Buenas tardes, señora
Ambos se miraron y por solo un segundo pareció que el tiempo se detenía.
No fueron más de dos segundos, pero para Clara fueron quince años de golpe.
Los ojos de él. Los mismos. Pero ya no eran los ojos del chico que la esperaba bajo la lluvia con una campera prestada. Ahora eran ojos de acero. Fríos. De un hombre que había aprendido a no esperar a nadie.
Jonathan no notó nada. Estaba demasiado ocupado siendo Jonathan Vega.
—Alexander, por fin. ¡Bienvenido a V&V! — dijo, y caminó hasta él con la mano extendida, con esa calidez que usaba para cerrar negocios millonarios.
Alexander caminó hasta ellos. Lento. Seguro. Cada paso medido.
Tomó la mano de Jonathan y lo saludó. Firme. Dos empresarios. Dos iguales.
—Un placer, Jonathan. Gracias por recibirme. Sé que esta fusión va a ser histórica.
Su voz. Dios. Su voz era más grave. Más rota.
Y luego se giró hacia ella.
Hizo lo mismo con Clara.
Clara no podía respirar.
Alexander le extendió la mano. Como si fuera una desconocida. Como si fuera una señora más en una reunión más.
Clara tomó su mano.
Él la apretó.
No fue un apretón de saludo. Fue un segundo de más. Fue fuerte. Fue todo lo que no podía decir.
A Clara se le cayó el mundo entero ahí. En ese apretón.
Era él. Alexander. Su novio tan amado. El dueño de sus sueños. El chico por el que se había escapado de su casa a los veinte años para ir a comer panchos en Costanera y que le había prometido que un día le iba a comprar el mundo.
Ella había sido tan feliz a su lado. Tan libre. Tan Clara.
Hasta que su padre le cortó las alas.
Esa noche, hacía quince años, su padre no solo la había encerrado en el sótano. Había bajado a la puerta de su casa, donde Alexander la esperaba ,empapado por la lluvia.
Y le había dicho, con la voz del dueño de Vantage:
—Mi hija nunca te amó, pibe. Se fue. Se fue con Jonathan Vega a probarse el vestido de novia. ¿De verdad creíste que una Vantage iba a estar con un pobre tipo como vos?
Tomá, le había tirado unos billetes al piso.
Para la vuelta .
Alexander nunca supo que Clara estuvo esa noche gritando desde el bodegón del subsuelo suplicando a su padre la deje ir .
Él se fue esa noche creyendo que Clara lo había dejado por dinero. Que lo había cambiado por un apellido.
Su padre le abrí con la promesa de no volver a verlo y que se iba a casar con los Vega. Ella entre llanto y dolor acepto .
Pero no se rindió tan fácil lo busco , quería explicar pero el ya se había marchado lejos y nunca más supo de él. Hasta esta mañana ...
—Buenas tardes, señora Vega... — dijo Alexander, soltándole la mano como si quemara.
Señora Vega.
En su mirada no había amor. Había quince años de rencor.
Jonathan sonreía orgulloso, sin entender nada.
—¿Viste, amor? Al fin conocemos a Alexander Stone. El CEO de Stone Global. Viene de comprar media Patagonia.
Y ahora había vuelto para comprar la empresa que lo había humillado. Y para mirar a los ojos a la mujer que, según él, lo vendió por un apellido.
Quince minutos más tarde
—Disculpame, Alexander, ¿me das dos minutos? — Jonathan miró su celular que no paraba de vibrar —. Es Londres. Si no atiendo ahora nos bajan la oferta de la torre. Amor, atendelo vos, por favor. Mostrale los números de la Patagonia. Enseguida vuelvo.
Y se fue.
Cerró la puerta de roble de la sala de directorio.
Y los dejó solos.
Por primera vez en quince años.
El silencio en esa sala de 100 metros cuadrados era distinto al de su casa. No era ausencia. Era todo lo que no se habían dicho.
Clara estaba pegada a la puerta, con la mano todavía caliente por el apretón. Temblaba.
Alexander no la miró. Se dio vuelta hacia el ventanal, dándole la espalda. Las manos en los bolsillos. Ese traje carísimo que no le pertenecía a su Alexander, le pertenecía a Stone.
—Así que señora Vega — dijo él, sin girarse. Su voz ya no era fría. Era hielo —. Te queda bien el apellido. Te queda bien todo esto.
Clara no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de quince años.
—Alex... — susurró.
Él se giró. De golpe.
Y ahí estaba. El Alexander de antes. Con los ojos rojos.
—¿Alex qué? ¿Tu Alex? — caminó hacia ella, lento, acorralándola contra la puerta
Alexander se detuvo a un centímetro de ella , cara a cara . Podía oler su perfume. El mismo de antes, jazmín. El que usaba cuando no tenía un peso para perfume caro.
—. Ese se murió hace quince años, Clara. Esa noche que tu papá me tiró plata en la cara y me dijo que te habías ido a probarte el vestido con tu Vega. Se notaba en su tono el dolor y el odio que llevaba años contenido
Clara se tapó la boca. Se ahogaba.
—Yo te amaba — dijo él, y por un segundo se le quebró la voz del CEO de Stone Global y volvió el pibe de veinte —. Te amaba más que a mi vida.y vos te reíste de mí.
La puerta se abrió.
Jonathan entró riéndose, con el celular en la mano.
—¡Listo! Cerrado lo de Londres. ¿Vieron? Les dije que dos minutos. ¿Ya se conocen? ¿Ya hablaron de la Patagonia?
Clara se limpió rápido las lágrimas. Se alejó un paso de Alexander como si hubiera tocado fuego.
Alexander, en un segundo, volvió a ser Stone. Sonrisa perfecta. Vacía.
—Sí — dijo, mirando a Jonathan pero hablando para Clara —. Tu esposa me estaba contando lo feliz que es acá en V&V.
Jonathan le pasó el brazo por la cintura a Clara y la apretó contra él. Orgulloso. Dueño.
—Es que esta empresa es su casa. Literal. ¿No, amor?
Clara miró a Alexander. Y Alexander la miró a ella.
Y en ese abrazo de su esposo, frente al hombre que amaba, Clara entendió por primera vez en quince años por qué nunca nadie le llevaba el café en esa empresa.
Porque nunca había sido su casa.
Alexander los miró a ambos, a Jonathan y a Clara.