El dinero tiene un olor particular.
En esa fiesta, olía a poder... y me pertenecía.
Entré al salón sin prisa, sintiendo las miradas clavarse en mi espalda. Algunas eran de admiración, otras de envidia. Ninguna me importaba.
El poder no se trata de que te amen.
Se trata de que nadie se atreva a interrumpir tu paso.
Había construido mi imperio sobre las ruinas de quienes se atrevieron a subestimarme, y el traje que llevaba puesto no era solo tela cara... era una declaración.
No buscaba amigos.
Buscaba control.
—Esa mujer es el diablo vestido de alta costura —susurró alguien a mi derecha.
—He oído que rechaza todos los contratos —murmuró otra voz.
No reaccioné.
No valían mi tiempo.
Me quedé en el rincón más oscuro del salón, con un vaso de whisky en la mano. Sabía a exceso... y a dinero mal invertido. A mi alrededor, los buitres de la alta sociedad esperaban una oportunidad para acercarse.
No se las di.
Yo no buscaba socios.
Buscaba distracciones.
Y entonces, las puertas se abrieron.
No fue el sonido lo que me hizo girar la cabeza... fue el silencio que lo siguió.
Ella cruzó el umbral como si el mundo le perteneciera.
Sienna Valli.
Había escuchado de ella. Una depredadora con rostro de ángel. La heredera de un imperio en llamas, sosteniéndolo con sangre fría y decisiones que pocos se atreverían a tomar.
Pero los informes no mencionaban su forma de caminar.
Cada paso suyo rozaba la arrogancia. Ignoraba los susurros a su alrededor como si no existieran.
Como si no importaran.
—Es ella, ¿verdad? —murmuró mi asistente—. La que rechazó tu oferta tres veces.
—No la rechazó —respondí sin apartar la mirada de su espalda, donde su vestido negro revelaba la piel pálida de sus hombros—. Solo estaba subiendo su precio.
La observé moverse entre la gente. No sonreía con calidez; repartía cortesía como si fueran sentencias.
Era hermosa, sí.
Pero su belleza no era un adorno.
Era un arma.
Y esa oscuridad en su mirada...
solo la tienen quienes han tenido que enterrar a sus propios enemigos.
Sonreí levemente.
Me interesaba.
No... me fascinaba.
Dejé el vaso a un lado y comencé a caminar hacia ella. La multitud se apartó sin que tuviera que decir una sola palabra.
Como debía ser.
Se detuvo frente al ventanal, observando las luces de la ciudad como si estuviera decidiendo cuál apagar primero.
Me coloqué detrás de ella.
Su perfume me alcanzó: jazmín... y algo más peligroso.
—Dicen que las mujeres como tú no tienen precio, Sienna —dije, dejando que mi voz cayera con calma.
Sus hombros se tensaron apenas.
No miedo.
Preparación.
—Dicen que los hombres como tú no saben aceptar un "no" por respuesta, señor Valli —respondió sin girarse.
Su voz era suave... pero firme.
Interesante.
—El "no" es solo una sugerencia —contesté— para alguien que tiene los medios de cambiar la respuesta.
Entonces se giró.
Nuestros ojos chocaron.
Y por primera vez en mucho tiempo... sentí algo.
No había miedo en ella.
Solo odio.
Puro. Vivo. Desafiante.
Y eso lo hizo aún mejor.
En ese instante lo supe.
No quería su empresa.
No quería sus acciones.
La quería a ella.
—Tu imperio se está hundiendo —dije, acercándome lo suficiente para invadir su espacio—. La deuda que heredaste va a arrastrarte antes de que acabe la noche.
Su expresión no cambió, pero su respiración sí.
—Pero yo puedo borrarlo todo.
Sus dedos se tensaron alrededor de la copa.
—¿Qué quieres? —preguntó—. ¿Mis empresas... o mi alma?
Sonreí apenas.
—Tu alma ya está manchada, igual que la mía.
Hice una pausa.
—Quiero algo más simple.
La miré directamente.
— Seis meses como la señora Valli. Me das lo que necesito... y cuando termine, te devuelvo tu libertad. Y tu imperio.
El silencio entre nosotros se volvió más denso.
—¿estar contigo? —susurró con desprecio—. Prefiero que me entierren viva.
Me incliné ligeramente hacia ella, lo suficiente para que solo ella pudiera escucharme.
—Entonces empieza a elegir tu tumba.
Me enderecé con calma.
—Tienes hasta la medianoche.
Di un paso atrás, sin dejar de mirarla.
—Mañana puedes despertar como mi esposa...
o sin nada.
Me giré y comencé a alejarme.
--si sabes donde queda la salida,no queras hacer un expectaculo
Señale a mi personal.
No necesitaba mirar atrás para saber que sus ojos seguían sobre mí.
Sabía que aceptaría.
Porque las personas como ella no huyen del infierno.
Lo gobiernan.
Y yo estaba listo para construir uno a su lado.
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Editado: 29.04.2026