El Precio De Odiarte.

Capitulo 2: la cuenta regresiva

El reloj marcaba las once y doce.

Sienna no se había movido.

Seguía frente al ventanal, con la espalda recta, observando la ciudad que había jurado dominar... y que ahora amenazaba con tragársela entera. Desde esa altura, las luces parecían pequeñas, frágiles. Ya no eran símbolos de poder. Eran advertencias.

—Señorita Smith —la voz de su asistente tembló apenas—. Está confirmado. Si no cubrimos la deuda antes del amanecer, congelarán todas las cuentas.

Sienna no respondió.

Su reflejo en el cristal la miraba de vuelta, intacto por fuera... pero resquebrándose por dentro.

—Y no es todo —continuó él, con más tensión—. Dos de sus principales inversores se retiraron hace diez minutos. Otros están considerando hacer lo mismo.

El silencio se volvió pesado.

Sienna cerró los ojos.

Ahí estaba.

El golpe real.

No era solo una deuda.

Era el inicio de una caída imposible de detener.

—¿Quién los compró? —preguntó finalmente.

El asistente dudó apenas un segundo.

—Valli Holdings.

Una risa baja escapó de sus labios. No fue sorpresa. Fue confirmación.

—Claro...

Elias no solo la había acorralado.

Había planeado cada movimiento.

Había esperado el momento exacto para atacar.

Sienna apretó los dedos lentamente, sintiendo cómo sus uñas marcaban su piel. Ese leve dolor la anclaba, le recordaba que aún tenía control... aunque fuera sobre sí misma.

Odiaba perder.

Pero odiaba más sentirse débil.

—¿Cuánto tiempo tenemos realmente?

—Horas —respondió él—. Tal vez menos. Cada minuto empeora todo.

Sienna asintió apenas.

Eso era todo lo que necesitaba saber.

Dejó la copa sobre la mesa.

El sonido fue seco. Final.

—Prepara el contrato.

—Señorita... aún podríamos intentar negociar con otros inversores, buscar una alternativa—

—No.

Giró la cabeza lentamente.

Sus ojos eran fríos. Decididos.

—Hazlo.

No iba a huir.

Nunca lo había hecho.

Si tenía que caer...
lo haría bajo sus propias reglas.

Aunque eso significara entrar directamente en la trampa de Elias.

Elias estaba de pie junto al escritorio cuando la puerta se abrió.

No levantó la mirada de inmediato.

No tenía prisa.

Sabía que ella vendría.

Siempre lo hacen, pensó.

—Pensé que tardarías más —dijo finalmente.

Sienna entró sin dudar.

—No te acostumbres —respondió—. Esto no es una rendición.

Elias alzó la vista.

Y sonrió apenas.

—Me decepcionas.

Sienna se detuvo.

—¿Perdón?

Él dio un paso hacia ella, acortando la distancia con una calma peligrosa.

—Esperaba más resistencia.

—No estoy aquí para entretenerte.

—No —respondió él—. Estás aquí porque no tienes otra opción.

El aire se tensó.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos como una verdad imposible de ignorar.

Sienna dejó el documento sobre el escritorio.

—Quiero condiciones claras. No interfieres en mis negocios, no controlas mis decisiones fuera del acuerdo y esto termina en seis meses.

Elias no miró el documento de inmediato.

Eso la irritó.

—Crees que puedes negociar desde esa posición —dijo finalmente.

—No lo creo —respondió ella—. Lo sé.

Una chispa cruzó la mirada de él.

Interés.

Elias tomó el documento y lo revisó con una lentitud calculada.

—Has perdido inversores —dijo sin levantar la vista—. Tus cuentas están a punto de congelarse. Y en unas horas... tu apellido no significará nada.

Levantó la mirada.

—Dime, Sienna... ¿qué crees que estás negociando realmente?

El golpe fue directo.

Pero ella no retrocedió.

No lo haría.

—Mi tiempo —respondió—. Y mi nombre.

Una pausa.

—Y tú lo necesitas.

Elias la observó en silencio.

Había verdad en eso.

Se acercó lentamente, reduciendo el espacio entre ambos hasta que la tensión se volvió casi tangible.

—Te necesito —admitió—. Pero tú me necesitas más.

El pulso de Sienna se aceleró, aunque su expresión no cambió.

Elias dejó la pluma sobre la mesa.

Entre ambos.

Como una sentencia.

—Seis meses —dijo—. Tú mantienes tu imperio. Yo obtengo lo que quiero.

Se inclinó apenas.

—Y cuando termine... desapareces de mi vida.

Sienna sostuvo su mirada.

—Eso suena perfecto.

Mentían.

Los dos.

El reloj marcó las once y cuarenta y ocho.

El sonido era más fuerte ahora.

Más urgente.

Sienna extendió la mano.

Se detuvo antes de tocar la pluma.

Su mente gritaba que no.

Su orgullo exigía resistir.

Pero la realidad... no le daba otra salida.

Si no firmaba, lo perdería todo.

Si firmaba... se perdería a sí misma.

—Esto no es una victoria —murmuró.

Elias se inclinó hacia ella, lo suficiente para que solo ella pudiera escucharle.

—No —susurró—. Es el comienzo.

Sus dedos rozaron la pluma.

Y por un instante...

todo quedó en silencio.

El mundo pareció detenerse entre esa decisión y sus consecuencias.

El tiempo dejó de importar.

Solo existía ese momento.

Esa elección.

Y Sienna entendió algo con una claridad brutal:

no estaba eligiendo entre ganar o perder...

estaba eligiendo cómo quería caer.

Y esa diferencia... lo cambiaba todo.




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