El Precio de la Vida

Capítulo 3 – Entre dos senderos

La noche del jueves caía pesada, como si el silencio quisiera quedarse a escuchar. Antes de despedirse, el pastor les dejó una tarea sencilla pero profunda:
—Lean el Salmo 1:1. Entiéndanlo. Escríbanlo con sus propias palabras. Luego me darán su resumen.

Adrián y Celeste aceptaron. Más tarde, mientras cenaban, Adrián fue el primero en abrir la Biblia. Sus ojos recorrían las líneas con calma, pero su mente se agitaba. El texto hablaba de dos caminos: el del bien y el del mal. Con cada palabra, él escribía, intentando comprender.

"Dios bendice a quien ama su Palabra y la medita día y noche. El justo florece como árbol junto al río, aunque tarde en crecer, dará fruto y jamás se secará. Pero quien se burla de Él, quien se junta con malas compañías, vivirá en fracaso y vacío."

Celeste lo observaba desde la mesa, indecisa entre dejarse vencer por el sueño o acompañarlo en silencio.

Al día siguiente, Adrián se levantó temprano, a las seis de la mañana. Con esfuerzo, dejó de lado sus dolores y esperó compartir ese momento con su esposa. Pero Celeste nunca se levantó. El reloj avanzaba, y el silencio en la casa se volvía más pesado que cualquier oración. Adrián lloró en silencio, sintiendo que la distancia entre ellos era más grande que el amanecer.

Más tarde cumplió con su medicación y encendió la computadora para grabar sus gameplays. No le importaba si lo veían cero personas o cien; lo que deseaba era crecer en su proyecto. Su mente corría a mil, luchando contra la tristeza que lo acechaba.

Querido lector, querida lectora, no piensen que esto es solo tristeza pasajera. Lo que están leyendo es el comienzo de una batalla invisible, un ataque espiritual que no se ve, pero que se siente en cada fibra del alma.

Celeste, por su parte, compartía en el grupo de esposos su propio resumen del Salmo: “Si hacemos las cosas bien en Dios, seremos bendecidos. Pero si nos rodeamos de burladores, viviremos en fracaso y angustia.”

Esa misma noche, la tensión volvió. Discutieron por dinero. Celeste pedía más organización, más aporte. Adrián, herido, recordaba las humillaciones de su padre y sentía que la historia se repetía. Se encerró en su cuarto, con lágrimas contenidas, preguntándose:
"¿Señor, qué mal hice para merecer esta infelicidad?"

Más tarde buscó refugio en su hermanita Emilia. Jugaron juntos, y Celeste se unió después. Por unas horas, la risa reemplazó la discusión. Pero al final del día, otra vez olvidaron orar juntos. Cada uno lo hizo por separado, sin palabras compartidas.

Y quizás ahora, lector o lectora, te preguntes: ¿acaso Dios nos maldice? Déjame decirte con firmeza: no, Él jamás lo hace. Dios es justo con todos. Pero si elegimos burlarnos de Él, si decidimos caminar lejos de su luz, entonces cavamos nuestra propia tumba.

El sábado trajo nuevas discusiones. Reclamos de un lado, reproches del otro. Adrián pensaba en rendirse, en marcharse sin mirar atrás. Pero una pregunta lo detenía:
"¿De qué valdría tanto esfuerzo? ¿Acaso fueron en vano las charlas con el pastor?"




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