El Precio de la Lealtad

Capítulo 6: Traición al Corazón

Daniel

Alicia me mira algo perdida en sus pensamientos, pero con un brillo frágil en la mirada, esperanza pura y llena de expectativas. Siento una presión estúpida en el pecho, una debilidad que me niego a reconocer como lástima. Me obligo a recordar a Julián bajo tierra para silenciarla.

—¿Niños? ¿Eso quieres? —Ella me sonríe dándome su atención por completo.

—Sí, un niño. Lo llamaremos Kai y tendrá tu cabello y mis ojos. —Dice con tono suave y dulce, terriblemente melodioso.

Aparto la mirada, incapaz de mirarla por más tiempo, no soy capaz de mirarla sabiendo lo que haré. Sabiendo que esa esperanza no va a durar más de una hora.

El silencio se instala y me pierdo en mis pensamientos. Un auto negro se estaciona frente a nosotros, Iván lo ha encargado especialmente para este propósito. Es una camioneta reforzada, con vidrios polarizados y a prueba de ruido en el interior.

Doy una mirada rápida a Alicia, veo su ceño fruncido ante el auto, pero doy gracias internamente cuando no hace preguntas.

Abro la puerta para ella, quien entra a la camioneta y seguido de ella me subo yo. Al entrar el conductor, uno de los hombres más leales de la mafia Cavalli me hace leve gesto con la cabeza.

Alicia no lo nota, pero el día de hoy se acabaron todas las mentiras, el día de hoy por fin ella verá quién es la persona con la que ha mantenido un noviazgo todo este tiempo.

Vamos dejando atrás las calles del centro de la ciudad y cada vez nos alejamos más y más. Puedo notar cómo Alicia está nerviosa, sus manos juegan de forma inquieta sobre su regazo.

Tengo la boca seca y un ligero nudo en la boca del estómago que intento ignorar, pero que me vuelve la respiración pausada en un intento forzado de controlarlo.

Luego de un largo trayecto en silencio, mirando cada uno a través de su respectiva ventana, el paisaje empieza a cambiar. Pasamos de casas consecutivas y ciudad a campo, y finalmente entramos al territorio Cavalli, solo entonces giro la cabeza en dirección a Alicia.

Ella mira a través de la ventana con el ceño fruncido, ve los jardines elegantes, las fuentes excéntricas y la forma en la que nos detenemos enfrente de un portón negro con detalles de cuervos y gárgolas.

Finalmente, ella mira el número de la mansión: 143. Puedo ver cómo se pone ligeramente pálida y se remueve inquieta en su lugar, de repente, todo el interior del vehículo se siente más tenso, como si se hubiera reducido y cualquiera pudiera salir ahogado.

El portón se abre y el auto se adentra a las fauces de una mansión que es casi igual que una prisión. De repente, el dije de la nota musical que cuelga de una cadena en mi pecho se siente más pesado, como si quemara en la piel.

—Daniel, la mansión 143 pertenece a la mafia Cavalli, ¿qué hacemos aquí? —Pregunta con tono bajo, indeciso.

Mi pecho se aprieta al escucharla así, pero luego un recuerdo se sobrepone ante cualquier emoción: Julián. Fue su culpa, ella me lo arrebató. No tengo motivos para sentirme mal, ella es la culpable y, aunque quizá pude llegar a quererla, ningún amorío vale más que la hermandad.

Ella no es nada más que una chica demasiado ilusionada, demasiado tonta para vivir en este mundo tan cruel. Es más, Iván y yo le estamos haciendo un favor al quitarla de la ecuación, le estamos ahorrando que luego pase por un sufrimiento mayor. Es demasiado tonta para su propio bien, demasiado… buena.

—¿Qué, acaso aún no lo entiendes? —La voz me sale demasiado fría, como si estuviera hablando con un penitente en lugar de ella.

Alicia se queda callada, no me dice nada más. Veo cómo busca a tientas la puerta del auto, sus dedos se cierran alrededor del seguro y, antes de que siquiera lo quite, tomo su muñeca.

Mi agarre es quizá demasiado fuerte, puedo sentir su pulso contra mi palma, demasiado agitado o, mejor dicho, demasiado vulnerable.

Ella se sobresalta, me mira sin su habitual cariño, como si estuviera viendo a un extraño en mi lugar, como si no estuviera viendo a la misma persona que la llevó al campo a ver las estrellas, que la acompañó en cada espectáculo, que la besó en cada faro de luz y que le cantó al oído para dormir. Me mira como si nada de esto nunca hubiera sucedido.

—¿Trabajas para los Cavalli? ¿Es eso? —Dice con tono serio, pero con un ligero temblor.

Ni siquiera le respondo y me limito a soltar su muñeca con brusquedad. Puedo sentir mi corazón latir en mis oídos, mi mirada impasible y mis emociones también, aunque tengo que ahogar un suspiro.

Finalmente, la camioneta se detiene frente a una mansión de dos pisos, color gris acero con detalles en diferentes tonos de azul y verde. Las ventanas y toda la herrería en tonos plata que brilla bajo el sol.

Bajo de la camioneta y cierro mi respectiva puerta. Al salir el sol, contra mi piel, me ancla a la realidad. Ella no baja del auto y eso hace que la frustración nuble todos mis sentidos, aunque no estoy seguro de si estoy frustrado con ella o conmigo.

Le doy la vuelta al auto y abro su puerta, ella está cruzada de brazos y me mira con una mezcla de dolor e incertidumbre que hace que toda la frustración desaparezca, dejando solo cansancio en su lugar.




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