La torre V&V en Catalinas era de vidrio y acero. El imperio Vega & Vantage. El que su padre y su esposo habían construido el día que ella dijo "sí, acepto" en el altar.
Las puertas giratorias se abrieron.
Jonathan Vega entró primero. Como siempre. Paso firme, traje impecable, celular pegado a la oreja.
—Decile a Londres que no. El precio es ese o no hay deal. No me importa si es BlackRock — decía, sin detenerse.
Inmediatamente, dos secretarias aparecieron casi corriendo.
—Buen día, Sr. Vega — dijo la primera, una chica de veinticinco con traje sastre—. Acá tiene la carpeta con los puntos clave para la reunión de las diez. El Sr. Salas ya está arriba.
—Gracias, Camila — Jonathan la tomó sin mirarla, sin cortar la llamada.
La segunda secretaria, más grande, le extendió un vaso térmico negro.
—Su café, Sr. Vega. Como siempre. Doble espresso, sin azúcar, a 75 grados.
Jonathan lo agarró al vuelo. Siguió caminando.
Clara lo seguía a su lado. A medio paso atrás.
Nadie le alcanzó ninguna carpeta.
Nadie le trajo su café.
Ella también tenía su café de todas las mañanas. Té de jazmín, con una rodaja de limón. Lo tomaba desde que tenía diecinueve años. Todos en esa empresa lo sabían, porque había sido la hija del dueño antes de ser la esposa del dueño.
Pero ese día, como todos los días, parecía que nadie la veía.
Los empleados la saludaban con un "Buen día, Sra. Vega" rápido, por compromiso, y enseguida volvían a mirar a Jonathan. Era como si ella fuera una sombra bien vestida que acompañaba al CEO.
Ni siquiera su esposo la miró. Siguió hablando por teléfono, marcando el ritmo, abriendo puertas que otros le abrían.
Clara caminaba sin expresión. Ya se había acostumbrado. Había aprendido a caminar así, sin esperar nada, para no dolerse.
Llegaron a los ascensores privados. El de directorio.
Jonathan por fin cortó la llamada. Apretó el botón. Se miró en el espejo del ascensor y se acomodó la corbata.
—¿Estás bien? Estás pálida — le dijo, sin mirarla realmente. Mirando su propio reflejo.
—Sí — mintió Clara.
Las puertas se abrieron en el piso 42.
Martín Salas, el director financiero, los esperaba nervioso.
—Jonathan, gracias a Dios. Llegó hace cinco minutos. Está en la sala de directorio. Quiso esperar ahí. Dice que no necesita nada.
—Perfecto — Jonathan sonrió, esa sonrisa encantadora para negocios —. Vamos, amor. Te presento a nuestro nuevo socio. Nos va a llevar a cotizar en Nueva York.
Le puso una mano en la espalda. Por primera vez en el día la tocó. Un gesto de propiedad, no de cariño. La empujó suavemente hacia la puerta de roble de la sala de directorio.
Clara respiró hondo. Puso su cara de Sra. Vega.
Jonathan abrió la puerta.
—Buen día. Perdón por la demora. Te presento a mi esposa, Clara Vantage de Vega.
Y Clara levantó la vista.
Y el mundo se detuvo.
De pie, frente al ventanal que daba a todo Buenos Aires, de traje oscuro, con el pelo plateado y las manos en los bolsillos, estaba él.
Alexander su gran y único amor