El precio de lo prohibido

CAPITULO 2

Ethan

Siempre supe que mi familia escondía algo.

No sabía qué era.

Pero podía sentirlo.

Desde pequeño había aprendido que en mi casa existían conversaciones que se detenían cuando yo entraba en una habitación, nombres que nadie mencionaba y fotografías que desaparecían de los álbumes familiares.

Había un apellido que provocaba especialmente ese silencio.

Carter.

Cada vez que lo escuchaba, mi padre cambiaba de tema.

Mi madre evitaba mirarme.

Y mi abuelo simplemente decía:

—Hay cosas del pasado que es mejor dejar enterradas.

Nunca entendí por qué.

Hasta aquella tarde.

Estaba en el despacho de mi padre buscando unos documentos cuando encontré una caja vieja detrás de varios libros.

No tenía ninguna etiqueta.

La saqué.

Dentro había fotografías, cartas y documentos antiguos.

Tomé una de las fotografías.

Aparecían dos hombres jóvenes.

Uno de ellos era mi abuelo.

El otro no lo reconocí.

Le di la vuelta.

Había una fecha escrita a mano.

Y debajo, dos apellidos.

Brooks — Carter.

Me quedé mirando la fotografía.

—¿Qué significa esto?

—Déjala.

La voz de mi padre hizo que me girara.

Estaba parado en la puerta.

—¿Quién es él?

Mi padre caminó hacia mí y tomó la fotografía.

—No necesitas saberlo.

—Siempre dices eso.

—Porque es la verdad.

—No. Es lo que me dices para que deje de preguntar.

Mi padre guardó la fotografía dentro de la caja.

—Ethan, algunas cosas pueden destruir una familia si vuelven a salir a la luz.

Lo miré fijamente.

—¿Qué pasó con los Carter?

Mi padre permaneció en silencio.

Ese silencio fue suficiente.

Había algo.

Algo grande.

Algo que llevaba años escondido.

—¿Tiene que ver con Emma Carter?

Mi padre levantó la mirada.

Y por primera vez vi algo diferente en sus ojos.

Preocupación.

—¿Cómo sabes ese nombre?

—La busqué.

Mi padre se acercó.

—No vuelvas a acercarte a ella.

Fruncí el ceño.

—Ni siquiera la conozco.

—Eso no importa.

—Entonces dime por qué.

—Porque eres un Brooks.

La respuesta me dejó confundido.

—¿Y ella?

Mi padre no respondió.

Solo salió del despacho.

Me quedé allí, mirando la puerta.

Aquella noche busqué nuevamente su nombre.

Emma Carter.

Encontré una fotografía.

Era ella.

No parecía una persona peligrosa.

De hecho, parecía completamente ajena al mundo en el que mi familia vivía.

Tenía una expresión tranquila y una mirada que llamó mi atención más de lo que esperaba.

Me quedé unos segundos observándola.

Después cerré la página.

—No voy a acercarme a ella.

Eso fue lo que me dije.

Y lo creí.

Hasta el día siguiente.

Entré a una cafetería cerca de la universidad.

Estaba distraído mirando mi teléfono cuando alguien chocó conmigo.

Unos libros cayeron al suelo.

—Lo siento —dijo una voz.

Me agaché para ayudarla.

Y entonces la vi.

Era ella.

Emma.

La chica de la fotografía.

Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Ella levantó la mirada.

Yo también.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí.

Me entregó uno de mis libros.

Entonces sus ojos bajaron hacia mi identificación.

Ethan Brooks.

Su expresión cambió.

Retrocedió ligeramente.

—Tú eres un Brooks.

La miré sorprendido.

—Sí.

Emma recogió sus cosas rápidamente.

—Tengo que irme.

—Espera.

Pero ya estaba alejándose.

La observé salir de la cafetería.

No entendía por qué había reaccionado así.

Aunque, en el fondo, sabía la respuesta.

Ella también conocía nuestro apellido.

Y probablemente su familia le había contado algo.

Algo que la mía jamás se había atrevido a contarme.

Durante los días siguientes volvimos a encontrarnos.

Al principio fueron encuentros casuales.

Una biblioteca.

Un pasillo de la universidad.

La cafetería.

Pero poco a poco comenzamos a hablar.

Descubrí que Emma no era como había imaginado.

No era fría.

No era arrogante.

No parecía interesada en el dinero de mi familia.

Simplemente quería respuestas.

Una tarde nos sentamos en una banca frente a la universidad.

—¿Tu familia también te prohibió hablar conmigo? —preguntó.

Sonreí ligeramente.

—Algo parecido.

Emma bajó la mirada.

—Entonces estamos en el mismo problema.

—Parece que sí.

Por primera vez ella sonrió.

Y no sé por qué, pero esa sonrisa se quedó conmigo durante el resto del día.

Comenzamos a hablar cada vez más.

De nuestras familias.

De nuestros sueños.

De cosas que nunca habíamos contado a otras personas.

Y cuanto más la conocía, menos sentido tenía la advertencia de mi padre.

Porque Emma no parecía mi enemiga.

Parecía alguien que, igual que yo, estaba intentando descubrir quiénes éramos realmente.

Una tarde me preguntó:

—¿Tú confías en mí?

La miré.

No respondí inmediatamente.

—No debería.

Emma sonrió tristemente.

—Yo tampoco debería confiar en ti.

—Entonces estamos empatados.

Ella soltó una pequeña risa.

Y en ese momento comprendí que algo estaba cambiando.

Ya no buscaba a Emma solamente para descubrir el secreto de nuestras familias.

Quería verla.

Quería hablar con ella.

Quería saber cómo había sido su día.

Y eso me preocupaba.

Porque mi padre había sido muy claro.

No te acerques a Emma Carter.

Pero por primera vez en mi vida, había algo que quería hacer aunque toda mi familia estuviera en contra.



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En el texto hay: romance misterio, thriller mafia

Editado: 19.09.2026

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