Alicia
El calor del sol matutino me envuelve mientras camino por la acera. Todas las personas alrededor apenas están iniciando sus actividades, es una mañana fría y las calles están aún algo solitarias.
Mientras camino, voy viendo los aparadores de los negocios. Me detengo en una vitrina donde puedo ver diferentes dulces y golosinas brillantes. Un montón de tentaciones en diferentes colores y tamaños.
Entro a la tienda de dulces y de inmediato el olor a azúcar invade mis sentidos y me siento como una niña chiquita de nuevo. Como cuando mis padres me traían a comprar chocolates los fines de semana.
Me acerco con calma a la chica de la caja, es pelirroja, así como yo, y tiene unos ojos marrones muy lindos que destacan bajo la sombra de ojos violeta que lleva. Además de un delantal rosa con líneas blancas atado a su cuello y cintura.
—Buenos días, ¿qué necesita? —Me dice con tono suave y una sonrisa cordial.
—Buenos días, ¿podría darme 100g de chocolate con leche, por favor? —Respondo con una sonrisa contagiosa.
La chica me da la espalda para sacar de una cajita un par de guantes transparentes y una bolsa plástica, mientras pesa los chocolates para darme mi pedido, puedo notar cómo su mirada recorre mi atuendo. Una sonrisa suave se forma en sus labios.
—¿Formas parte de algún espectáculo? —Pregunta con curiosidad genuina.
Bajo la mirada hacia mi ropa. Llevo un vestido corto en tonos champán, que destaca por una capa de tul transparente decorada con un estampado de estrellas brillantes doradas.
—No, en realidad solo voy de camino a mis clases de baile. —Digo alisando suavemente mi vestido.
—Espero que te vaya grandioso. Por cierto, serían 3.20€.
Busco en mi bolsa mi monedero y le pago a la dependiente. Al aceptar el dinero me percato de su pulsera, una cadenita de plata con una brújula que combina muy bien con todo su conjunto en general.
—Está hermosa tu pulsera. Por cierto, me encanta cómo combinas tu ropa. —Ella me da una sonrisa algo apenada, pero sincera.
—Muchas gracias, disfruta tus chocolates.
—Hasta luego. —Digo con una sonrisa mientras salgo de la dulcería.
Al salir, me doy cuenta de que las calles ya están en su habitual movimiento, las personas caminan de un lado a otro, el olor a comida de los puestos callejeros empieza a llenar el aire y es cuando miro mi reloj y me percato de que voy tarde.
Acelero el paso y corro las últimas calles hasta la academia de baile. Al entrar veo a Catalina, es la chica encargada de la recepción, hoy lleva su cabello negro recogido en un moño, pero aun así puedo notar que se ha hecho unos rayos castaños.
—Hola, Catalina. Lo siento, voy tarde, pero te quedaron fabulosos tus rayos. —Digo mientras paso a su lado corriendo para llegar a tiempo a las clases.
No logro escuchar con claridad su respuesta, pero distingo un “gracias” y un “no te preocupes”.
Al entrar al salón, las demás ya están calentando, así que me uno a ellas con disimulo, para que no se note mi retraso. Tomo mi lugar entre las chicas a la par que me ato el cabello en un moño, pero algunas voltean al escuchar el sonido de mis botas blancas golpear contra la duela.
Traté de recuperar el aliento perdido en la carrera mientras estiraba, mientras una ligera alegría me inundaba, esa misma que siento cada vez que bailo, una mezcla de emoción y nervios.
La profesora dio dos palmadas y la música estalla. Al empezar a girar, el tul de mi vestido se expande como una nube dorada a mi alrededor. El sonido de mis botas contra la duela va siguiendo el ritmo de la canción. En cada salto, mi cuerpo y la música se iban volviendo uno, hasta que perdí la noción del tiempo.
Ahora solo existía el calor del lugar, los movimientos que conectaban de forma fluida con la música, las ondas que creaba mi cuerpo en los pasos provocativos y la forma en la que mi cabello pelirrojo se mueve al girar.
La hora se pasa demasiado rápido, y cuando la música se desvanece aparece la mezcla entre euforia y cansancio que me encanta experimentar.
Me apoyo en la barra, mirando mi reflejo en el espejo del fondo. Mi vestido se encuentra desaliñado y mis mejillas sonrojadas. Mi pecho sube agitado, intentando recuperar el aliento, mientras algunos mechones de cabello se han salido del peinado apresurado que intenté hacer.
—Lo has hecho increíble, Ali. A mí aún no me sale el giro doble. —Dice Elizabeth, una de mis compañeras.
Ahora estamos todas sentadas en círculo sobre la duela. Conversando de todo y nada a la vez, pero mi atención se encuentra dividida entre la plática y una chica que se ha quedado fuera del círculo.
En la esquina contraria veo a una chica, lleva el cabello café largo en ondas hasta la cintura y se ve bastante más joven que la mayoría de las chicas en la clase. Veo cómo recoge sus cosas indecisas y luego comienza a caminar hacia la salida. Me apresuro a levantarme y seguirla.
—Hola. —Digo, alcanzándola en la recepción, la detengo suavemente con un toque en el hombro. Ella voltea y es cuando noto sus ojos marrones y las pecas esparcidas en su rostro como estrellas.
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Editado: 19.04.2026