El Precio de la Lealtad

Capítulo 4: El Caballero de Cristal

Haydhen

Al mirar al cielo puedo ver las nubes oscureciéndose, la brisa fría que rodea mi cuerpo solo me hace saber que se avecina la lluvia.

Apresuro el paso por la acera, las primeras gotas de agua cayendo sobre mis mejillas. El frío me hace estremecer y abrazarme a mí misma.

Aprieto la bolsa plástica contra mi pecho, en ella llevo el material que me faltaba para terminar el vestuario de Alicia, encontrarlo que tendrá otra función la próxima semana, pero debo apresurarme para poder acabar de confeccionarlo.

Busco a tientas el celular en mi bolsa, al encontrarlo, veo que no pasa del mediodía y que no es tan tarde como creía en un inicio.

Llego a mi casa justo cuando la lluvia está empezando a ganar fuerza. Al entrar y sentir el calor golpear mis mejillas, un suspiro de alivio escapa de mis labios.

Me quito las botas en la entrada y camino descalza hasta la sala, donde me tiro en el sofá. Aunque apenas el día esté comenzando, ya me pesa el cuerpo y tengo tanto sueño que podría caer rendida en cualquier lugar.

El sonido de la puerta siendo abierta me hace tensarme. Mi cuerpo se mueve antes de que mi cabeza lo termine de procesar y mi mano viaja a mi cintura, donde una pequeña daga está oculta bajo la tela de mi ropa.

—Ya revisé el perímetro, señorita Belrose, no hay peligro en la zona. —Me informa Darío con una media sonrisa.

Cuando lo reconozco, alejo la mano del arma y me termino de recostar en el sofá negro de cuero. El material helado me eriza la piel al contacto y me arrepiento en seguida, ya que de por sí tenía frío.

Darío llega a la sala con su habitual uniforme de guardaespaldas. Con un estilo negro total, combina un abrigo negro de cuero brillante con un chaleco de correas y hebillas tipo militar sobre una playera de cuello alto. Pantalones de combate con muchos bolsillos y botas altas. Junto con esa sonrisa que asegura tener todo bajo control.

Él se queda parado al margen de la puerta con las manos en los bolsillos delanteros, la postura rígida, en guardia y analizando con la mirada toda la sala, aunque intente disimularlo.

Finalmente, luego de su detallado y a la vez rápido escrutinio, detiene su mirada en mí y la tensión de los hombros se suelta apenas dos milímetros.

—Muchas gracias. Pero no es necesario que des vueltas por el edificio cada media hora.

Darío frunce el ceño, al ser mi guardaespaldas, es evidente que lo que le pido va en contra de lo que ejerce, pero si es una orden, no es posible refutarla.

—¿Eso ha sido una orden, señorita? —Dice con la voz más suave, pero profunda.

—No, no lo fue. Es solo un comentario, no va a pasar el apocalipsis. Y otra cosa, ya te he dicho mil y un veces que me llames por mi nombre. —Digo con tono suave, incorporándome en el sofá.

—Soy guardaespaldas de una mujer que es aristócrata del submundo. Llamarte “señorita” le da más teatro al asunto, es un tema de clase. —Me explica con falsa condescendencia y una sonrisa ladina.

Bufo ante su tono y llevo las manos a mi cintura.

—Cuida ese tono. Y nada de clase, eso es puro teatro, tú mismo lo dijiste.

Darío asiente sin darme una respuesta verbal. Y sé que cuando no me responde con la voz, es porque no me hará caso en lo absoluto.

Cuando me pongo en pie, el mármol frío me hace estremecerme, mi mirada se dirige a la ventana y puedo ver las gotas de lluvia resbalar por la ventana y el golpeteo del agua contra el cristal.

Cuando vuelvo la vista hacia Darío, él ya no está, es demasiado sigiloso. Sin muchas más opciones, camino hacia la cocina a buscar algo que me motive para empezar a trabajar.

Tomo una cacerola de la alacena y me dispongo a hervir leche cuando una voz a mi espalda me hace sobresaltarme. No importa el tiempo que pase, jamás me acostumbraré a ese silencio inhumano.

—Tenga, señorita, podría resfriarse. —Dice con la voz suave, pero profunda.

Al girarme hacia él, lo veo sosteniendo en una mano mis pantuflas y en la otra una sudadera ligera.

—¿Cómo me has llamado? —Digo bajo, casi un reclamo.

Darío parece dudar unos segundos antes de responderme, sus manos bajan un poco y puedo notar el momento exacto en el que ser mi guardaespaldas pasa a segundo plano.

—Haydhen… ¿Suena mejor? —Pregunta suave.

—Sí, mucho mejor. —Mi tono vuelve a ser tranquilo mientras me calzo y me abrigo.

Regreso la vista hacia la estufa justo a tiempo para apagar la llama. Darío se apoya en la encimera viéndome preparar chocolate caliente, dos tazas. Como siempre.

Me muevo a mi estudio de trabajo, los bocetos de ropa colgados en las paredes, la tela desperdigada en el suelo y la mesa de trabajo. Es un orden caótico, pero entendible si vives en él a diario.

—¿Sabes algo? Deberías poner tu propia tienda, no solo hacer encargos. —Dice él mirando los bocetos en las paredes.

Lo conocí hace un año, él era un bloque de hielo, pero es inevitable que luego de tanto tiempo compartiendo espacio, la máscara de guardaespaldas frío y profesional cayera un poco, o tal vez totalmente.




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