El Precio de la Lealtad

Capítulo 8: El Secreto en el Secuestro

Valeria

Me incorporo en la cama con pesadez, no estoy segura del tiempo que llevo inconsciente. Miro a mi alrededor e intento ubicarme, pero no lo consigo.

Un fuerte dolor de cabeza me asalta y me apoyo contra la cama, la habitación, sea cual sea, me da vueltas mientras intento estabilizarme. No recuerdo nada de los últimos momentos, ni siquiera estoy segura de cómo terminé aquí.

Me levanto de golpe, el mareo vuelve con más fuerza, pero me obligo a concentrarme. Los recuerdos regresan con fuerza como olas.

¡Maldito, Axel! Miro alrededor buscando al culpable, pero no hay nadie más en la habitación, estoy sola.

Me doy una mirada rápida y respiro más tranquila al ver que sigo llevando la misma ropa con la que llegué. Cuando ya me creo capaz de avanzar sin caer, me acerco a la puerta que creo que es la salida, pero cuando giro el pomo, esta no cede.

Mi corazón se agita y siento mi pulso por todo mi cuerpo mientras intento forzar aquella cerradura. La desesperación sube por cada uno de mis nervios y, antes de darme cuenta, estoy pateando la puerta, intentando derrumbarla, pero no hay resultado.

Doy un paso atrás con la respiración agitada, me incorporo y, al recorrer la habitación, veo que no hay ventanas ni ninguna rendija, hay otra puerta al otro extremo de la habitación.

Al entrar, esta da a un baño y se me entrecorta el aliento. Las paredes son de mármol con cristales incrustados. El baño cuenta con dos tinas, una regadera por separado y hasta un pequeño jacuzzi. Cuando me adentro en el cuarto, mis tacones resuenan suavemente contra el suelo encerado.

Me planto frente al espejo del lavabo y contemplo mi reflejo. Sigo llevando la misma ropa de ayer o de hoy, no estoy segura del tiempo que ha transcurrido, pero mi maquillaje está corrido por mis mejillas.

En el tocador del baño hay todo tipo de jabones, mascarillas y tratamientos. Un escalofrío me recorre de pies a cabeza al darme cuenta de que son los mismos productos que yo utilizo.

Regreso a la habitación y ahora, sin la desesperación y el coraje, me atrevo a apreciarla realmente. Desperté en una cama de cuatro postes con dosel, es bastante amplia. Alrededor hay un tocador, con las marcas de cosméticos que suelo utilizar, igual noto el librero desbordante de mis autores preferidos. Las paredes van forradas de arte contemporáneo y un solo espejo grande. No hay ventanas.

En cuanto a las paredes y el techo, todo parece ser de mármol y cristal. Todo parece valer cientos de euros, precisamente a la altura de la aristocracia, pero no a la de Axel.

Aunque sea hijo de Pablo Durand, no tiene sentido que él haya orquestado todo esto él solo. No tiene el gusto ni la dedicación para diseñar una habitación, pero al ver que todo en este lugar está hecho para mí, con mis preferencias y gustos particulares, es cuando entiendo que quizá Axel no tenga la dedicación, pero sin duda le sobra obsesión.

Alicia y Haydhen. Ese pensamiento toma fuerza sobre los demás, no tengo ni siquiera una idea de dónde podrían estar, pero tengo que encontrarlas antes de que sea tarde. Soy la única con los recursos necesarios para que podamos desaparecer, pero estoy atrapada.

Vuelvo a intentar abrir la puerta, pero nuevamente es un caso perdido. Busco entre los cajones y los muebles de caoba importada para encontrar cualquier cosa que me sirva, necesito salir.

Sin ventanas, sin salidas, esto es inútil. Golpeo la puerta una vez más, pero cuando la punta de mi tacón no le hace nada, suelto un puñetazo que solo causa que me sangren los nudillos.

—¡Ah! ¡Maldita sea, Axel! ¡Sácame de aquí! —Le grito a la puerta cerrada.

Miro alrededor, pero solo encuentro útil el espejo. Observo mi reflejo desaliñado, encerrado y vulnerable, eso es suficiente para que el calor crezca en forma de rabia. Me quito el tacón del pie derecho con esa respectiva mano, cuando mi pie toca el suelo helado, mi piel se eriza, pero aun así alzo el tacón, dispuesta a quebrar mi reflejo.

Es cuando el sonido de la puerta siendo abierta me hace girar el rostro. Me encuentro con los ojos verdes de Axel, me mira con una ceja enarcada y se queda en el umbral, pero el solo hecho de ver su rostro hace que mi sangre vuelva a hervir.

Regreso mi atención al frente. Sin importarme nada, golpeo el tacón contra el cristal y este se agrieta con un sonido seco, pero cuando estoy por dar un segundo golpe, él me detiene.

Su brazo alrededor de mi cintura me ancla a la realidad, mientras él aprisiona mi muñeca alzada, impidiendo que arremeta contra él. Forcejeo, me remuevo desesperada hasta que me suelto de sus brazos.

Cuando me giro, quedamos de frente, cara a cara. Sigo sujetando mi tacón como defensa, pero la duda se instala en mi pecho cuando nuestras miradas se encuentran. Veo sus pupilas dilatadas y con una sombra oscura, sé que en este momento no estoy mirando a mi devoto, sino al asesino a sueldo.

Hace rato fui capaz de golpearlo, aunque no era la manera correcta, no sentí miedo porque me aferraba al poco poder que tenía. Pero ahora, con un pie descalzo, el frío entrando por mis huesos y su mirada más segura que nunca, me siento demasiado vacía y vulnerable de una manera que no entiendo.

Axel me mira de pies a cabeza, de la misma forma en la que yo evalúo objetos en una subasta. Me gustaría enojarme con él, volver a arremeter, pero mi propia vulnerabilidad me mantiene quieta.




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