Adrián nació en el año 2000, en una sala de hospital donde el aire pesaba más que las palabras. Los médicos no ocultaban su preocupación: una operación demasiado arriesgada, una posibilidad alta de que no sobreviviera. Desde el primer aliento, su vida estuvo marcada por la fragilidad y el miedo.
Los años pasaron, pero la sombra no se disipó. En casa, las palabras dolían más que cualquier diagnóstico. “Inútil”, “fracasado”, “no servís para nada”. Su padre, figura dominante y cruel, lo regañaba por todo. En 2007, echó a su madre del hogar y decidió quedarse con él. Lo que parecía una decisión paternal se convirtió en una condena silenciosa. Adrián vivía bajo un régimen de gritos, humillaciones y violencia. Dos veces, su padre lo tomó del cuello con tal fuerza que le dejó marcas moradas, como si quisiera borrar su existencia.
La adolescencia no trajo alivio. En 2012, comenzó diálisis. Día tras día, su cuerpo se conectaba a una máquina que parecía robarle más que sangre: le quitaba tiempo, energía, sueños. En 2015, apareció una deformación en su pierna, producto de una descalcificación. Los médicos decían que era normal, pero él sabía que algo no estaba bien. Sin síntomas visibles, la deformación avanzaba silenciosa. Para frenar el daño, en 2017 comenzó a usar rodilleras y muletas. Cada paso era una batalla.
En 2018, en plena pandemia, Adrián tomó una decisión valiente: escapó de la casa de su padre y se refugió en la de su madre. Pero la historia no terminó ahí. En 2020 volvió, intentando reconstruir algo que ya estaba roto. Finalmente, en 2021, se fue para siempre.
Dos años después, el 25 de junio de 2023, un domingo cualquiera, ocurrió el milagro: recibió un trasplante de riñón. Ese día no solo cambió su salud, cambió su vida. Se acercó a Dios, encontró el amor en una mujer que lo acompañó en su proceso, y comenzó a ver señales de que algo superior lo había sostenido todo ese tiempo.
A los dos años del trasplante, los tumores de la paratiroides se normalizaron sin necesidad de cirugía. Y entonces, como si el cuerpo quisiera revelar un secreto guardado, descubrió que la deformación venía de una esclerosis provocada por un golpe que jamás recordaba. Un misterio más en una vida llena de silencios, sombras y milagros.
Adrián no era solo un sobreviviente. Era prueba viva de que incluso en los caminos más oscuros, la luz puede abrirse paso. Y que más allá del dolor, existe algo más fuerte: la fe, el amor, y el poder de seguir adelante.