Daniel
De mi boca sale un suspiro ahogado mientras tiro mi antebrazo sobre mis ojos, intentando en vano oscurecer mi alrededor. No sé la hora y tampoco me interesa, pero puedo deducir que es tarde, llevo un buen rato dando vueltas en la cama.
Me incorporo en cama y la sábana de seda se desliza por mi torso desnudo, cayendo a la altura de mi cintura. Debo tranquilizarme y empezar a trabajar antes de que Iván venga a buscarme.
Doy una bocanada honda de aire, buscando tranquilizarme y, durante un breve momento funciona, el estrés se apacigua y siento una leve claridad, hasta que una nota a vainilla vuelve a invadir mis sentidos.
—¡Maldición, Alicia! ¡Ya sal de mi cabeza! —Exclamo a la nada mientras mi puño aterriza contra el colchón a un lado de mi cadera.
Me levanto frustrado, con las emociones más revueltas de lo que estaban en un inicio. Distingo mi reflejo en el espejo del baño y unas profundas ojeras enmarcan mis ojos marrones, el cabello alborotado y el ceño fruncido.
Abro el grifo, pero no toco el agua. Solo la veo caer y la escucho como ruido de fondo. Cuando me apoyo en el lavamanos, la superficie fría me hace estremecer, finalmente abro el grifo con inercia y me tiro agua encima sin demasiado preámbulo.
Cuando me siento un poco más compuesto, me dirijo descalzo hacia mi armario. Hoy no tengo nada demasiado importante, las reuniones de la mafia fueron ayer y tampoco tengo ningún compromiso con Iván.
Usualmente, cuando tengo días tan vacíos, iba a ver a Alicia, la llevaba al cine, algunas veces dábamos vueltas por plazas o sencillamente nos quedábamos en su apartamento. Cocinábamos juntos o pedíamos por delivery. Luego ella me obligaba a hacer alguna rutina nocturna y nos acostábamos juntos mientras…
Detente. Eso ya no es real, eso no va a volver a suceder. Ella ahora está en espera de ejecución, Iván se va a encargar, no tengo que pensar en ella. Además, lo nuestro no fue tan importante, ¿cierto?
Con inercia tomo las primeras prendas que alcanzan mis manos, ropa holgada. Lanzo la ropa a la cama y llevo las manos a la pretina de mi pijama, es entonces cuando casi puedo escuchar su voz: “Amor, si quieres usar algo holgado, debes combinarlo con algo ajustado. Aunque te ves muy tierno de ambas formas.”
Mi corazón se desemboca y, antes de darme cuenta, estoy apretando con demasiada fuerza la pretina. Todo es culpa de ella, nadie más tiene la culpa, se quedó como un fantasma cuando debería irse. Tiene que irse.
Miro hacia la ropa en mi armario y luego regreso la vista a lo que dejé en la cama. Incluso antes de poder replantearme las cosas, busco una camiseta ajustada. No lo hago por ella, sino porque es lo mejor para mi imagen.
Miro el resultado en el espejo del baño y al menos ya no tengo la apariencia de haber tenido las peores semanas de mi vida, aunque las tuve.
Luego de calzarme, marco camino hacia la cocina. Necesito algo para terminar de despertar, aunque por el momento mi agenda está vacía, no puedo dejar que Iván sepa lo mucho que me está ahogando.
Mientras bajo las escaleras de caracol, amplias y de mármol moteado, casi puedo jurar que escucho su risa. Como un fantasma en el fondo de mi conciencia, porque ella ha sido lo mejor de mi vida.
¿Qué? Me detengo en seco cuando termino de procesar ese estúpido pensamiento, ella no es nada, no es nada y jamás será nada para mí. Ella no tiene nada que ver conmigo, ni siquiera tiene importancia, y lo repetiré las veces que sean necesarias.
No puedo permitirme dejar que ella aflore en mí, aunque sea tan linda como una rosa. Basta. Tengo que concentrarme, Iván y yo estamos a nada de dominar irrevocablemente las mafias del submundo. Ella es solo una distracción, un demonio que debería haberse quedado en el infierno. Sí, eso es.
Al llegar a la cocina, esta se encuentra desolada, ni siquiera hay señales de los sirvientes. Cuando mi mirada se posa finalmente en el reloj colgado en la pared, me doy cuenta de que aún faltan un par de horas para el mediodía, ese momento exacto. Demasiado tarde para que se esté sirviendo el desayuno y demasiado temprano para el almuerzo.
El sonido de pasos a mi espalda me hace voltear, siento mi pulso acelerarse. De seguro Iván viene a confrontarme por mis descuidos o a lo mejor ya se dio cuenta de que no puedo sobrellevarlo.
Pero cuando me giro, es Alicia a la que tengo enfrente. Y si mi pulso ya estaba acelerado, este se dispara hasta las nubes. Va vestida con una falda blanca con holanes y un top ajustado de color lavanda, no lleva maquillaje.
Cuando me encuentro con sus ojos verdes, se me entrecorta el aliento y siento mi pecho arder cuando no encuentro el brillo en sus ojos. Su expresión es cansada y se abraza a sí misma mientras comienza a retroceder sin atreverse a darme la espalda.
Antes de siquiera poder pensar, mi cuerpo decide por mí y doy un paso al frente. Ella retrocede cinco de golpe, chocando con el umbral de la puerta. El ardor en mi pecho se convierte en vacío.
Hay tantas cosas que quiero decir, pero no encuentro nada real. Las palabras se atoran en mi garganta y me limito a mantener la mirada fría y las emociones a raya, aunque para ella sea tan transparente como el cristal.
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Editado: 19.04.2026