El Precio De Odiarte.

Capitulo 4: Los limites que se rompen

Al día siguiente, la mañana llegó sin suavidad.
Sienna abrió los ojos lentamente, sintiendo por un segundo esa confusión incómoda de no reconocer el lugar donde estaba. El techo era distinto, las paredes demasiado limpias, demasiado ordenadas… demasiado ajenas. Entonces lo recordó todo: el contrato, la firma, la decisión que no tenía vuelta atrás… la que no tenía cómo zafarse.
Se incorporó despacio, pasando una mano por su cabello mientras exhalaba con calma, intentando recuperar el control antes de que alguien más lo hiciera por ella.
—Bonita forma de empezar el día… —murmuró, más para sí misma que para alguien más.
—He visto peores lugares que este.
La voz de Elías hizo que girara la cabeza de inmediato. Estaba apoyado en el marco de la puerta, completamente vestido, impecable como siempre, como si no hubiera dormido en toda la noche… o como si simplemente no lo necesitara.
Sienna lo observó en silencio unos segundos antes de levantarse por completo.
—Espero que no esperes que esto se vuelva cómodo —dijo ella, caminando por la habitación sin mirarlo directamente.
—No me interesa que sea cómodo o no —respondió él con calma—. Me interesa que funcione… perfectamente.
Eso la hizo sonreír, como si los dos se entendieran más de lo que deberían.
—Claro… todo contigo es funcional, ¿no?
—Es todo lo que importa.
Sienna soltó una pequeña risa sin humor y finalmente lo miró.
—Esperaba algo más exagerado… para alguien como tú. Algo acorde a tu “calibre”.
Elías negó apenas la cabeza, sonriendo con una calma que rozaba la provocación.
—No me gustan los lujos innecesarios…
—Pero sí destruir imperios enteros… saborear su derrota —respondió ella con frialdad—. Interesante equilibrio el que manejas.
Elías no reaccionó, pero sus ojos se fijaron en ella con demasiada atención.
—Ven… sígueme —dijo finalmente.
No fue una invitación, pero tampoco una orden. Sienna lo notó… y aun así decidió seguirlo.
El lugar era amplio, elegante, pero no lujoso. Todo estaba perfectamente calculado, cada detalle elegido con precisión, sin exceso, sin ruido. Demasiado control.
—Esto no es una casa… —murmuró ella mientras avanzaban—. Es una estrategia.
Elías caminó sin detenerse.
—Todo lo que ves lo es.
Llegaron a una sala amplia. Y ahí estaban.
Dos hombres sentados, tensos, incómodos, esperando algo que claramente no querían enfrentar. Sienna los reconoció al instante: los mismos que la habían abandonado.
—Vaya… —dijo en voz baja, cruzándose de brazos—. Esto sí es interesante.
Elías no habló, solo la miró, con una atención casi curiosa. Esperando, como siempre, que ella hiciera el movimiento primero.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—Eso dependerá de ti —respondió él, acercándose lo suficiente para que su voz bajara apenas.
Sienna giró la cabeza lentamente hacia él. Entendió. Esto no era casualidad, era una prueba, un juego de poder… y ella no iba a retroceder.
Se acercó un paso hacia los hombres. Ellos se levantaron de inmediato.
—Señorita Smith, cuánto tiempo… podemos explicarlo—
—No —los interrumpió ella con voz firme—. No pueden. Y no hace falta.
El silencio cayó como un golpe.
—Tomaron una decisión —continuó, sin apartar la mirada—. Ahora yo tomo la mía.
Uno de ellos intentó acercarse.
—Fue negocio, nada personal—
Sienna sonrió apenas.
—Eso lo hace aún peor.
Giró ligeramente hacia Elías.
—Despídelos.
Elías no se movió.
—Hazlo tú.
Eso la tensó, pero solo un segundo. Luego… sonrió.
—Perfecto.
Volvió a mirar a los hombres, esta vez sin ningún rastro de duda.
—Están fuera —dijo—. Sin acuerdos, sin retorno… y sin mi nombre cerca de sus decisiones otra vez.
—No puedes hacer eso… ¿quién te da el poder?—
—Ya lo hice —respondió ella—. Y el poder me lo doy yo.
Elías levantó la mano ligeramente.
—Ya lo escucharon.
La seguridad entró sin hacer ruido y los sacaron.
—Esto no se quedará así, señor Valli… recuérdenos bien—
La puerta se cerró. Sienna no se movió, no dudó, no miró atrás. El silencio volvió a llenar el espacio.
—Aprendes rápido… aunque tus decisiones tengan consecuencias —dijo Elías.
—No aprendo —respondió ella—. Solo actúo.
Esa respuesta le gustó. Se notó. La miró como si estuviera viendo un reflejo de sí mismo.
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A la mañana siguiente, el olor fue lo primero que la despertó.
Sienna levantó una ceja mientras salía de la habitación, siguiendo ese aroma inesperado hasta la cocina… y se detuvo en seco.
Elías estaba ahí.
Cocinando.
Como si todo fuera normal.
—¿Qué haces? —preguntó, claramente confundida.
—El desayuno —respondió él sin mirarla.
—Eso no te corresponde…
—¿Y a ti sí?
Sienna cruzó los brazos, apoyándose ligeramente en el marco.
—No estoy aquí para esto.
Elías dejó lo que estaba haciendo y finalmente se giró hacia ella.
—No estás aquí por elección —dijo con calma—. Estás aquí porque firmaste mi contrato.
Eso cambió el ambiente. Se volvió más denso, más peligroso.
Sienna se acercó a él. Un paso. Luego otro.
—No significa que puedas controlarlo todo.
Elías no retrocedió.
—Significa exactamente lo que estoy haciendo.
El silencio se tensó. El aire se volvió pesado.
Sienna quedó frente a él, lo suficientemente cerca para sentir su respiración.
—No vas a controlarme como un objeto —susurró.
Elías giró la cabeza hacia ella.
—Ya lo estoy haciendo.
Eso fue suficiente.
Sienna lo tomó del cuello y lo besó. Sin aviso, sin suavidad, sin permiso. Fue un desafío, una declaración de guerra, un “no voy a perder”.
Elías no se apartó. Aceptó el desafío… pero no cedió.
Cuando se separaron, Sienna lo miró fijamente.
—Esto no te hace dueño de absolutamente nada… solo eres otro más detrás de muchos —susurró—. Y eso no es nada bueno señor Valli.
Elías sostuvo su mirada unos segundos y sonrió apenas.
—No… pero ten en cuenta algo… yo no soy “otro más”.
Sienna dio un paso atrás.
—No tanto como crees.
—Ya lo veremos.
El aire quedó cargado, pesado, lleno de algo que ninguno quería nombrar.
El juego ya no era una amenaza.
Era una guerra.
Y apenas estaba comenzando.




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