El Precio de la Lealtad

Capítulo 12: Pasos en falso

Valeria

El viento mece los árboles con suavidad y, a través del cristal, el rocío deja ver la delicadeza de los pétalos de las flores. Todas de colores y tan frágiles como la porcelana.

El aire escapa de mis pulmones, un suspiro cargado de impotencia, un pasivo modo de protesta. Los segundos se han vuelto minutos y los minutos horas, quizá. No estoy segura.

Regreso la vista al libro que yace sobre mi regazo, abierto en una página al azar. Llevo postrada en este asiento de ventana tanto tiempo que he cambiado de posición veinte veces solo para que circule mi sangre.

El libro es de ajedrez. Lo encontré en el despacho de Axel hace un rato cuando fui a buscarlo, aunque no lo encontré. Lo tomé prestado para distraer a mi cabeza, pero en todo este rato solo he pasado los ojos por las letras, sin leer de verdad.

Nunca creí que él leyera este tipo de literatura, esperaba encontrar un libro sobre técnicas de combate o una antología de armas. Nunca esto, la estrategia del ajedrez. Aunque bien dicen que un combate no es más que un juego de estrategia en versión acelerada.

No debería estar aquí, yo debería estar firmando contrato con mis transportistas en mi propia oficina. No luciendo bonita en un cuadro perfecto que ni siquiera pinté yo misma.

Podría volver a buscar a Axel, tengo que hablar con él o me volveré loca sin saber nada de mi imperio.

“Su imperio. Ya no es tuyo.” Ese pensamiento pasa fugaz, pero lo suficiente para entrecortar mi respiración. No. Me sigue perteneciendo, esto es temporal.

“Por un tiempo indefinido. Un día, o quizá toda tu vida.” Me levanto de golpe. Cierro el libro con un golpe definitivo, mientras maldigo a mi consciencia.

Salgo de la biblioteca y el sonido de mis tacones blancos hace eco por la habitación silenciosa, tan espaciosa como un salón para gala, y aun así tan desolado.

El tul del vestido me pica en la cintura, las piernas y los brazos, en todos los lugares donde tiene contacto. No elijo mi ropa, aparece por arte de magia en la habitación cada mañana y eso me exaspera.

Este día encontré unos tacones bajos de piel en color blanco y un vestido de tul verde oscuro. Jamás en la vida había utilizado este tipo de vestidos, a lo mejor de niña. Aunque Alicia intentó convencernos a Haydhen y a mí en múltiples ocasiones de darles una oportunidad. Al menos ahora sí puedo decir con gusto que los odio.

Me detengo en la puerta de salida y mi corazón ha empezado a ir tan rápido que podría escaparse por mi garganta. Aprieto los puños con fuerza, hasta que siento mi manicura clavarse en mis palmas.

Alicia podría estar muerta. Conozco a Iván Cavalli, él nunca juega limpio y ella es demasiado pura para ver a través de sus enredos. Y de Haydhen no saben nada, eso solo significa que ella ya no está. No.

Muerdo mi labio para contener el grito que amenaza con salir, las lágrimas pican en mis ojos, pero no es momento para ello. Tengo que encontrar a Axel, debo recuperar mi imperio, debo salvar lo poco que queda y, si no queda nada, debo salvarme a mí.

Salgo a un pasillo extenso, los pilares de mármol se alzan como condenas inevitables, pero mantengo la espalda erguida y la mirada atenta. Si esto es una competencia, debo ganarla.

Miembros de la servidumbre pasan a mi lado, algunos llevan charolas o simples artículos de limpieza. Nadie inclina la cabeza a mi paso y siento la bilis subir por mi garganta, me obligo a mantener la vista al frente. Ya no me reconocen. Ya no me ven como la heredera de Lyran. No ven mi apellido, o tal vez sí lo hacen, pero ya no importa.

Llego a la puerta doble de madera oscura. Me sigue pareciendo surrealista que Axel siga teniendo su propia oficina y su propia mansión. Pero no debería, tengo que asimilarlo lo antes posible o no podré ver todas las posibilidades.

Cuando estoy por entrar, un joven me detiene el paso, ni siquiera me había percatado de su presencia. Va vestido con ropa de cargo, antes esa era la que utilizaba Axel. ¿Desde cuándo él necesita protección?

—Disculpe, señorita Lyran. Pero el joven Axel se encuentra ocupado. Si gusta volver más tarde. —Dice con tono neutral, sin reverencia.

No tiene sentido, me ha llamado “señorita”, lo que significa que me reconoce como parte de la aristocracia. Pero no ha hecho ninguna reverencia. ¿Por qué últimamente todos tienen que ser tan contradictorios?

Lo miro a los ojos, una molestia fría se instala en mi pecho. ¿Quién se cree este muchacho para negarme el paso? O peor aún, ¿qué podría estar haciendo el “joven Axel” que es tan importante?

Sostengo su mirada, lo suficiente hasta que el aire se vuelve pesado. No pienso retroceder, al contrario, doy un paso al frente, hasta que invado el espacio personal del chico.

—No me has entendido. —Digo con calma, pero con un filo en mi tono. —No he venido a pedir permiso para una audiencia, he venido a que se me conceda.

El joven tensa la mandíbula y abre la boca para replicar. Pero más vale que no se le ocurra hacerlo, llevo las manos a mi cintura, ignorando la incomodidad del tul.

Puede que Axel sea su jefe, pero mi nombre sigue siendo superior. Sé que estoy por arriba de cualquier orden temporal que haya recibido. Sigo por encima de Durand.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.