Axel
El reflejo en el cristal no me devuelve la idea que toda la vida he tenido de mí. No hay rastro del cuero ni del olor a pólvora que solía cargar conmigo. En su lugar veo a un joven envuelto en ropa de seda.
Camino a paso rápido por los pasillos de la mansión Durand, y apenas puedo creer que sea cierto. Hace algunos días, Pablo Durand, un hombre de pelo canoso y ojos grises, me contactó. Al inicio creí que era para un encargo, el mismo tipo de trabajo por el cual las grandes figuras no se ensucian las manos. Luego me di cuenta de lo equivocado que estaba.
He pasado toda mi vida solo: sin familia, sin amigos, sin pareja. Ni siquiera con una vida normal. Me acostumbré a estar solo y nunca me pareció algo malo. Hasta que llegaron a revolver mi vida. Hasta que llegó Pablo Durand a decir que yo era hijo suyo, su primogénito y único heredero disponible.
Mi estómago da un vuelco cuando las memorias regresan a mi cabeza.
—Axel, hijo mío. Creí que nunca te encontraría.
El solo recordar su tono de voz, tan afectivo pese a nunca haber cruzado palabra, hace que se revuelva el estómago. Es imposible amar a una persona que no conoces, y aun así este señor irrumpió en mi vida haciéndose llamar mi padre.
Cruzo la estancia principal, las paredes están recubiertas con madera de caoba y los pilares de mármol negro. Al caminar, apenas se escuchan mis pasos en el suelo encerado, por lo que hago mis pisadas más fuertes, con la única intención de romper el espantoso silencio que podría consumirme.
Salgo de la casona en la que llevo un par de días viviendo. Aún no me acostumbro del todo: tengo insomnio en las noches por el silencio ensordecedor, un mal presentimiento porque la servidumbre parece querer ser complaciente por gusto, ansiedad por las cámaras de vigilancia en todos lados. No es para nada el caos controlado al que estoy acostumbrado.
Afuera, incluso los jardines parecen artificiales, el césped está cubierto por el rocío, pero no por el natural, sino por uno hecho con aspersores y toda la intención. Intento respirar aire fresco para organizar mis pensamientos, pero es completamente en vano.
Es entonces cuando siento una presencia a mi espalda y volteo de golpe. Es un guardia de seguridad de la mansión que se sobresalta al ser descubierto, al ver que su entrenamiento ha fallado en algo tan simple como el sigilo.
Hace una ligera inclinación con la cabeza y un nudo se forma en lo hondo de mi estómago cuando contengo el impulso de decirle que es algo innecesario.
—Joven Durand. Vengo a informarles que la señorita Valeria Lyran está en los portones de la mansión. Dice que no se irá hasta hablar con usted.
El nudo en mi estómago pronto se extiende hasta mi garganta y regresa a mí ese extraño sentimiento de irrealidad. Toda la vida he estado en los cimientos de este imperio colectivo, tan abajo que ahora me está mareando estar en la cima.
¿Desde cuándo Valeria tiene que pedir autorización para algo tan sencillo y simple como verme?
El pánico de verla en este lugar, siendo yo quien soy ahora, me golpea primero. Pero luego, el recuerdo de su desdén me sirve de escudo. Si ella me viera temblar, ganaría. Así que miento. Me obligo a ser el hombre que esta casa exige.
—Déjala esperar diez minutos. —Digo con un tono ligeramente soberbio. —Luego haz que dé una vuelta discreta, antes de pasar hasta mi oficina.
El guardia asiente con la cabeza y se retira tan rápido como llegó, con la misma eficiencia que antes yo mantenía para otros.
Creo que ahora al fin puedo entender a Valeria. Creo que al fin puedo comprender su indiferencia. Al estar siempre en la cima, nunca ha tenido que conformarse con menos, nunca ha tenido que verme como algo más además del chico de los encargos, pero eso se acabó.
Ahora ya formo parte de su estúpido juego de imperios y poder. Ambos podemos respirar el mismo aire y jugar en el mismo tablero. Al fin voy a tener mi oportunidad.
Regreso en mis pasos hasta mi oficina y me dejo caer en mi gran sillón de cuero negro. Miro las paredes recubiertas con los logros de Pablo Durand, frente a mí el escritorio de cristal y más allá la puerta por la que cruzará Valeria en un rato.
Es entonces cuando la incredulidad y la abrumadora sensación en la que hace poco podía ahogarme dan paso a una extraña y peligrosa satisfacción. Las reglas de nuestro juego han cambiado, eso me queda claro y me sacia más que cualquier vino.
Es entonces cuando la puerta de mi oficina se abre. Por acto reflejo me pongo erguido y clavo la mirada en la puerta. Valeria entra segura de sí misma, pero claramente extrañada, está fuera de su elemento, y ambos lo sabemos. Ya no está en su territorio, está en el mío.
—Axel… —Dice mi nombre con un tono bajo, quizá arrepentido o resentido, ambos sentimientos no difieren mucho entre nosotros.
Oír mi nombre en sus labios es suficiente para que mi corazón se salte un latido, pero me obligo a mantenerme inexpresivo.
Soy consciente del momento en que mi cariño hacia ella se eclipsa por completo por mi orgullo.
Ella ve que no respondo como siempre lo hacía, se da cuenta de que no me he puesto de pie para besarle los nudillos, ni he inclinado la cabeza ante ella. Quizá sea ilusión mía, o a lo mejor es mi ego queriendo curarse, pero creo ver un brillo diferente en su mirada. Uno que es rápidamente opacado por exigencias.
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Editado: 19.04.2026