El Precio de la Vida

Capítulo 2 – Pedir ayuda no está mal

Lunes 24 de noviembre de 2025. Adrián y Celeste, después de semanas de tensiones matrimoniales, decidieron dar un paso que nunca antes se habían animado a dar: hablar con su pastor. Las diferencias entre ellos se habían vuelto constantes, pequeñas cosas que se acumulaban, gestos que dolían, palabras que herían. Pero ese día, algo cambió.

El pastor los recibió con calidez y firmeza. Les habló de la importancia de unir el matrimonio en Cristo, de acercarse a Dios no solo como individuos, sino como pareja.
—Deben orar juntos —dijo—. Por la mañana y por la noche. No pidan que el otro cambie. Pidan a Dios que les muestre qué deben cambiar ustedes. Lean la Palabra, aunque les cueste. Cuanto más cerca estén de Dios, más bendición habrá en su hogar.

Al principio, todo se sintió extraño. No por la oración en sí, sino porque en tres años de casados nunca lo habían hecho juntos. Era como aprender a caminar de nuevo, pero esta vez tomados de la mano. Ser cristianos no significaba tener una vida perfecta. Las peleas, las discusiones, los roces… todo seguía ahí. Pero algo empezaba a moverse.

La Palabra decía: “Respeten a su marido y a su mujer” (Efesios 5:22-33). Y aunque no todo cambió de inmediato, la mejoría era evidente. De un 15% de felicidad, pasaron a un 45%. La fe comenzaba a sembrar esperanza. Pero como en toda historia real, los milagros no borran las dificultades. Problemas con el Certificado Único de Discapacidad, nuevas discusiones, viejas heridas. La vida seguía siendo difícil. Pero Dios seguía estando.

Adrián sabía que no podía rendirse. Y hoy, querido lector o lectora, si estás atravesando una situación difícil, si sentís que la fe se te escapa o nunca la tuviste, recordá lo que Dios hizo en Adrián. Recordá todo lo que vivió, todo lo que sufrió. Y sobre todo, recordá que nunca bajó los brazos.

Dos días después, Adrián y Celeste lograron un pequeño acuerdo. Reían, compartían momentos, oraban. Pero Adrián sabía que la risa no siempre significa que todo está bien. Lo habló con ella: no se trataba de fingir que todo había pasado, sino de dar tiempo para sanar.

El jueves 27, temprano, coordinaron la segunda llamada con el pastor. Esa noche, se prepararon para la charla.

—¿Cómo están? Dios los bendiga —saludó el pastor.
—Bendiciones, pastor —respondió Celeste—. Estamos bien, gracias a Dios. Quizás no oramos como corresponde, pero estamos bien.
—¿Y vos, Adrián?
—Estamos mejorando. No al cien, pero avanzando.

El pastor hizo una breve oración y comenzó la charla.
—¿Estuvieron leyendo la Palabra juntos? ¿Oraron juntos?
—La verdad que no —admitió Celeste—. No tuvimos tiempo.
—¿Cómo que no tuvieron tiempo? ¿Qué hicieron que no pudieron hacerlo? Adrián…
—Mis dolores de hueso me impiden levantarme a las seis. Lo estoy intentando, pero no logramos orar ni leer.

El pastor los miró con comprensión, pero también con firmeza.
—Todo sacrificio tiene mérito. Cuanto más lo intenten, más fácil será. Si se aman, lo lograrán sin excusas. Adrián, entiendo tus dolores. Vamos a orar para que Dios te fortalezca, para que puedas compartir una palabra por la mañana, orar por tu esposa y pedirle a Dios que la cuide en su día.

La charla terminó con una oración. El pastor les pidió que leyeran el Salmo 1:1 y que lo expresaran con sus propias palabras. Ese salmo habla de los caminos: el que se transita con Dios, y el que se recorre sin Él.

Adrián y Celeste sabían que el camino no sería fácil. Pero también sabían que no estaban solos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.