Riven mantuvo la mirada fija en la criatura, su mente trabajando rápido. Un monstruo pidiendo ayuda era algo fuera de lo común. Pero lo que realmente lo inquietaba era la insinuación de que alguien había puesto precio a su cabeza.
—Habla. ¿Quién me quiere muerto?
La bestia ladeó la cabeza, como si disfrutara alargar el momento.
—Primero la cacería. Luego te daré el nombre.
Riven apretó la empuñadura de su espada. No le gustaban los juegos, y menos cuando estaba en desventaja. Pero necesitaba respuestas.
—Dime a quién debo matar.
—Un antiguo espíritu que habita en las ruinas del bosque negro. Un devorador de almas. Ha cazado a los míos y ahora nos persigue sin descanso.
Riven no ocultó su escepticismo.
—¿Y por qué debería importarme?
—Porque su maldición crece. Y si no lo detienes ahora, no sólo los míos sufrirán... sino también los tuyos.
La voz de la criatura tenía un tono de advertencia genuina. Riven no creía en profecías ni advertencias vagas, pero si algo sabía es que un monstruo que devoraba almas era una amenaza real.
—Dame detalles. ¿Qué tan fuerte es?
—Más de lo que puedes imaginar. Pero hay una forma de matarlo... y yo puedo decirte cómo.
Riven inspiró hondo. Estaba entrando en un terreno peligroso, pero el cazador en él no podía ignorar una buena presa. Y si con ello obtenía respuestas sobre quién estaba tras él, valía la pena el riesgo.
—Llévame hasta él —ordenó.
La criatura sonrió. No era una sonrisa humana. No era una sonrisa en absoluto.
Editado: 21.03.2025