El Precio de la Lealtad

Capítulo 11: Sentencia de Cárcel

Calek

Me siento en el borde de la cama, esta no tiene ni una sola arruga, es lisa y completamente perfecta. Cuando comparo la cama con las alarmas que suenan en la mansión, hace que mi molestia vaya en aumento.

Acomodo las mangas de mi camisa blanca de lino, hecha a medida como toda la ropa que acostumbro a utilizar. Me pongo de pie, mientras que con un movimiento fluido aliso mis pantalones.

Camino hasta el espejo de cuerpo completo donde aprecio mi reflejo perfecto. Un traje negro es el estándar clásico de la mafia, pero como estoy en casa, me he puesto algo más casual y es por ello que no llevo el saco.

Doy una respiración profunda y pausada con el único fin de apaciguar la ira que crece en mi interior. La señorita Belrose ha intentado escapar.

Luego de nuestro inusual e improbable encuentro, la he dejado encerrada en una de las celdas de máxima seguridad de la mansión, en el sótano. De eso solo han pasado unas horas, y hace apenas unos minutos se activaron las alarmas de seguridad, anunciando su fuga.

El pánico es una emoción absurda en una situación como esta, porque estoy seguro de que su ridículo intento de escape se verá frustrado pronto. Ella no es más que una mujer, sin la capacidad de planear de forma estratégica.

Un suave golpe en la puerta capta mi atención y a través de la madera puedo escuchar todo tipo de maldiciones en una voz femenina, pero irritablemente firme.

Siguiendo el protocolo, la puerta se abre al no recibir negativa. A la habitación entran tres de mis mejores hombres sujetando a la damisela de la que cada vez dudo más que se sienta en apuros, aunque lo esté.

Ella va descalza, con el vestido que le proporcioné, uno de color azul cielo con encaje que afirma sus atributos, aunque ahora la prenda se encuentra ligeramente rasgada en distintos puntos.

Hay unas manchas rojizas que cubren las muñecas del vestido y sus manos, y estoy casi seguro de que ese color rojo es de procedencia orgánica, aunque no puedo asegurar si es de ella o del desastre que causó a su paso.

Uno de mis hombres me da el informe breve sobre el incidente.

—Señor, buscamos a la señorita Belrose por toda la mansión, cuando la localizamos, esta saltó por la ventana, pero la atrapamos en los jardines a unos metros de la mansión. Antes de traerla ante usted, como ordenó.

Cuando observo a la chica que ha realizado tal alboroto, esta solo me mira con indiferencia y desapego a la situación. Ella no disimula en lo absoluto cuando estudia la habitación, su mirada hacia la ventana y la estancia, para terminar en una mueca repulsiva.

Soy consciente de la fuerza que ejerzo en la mandíbula hasta que esta empieza a doler. Suelto la tensión y ajusto el puño de mi camisa, es hora de tomar cartas en el asunto de verdad.

La seguridad de la mansión falló, eso es algo que no puedo permitir. Dejando el incidente de lado, si ella pudo salir, otros pueden entrar. No le dirijo palabra, tampoco doy ninguna orden simplemente doy marcha al cuarto de seguridad. Mis hombres me siguen unos pasos por detrás, llevándola a ella a rastras.

Ya no siento la ira de hace unos momentos, eso es algo banal comparado con el hecho de que ella ha burlado mi seguridad. Es imposible que una mujer pueda tener ese nivel de estrategia, así que, si alguien como ella pudo, cualquier persona con dos gramos de inteligencia igual podrá.

Llego a la sala de seguridad, me adentro en ella con todo el cuerpo tenso de anticipación. En el interior, dos de mis hombres están revisando las grabaciones, buscando la falla antes de que yo lo ordene, eso me gusta.

Cuando reparan en mi presencia, inclinan la cabeza como es debido. Miro hacia la pantalla que muestra las últimas grabaciones. Al parecer, la señorita Belrose usó la única ventaja con la que cuentan las mujeres, su belleza.

En el video se ve claramente el momento en que uno de mis hombres abre la celda, atraído por la voz de Lilith, que se halla en cualquier voz femenina, como un veneno. En cuanto la celda fue abierta, ella usó el poco talento que tiene en combate para alcanzar a llegar a solo unos metros de la salida, antes de que cinco de mis hombres la detuvieran.

Esto solo me deja con dos resultados: la primera es que debo deshacerme de los débiles de mente, y la segunda es que mis hombros son mediocres por no haber podido detener a un individuo de naturaleza incompetente en ámbitos de fuerza.

Una furia fría contenida se afirma en mi pecho, ella es una anomalía que debo controlar lo antes posible. No puede ser que en menos de unas horas haya puesto la organización de un alboroto.

—Despidan al hombre que le abrió la celda. Y a todos los que fallaron contra ella. —Digo con la voz controlada, pero fría, en un tono bajo e inequívoco. —¿Dónde sucedió la mayor parte del altercado?

Uno de mis hombres murmura algo poco entendible sobre el área oeste. No espero a que termine y camino hacia esa dirección. Con mis tres hombres competentes sujetando a la falla, unos pasos por detrás.

Al llegar a la sala oeste, todo parece en orden, mi equipo se ha movido de forma rápida en ese tiempo. Reemplazando los objetos rotos y corrigiendo la mayoría del desastre, es entonces cuando llego al vestíbulo principal de esa área cuando encuentro el principal desorden.




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