Calek
Camino con la espalda erguida y mi traje de combate, perfecto y a la medida, quizá el único imperfecto sea la pequeña mancha de sangre que no he limpiado de mis botas.
La chica que llevo en brazos se remueve un poco y es cuando mi mirada regresa a ella. Su cabello es bastante inusual, blanco en su mayoría, pero con las puntas de un tono morado eléctrico y negro, es exótico y sin duda llamativo. Me queda claro que a esta mujer le ha de gustar la atención, un claro defecto para una asesina.
Camino a paso tranquilo por la mansión hasta una habitación reforzada, donde sus posibilidades de escapar, que de por sí son bajas, caerán a cero. El guardia de seguridad inclina la cabeza ante mí, y luego la abre sin preguntar la identidad de la dama, escucho tras de mí la puerta siendo cerrada.
Me adentro a una habitación oscura, en la que solo hay una silla de madera, y frente a esta una mesa metálica sobre la que se encuentran todos los instrumentos que podría llegar a necesitar.
Dejo a la señorita Belrose, sentada en la silla, sigue inconsciente, pero debería despertar en los siguientes minutos. Me sorprendió cuando el sedante no tuvo un efecto inmediato, pero puesto que lo que la terminó de noquear fue mi fuerza, quizá tenga una leve contusión.
Alcanzo de la mesa una cuerda negra con la que ato sus muñecas a su espalda. Es una mujer, por lo que no creo que sea necesaria más seguridad que esa.
Me alejo unos pasos de ella y me recargo contra la pared, el cemento frío me tensa y me pone en alerta. Cruzo mis brazos sobre mi pecho mientras mi mirada sigue fija en ese rostro femenino. Su piel se ve pálida en la poca luz de la habitación, como la porcelana, algo bonito, pero frágil y delicado. Ella es bonita y exótica, eso sin duda jugará a su favor.
El silencio se instala rápidamente, roto únicamente por los pasos ocasionales tras la puerta de mis guardias de seguridad dando sus rotativas habituales.
Debería haberla matado en lugar de traerla aquí. Al fin de cuentas, ese había sido el trato con los Cavalli: ellos me entregarían parte de su territorio por hacerles este pequeño encargo. Pero ella tiene una belleza notable y es cierto que me hace falta una sirvienta desde que me deshice de la última, ella es claramente una buena candidata a ese puesto.
Mis sentidos vuelven a ponerse en alerta cuando la chica se remueve en la silla, veo el momento exacto en que sus párpados se abren y sus ojos se llenan primero de confusión y luego de una fría comprensión de la situación.
Su mirada recorre todo en la habitación, primero ve sobre su hombro a sus muñecas atadas. Al volver la vista al frente, veo cómo se tensa al ver sobre la mesa metálica un montón de objetos que podrían tener a alguien gritando durante horas y, al fin, sus ojos se clavan en mí.
Pronto empezará a llorar y seguramente a suplicar por piedad, pedirá clemencia como lo hacen todas las mujeres y entonces le propondré mantenerla con vida a cambio de ser una buena niña, es un buen trato. ¿A qué otra cosa podría aspirar una mujer?
Ella no hace nada de lo que creí, mantiene su mirada fija en mí con frialdad y los labios en una línea tensa. Por lo que es momento de asustarla.
—Buenos días, bonita. ¿Qué tal dormiste? —Pregunto con una sonrisa, fácil la misma por la que las chicas se vuelven locas.
Ella no responde a mi provocación y en su boca se forma una sonrisa retadora, casi segura. ¿Acaso es suicida?
—Te has estado portando mal. Las niñas buenas sonríen y se dedican a verse bonitas. ¿Qué creías que hacías al matar? ¿Querías sentirte poderosa? —Me acerco un par de pasos hacia donde ella está.
Ella se pone erguida ante mi cercanía, puedo ver cómo mueve sus muñecas tras su espalda, no con desesperación, sencillamente probando la resistencia de los nudos.
No me da el placer de escuchar su voz, estudia mi rostro y su mirada se vuelve evaluativa, no hay miedo y eso es inusual. Siendo alguien frágil por naturaleza, no debería sentirse tan segura.
—¿Acaso no piensas responder? ¿O es que estás esperando permiso? ¿Será que ya piensas ser una buena niña? —Digo intentando ocultar mi creciente irritación bajo un tono neutro.
Me inclino un poco y luego tomo su barbilla entre mis dedos y la fuerzo a alzar la vista hacia mí, pero ella se zafa con un movimiento brusco, incluso puedo escuchar su cuello crujir. Llevaba demasiado tiempo en reposo como para hacer ese movimiento.
—Eres un cobarde. —Dice con tono controlado, pero frío. —En nuestro único y primer enfrentamiento me drogaste, me queda claro que no sabes jugar limpio. Creía que el poderoso Calek Vandoren al menos tendría algo de honor.
Conforme va hablando, su tono se va volviendo despectivo, y una furia fría empieza a vaciarse en mi pecho. ¿Cómo se atreve esta mujer a hablarme de honor? Ella ni siquiera debería creerse digna de ello. Justo cuando creo que no puede decir otra estupidez, ella vuelve a hablar, ahora con puro desafío en su tono.
—Y ahora me mantienes atada. ¿Acaso tienes miedo de soltarme y tener una pelea justa? No me sorprendería, por cierto.
Por reflejo llevo mi mano a su cuello, aprieto un poco, sin lastimar, pero imponiendo respeto. Siento su pulso contra mi palma, pero no está desembocado, ella está tranquila, como si no acabara de retar al líder de la segunda mafia más poderosa.
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Editado: 19.04.2026