El Precio de la Lealtad

Capítulo 14: Corona Negra

Iván

Veo de reojo a la señorita Vega perderse junto con mi guardia de seguridad, el error ha sido corregido y con ella la probabilidad de que Daniel entre a jugar en un tablero que ya ha sido adulterado. Él seguramente en su inmadurez me ha visto como el lobo del cuento, pero no puedo perderlo a él también.

Una sensación cálida se extiende por mi pecho de forma expansiva, fruto de haber logrado proteger a Daniel, aunque él no lo vea ahora. Debo deshacerme de la señorita Vega lo antes posible, es un riesgo para mi hermano y aquello no puedo permitirlo.

Me dirijo hacia el centro de seguridad de la mansión, el silencio es sepulcral y eficiente, el único sonido que rompe este esquema es aquel golpeteo rítmico de mis pisadas sobre el mármol.

Al adentrarme en el centro de seguridad, mi equipo responsable ya se encuentra supervisando, pero yo solo he venido a ver un único detalle.

Paso mi mirada gris a través de cada una de las pantallas, hasta que lo encuentro: en el jardín, sentado en el porche, se encuentra Daniel. Abrazado a sí mismo como si fuera un niño pequeño, causando una escena de lástima que resulta patética incluso para mí.

Con un solo gesto, mi personal me obedece, hace más grande la escena en las pantallas. No puedo ver su rostro, que se encuentra escondido entre sus brazos, pero el simple movimiento de su espalda me indica, sin duda alguna, que está llorando por una mujer que no merece esa atención suya.

Intento convencerme de ello, pero el corazón me da un vuelco en protesta, es mi hermano, al fin de cuentas. Podrá ser patético algunas veces y sumamente imprudente, pero es de las pocas personas que verlo quebrado no me produce ningún tipo de satisfacción.

Intento volver a buscar la calidez que sentí en el camino, esa sensación de haber protegido a mi sangre, de haber hecho lo correcto. Pero no la encuentro por más que la busco. Si realmente le he hecho un bien. ¿Por qué él no lo ve igual?

Todo es culpa de aquella mujer, si ella no hubiera llegado a lavarle las ideas a mi hermano, nada de esto hubiera pasado. Ella es solo una intrusa en este tablero de poder, un juego del que ella ni siquiera es consciente del todo que empezó a jugar, es su ingenuidad la que está contaminando a Daniel, antes él era fuerte.

Salgo del centro de seguridad hasta la caja fuerte de mi despacho. Al abrirla me encuentro con la antigua foto, esa donde estamos Julián, Daniel y yo. No la quemé. Aquella que saque del marco no era más que una copia sin valor emocional real, la original es la que encuentra entre mis manos, con sus bordes gastados y la pigmentación desvanecida.

No habría podido deshacerme de ella, en parte por Julián, pero también por Daniel. Es de las pocas fotos que conservo de él donde no nos encontramos en galas o reuniones de negocios, donde no tengo que poner la mirada gélida ante él para que se comporte de la forma debida en que lo haría un heredero.

Quizá lo que Daniel necesita es solo un poco de disciplina, con eso podría recordar que tiene un lugar en esta organización, uno que no le dará la espalda.

Regreso sobre mis pasos, hasta el pasillo donde tuve que interrumpir el encuentro y sigo recto hasta llegar a los jardines. Pero cuando el viento frío me golpea las mejillas, no encuentro a Daniel en el porche.

No ha entrado a casa, los sistemas de seguridad me habrían informado de que la puerta ha sido desbloqueada, cosa que no ha sucedido- No ha podido ir demasiado lejos, aunque es impropio de un heredero esta actitud.

Me yergo sobre mí mismo y un suspiro de pura frustración me abandona los labios, ya no tengo mecanismos para endurecer a este crío. La única opción viable es deshacerme de la mujer.

Camino por los senderos de los jardines dejando que mi mirada vague por la flora de este mismo hasta que encuentro a Daniel a la sombra de un árbol.

Cuando me acerco a su dirección, el sonido de mis pasos lo hace alzar el rostro de golpe, veo sus hombros tensarse al reconocerme, aunque ni siquiera ha alzado la mirada y eso me irrita porque no entiendo su evasión y mucho menos su desconfianza.

—Daniel. Estoy al tanto de que es tu día libre, pero te vendría bien hacer el inventario de armas. Quizá así logres enfocar tu mente en cosas más productivas.

Cuando finalmente se digna a encararme, el aire se me corta durante unos segundos, tiene los ojos hinchados y la mandíbula apretada con tal fuerza que las venas de su cuello se resaltan. Es una terrible mezcla de vulnerabilidad y coraje.

La ira está bien, es el motor del negocio al fin de cuentas, siempre y cuando este no sea contra mí, mientras más haya en su sistema, será mejor para su supervivencia. Pero no la vulnerabilidad que expresa, con esa expresión, pérdida, las demás mafias lo devorarían en un instante.

—Daniel, levántate en este instante, te ves deplorable. —La preocupación sale a modo de frialdad en mi voz.

La reacción es inmediata, se tensa como una cuerda de violín y se levanta casi de golpe, enderezando la espalda y pasando las manos por el rostro y el cabello en un gesto de recomponerse.

—Discúlpame, Iván. Claro que haré los inventarios. —Dice con tono seco, mientras hace amago de alejarse para acatar.




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