora ya no está, por culpa de ellas.
Mi mirada se posa en una fotografía en la repisa. Somos los tres en los viñedos de Italia, hace tres años. Julián sonreía, sin saber que terminaría seis metros bajo tierra.
—Él nos salvó la vida una docena de veces. Y ella lo cuenta como si fuera cualquier cosa. —Gruño, sintiendo la ira crecer en mi pecho.
Iván camina con calma hasta la foto en la repisa, la toma con más cuidado de lo esperado y la saca del marco, sujetándola en alto.
—Y todo gracias a tres niñatas con delirios de grandeza. —Habla con calma, pero con un filo letal por debajo.
Iván dirige su mirada hacia mí y solamente hace un gesto vago con la cabeza, y no es necesario que hable, conozco esa mirada, al fin de cuentas, es gracias a él todo lo que tengo, la única persona por la que daría mi vida.
Saco de mi bolsillo un encendedor de plata, el frío del metal contra mi palma tiene un peso diferente. Cuando se lo entrego, puedo percibir una sonrisa en sus labios, apenas perceptible, pero no para mí.
Toma el encendedor y quema la esquina de la foto. Ahogo un jadeo, y mi pecho se aprieta, esa era la última foto que teníamos de Julián antes de su asesinato.
Iván se acerca a paso lento y pone su mano en mi hombro, el peso de su presencia me mantiene presente, un ancla en medio del caos mental que se ha vuelto mi cabeza estos últimos días.
Observo cómo la llama devora el rostro de Julián, luego el de mi hermano y finalmente el mío. Deja los restos carbonizados de la foto en el cenicero. Luego se gira completamente hacia mí y me toma por los hombros, para dirigirme fuera de su despacho.
Dejo que me guíe y, mientras vamos escaleras abajo, veo de reojo la foto de nuestros padres, un recuerdo muy viejo, de cuando éramos niños. Recuerdo que esa foto la tomaron en el aniversario número 50 de nuestra mafia, antes de que empezaran las traiciones, antes de perder a nuestra familia.
—Está bien. —Murmura Iván bajo, al sentir mi tensión.
Llegamos hasta el bar de la mansión, donde finalmente me suelta y se acerca a los sillones de terciopelo rojo. Luego de sentarse, saca de la gaveta una botella de ron blanco.
—¿En serio me trajiste hasta acá solo por un trago diferente? —Pregunto ligeramente incrédulo.
En respuesta, él suelta una risa corta, ligeramente fría, y retoma el tema principal mientras me invita a sentarme a su lado.
—Ya tenemos el “quien” —sentencia, mirando directamente, midiendo mi reacción—. Ahora solo falta el “cuándo”. Necesitamos a las tres, no quiero que duerman tranquilas ni una noche más.
Me recargo en el sillón mientras mi mano juega conscientemente con el anillo en mi mano derecha.
No importa lo que suceda, tenemos que ser precavidos. Porque, aunque Alicia y Haydhen no sean herederas de ninguna mafia, siguen formando parte de la aristocracia del submundo. El mayor problema es Valeria, porque ella es la heredera de Lyran, eliminarlas a las tres nosotros mismos supondría un riesgo masivo para nuestra familia.
—Lo sé, pero, Iván, no podemos atacar a las tres. Siguen siendo parte de la aristocracia de nuestro mundo, sería un riesgo que no podemos permitirnos.
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Editado: 06.04.2026