El Precio de la Lealtad

Capítulo 10: Privilegios de Seda

Alicia

Mi cuerpo tiembla suavemente contra el frío suelo de piedra, mientras que al mismo tiempo puedo sentir las lágrimas calientes resbalar por mis mejillas.

No estoy segura de cuánto tiempo ha pasado, lo que sí sé es que no tiene importancia. Voy a morir aquí, no sobreviviré a los Cavalli. Debí haber huido de Madrid luego del asesinato, pero ahora estoy atrapada, esperando la peor de las muertes.

Sujeto mis piernas contra mi pecho, buscando el calor de mi propio cuerpo, mientras estoy hecha un ovillo y las lágrimas caen intento no pensar en Daniel, porque aún no me creo capaz de procesar lo que me ha hecho.

Siento que podría desmoronarme, me siento igual que una impostora en mi propia vida, ahora entiendo que toda mi felicidad fue solo una actuación, una mentira muy bien diseñada. ¿Nunca me amó de verdad?

Intento concentrarme en cualquier otra cosa, cuando alzo el rostro, puedo ver los barrotes enfrente de mí. Nunca creí que los Cavalli tuvieran en su mansión un calabozo, en estos tiempos es algo muy arcaico.

Miro una gotera, que forma un pequeño charco en la esquina contraria a la celda. Hago todo lo posible por concentrarme en eso, en contar cada una de las gotas.

Una… dos… tres… cuatro.

Pero es imposible, aunque intente evitarlo, mi corazón vuelve a acelerarse hasta el punto de doler. Me falta el aire, no puedo respirar, araño suavemente mis brazos mientras digiero el hecho de que moriré aquí. Quiero gritar, quiero llorar, pero ante todas las cosas quiero dejar de pensar en él.

Aún siento el fantasma de sus labios en los míos y sus manos en mi cabello, acariciándome las noches de tormenta. Él siempre me cuidó, pero todo se trató de preparar a la oveja para el matadero.

Mi cuerpo tiembla, pero ya no logro distinguir si es por el frío o el dolor. Solo sé que estoy considerando seriamente golpear mi cabeza contra el cemento.

Alcanzo a escuchar pasos que se acercan y me pongo erguida de golpe, alzo el rostro y de repente me siento demasiado mareada. Se terminó, aquí acabó todo. Voy a morir, ellos van a encargarse de eso.

Veo una silueta pararse delante de mi celda, creo que es Daniel. Quizá se arrepintió y viene a salvarme, tal vez aún hay esperanza en lo nuestro. No fue mentira, ¿verdad?

Cuando logro ver bien a través de la penumbra es cuando me doy cuenta de que se trata de Iván Cavalli. Mi cuerpo vuelve a temblar, pero ahora tengo claro que no es por frío ni dolor, es miedo en su mayor expresión. No quiero morir.

La celda se abre, y el sonido del metal raspando el piso me eriza la piel. Me relego lo más que puedo en la esquina en la que me encuentro, aprieto con fuerza mis brazos mientras él entra en la celda.

Se detiene justo delante de mí, pero yo tengo la vista fija en sus zapatos, son de charol negro, están impecables, al igual que el corte de su pantalón de vestir. No me atrevo a ver su rostro, porque será como ver a la muerte misma. A mi muerte.

—Levántese, señorita. —Su voz es autoritaria y resuena en las paredes vacías.

Me levanto despacio, apoyándome en las paredes. Siento las piernas entumidas por haber estado en la misma posición tanto tiempo, y el miedo es uno de los mayores paralizantes.

Iván toma suavemente mi muñeca y mi pulso se dispara a tal punto que estoy segura de que él puede sentirlo contra su palma.

—Acompáñeme, le hará bien el aire fresco. —Dice tirando suavemente de mí hacia fuera de la celda.

Mis piernas no oponen resistencia. Quizá si lo sigo me dará una muerte rápida, aunque sé que eso es imposible, porque en la mafia es casi un delito ahorrarse el preludio de una ejecución.

Caminamos fuera del calabozo y la luz repentina me hace entrecerrar los ojos. Me estalla un terrible dolor de cabeza y durante un segundo me desoriento, si no fuera porque él lleva sujetando mi muñeca, no me mantendría anclada a la realidad.

Miro alrededor y me percato del lujo de toda la mansión, es minimalista, pero con un toque antiguo que la hace digna de admirar, aunque no por ello deja de parecer impersonal.

Miro hacia Iván, él camina por delante guiándome. Tiene una espalda ancha, y va vestido con un traje negro a medida. Lleva la otra en el bolsillo mientras la mano que me sujeta va decorada con un reloj.

Bajo la mirada a mi propio cuerpo, veo mi vestido rasgado, cubierto de tierra, y tengo algunos cortes en los brazos que seguramente yo misma provoqué. Mis botas blancas están manchadas de lodo y suciedad. Estoy terrible, pero de seguro me veo mejor comparado con cómo me siento.

Llegamos a una puerta doble de caoba, que tiene en la puerta corazones tallados. Iván suelta mi mano y automáticamente me cruzo de brazos, buscando la única y ridícula protección que puedo ofrecerme a mí misma.

Iván entra y camino unos pasos por detrás. El aire se siente pesado y es difícil de respirar, aunque tal vez sea solo mi impresión porque él se ve sumamente relajado.

La habitación es una suite de invitados. Es amplia y de colores pastel, hay una cama con dosel al centro y una mesa de té, además de un pequeño librero y un vestidor. El techo es una cúpula, decorada con murales de flores y nubes.




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