El Precio De Olvidarte

La caja

Se levantó de la silla y se fue a su casa.

No se despidió de nadie. No avisó.

Igual ahí nadie la iba a necesitar. En V&V Capital nadie notaba si Clara Vega estaba o no estaba. Su silla siempre quedaba vacía.

Tomó el ascensor privado sola. Cruzó el lobby sola. Se subió a la limousine sola y le dijo al chofer:

—A casa, por favor.

En su casa fue directo a su habitación. No pasó por la cocina. No saludó a nadie.

Se encerró.

Fue directo al vestidor. Al fondo. Donde estaban las carteras que ya no usaba, las cajas de zapatos viejas. Buscó una caja pequeña. De madera. Sin marca. La única caja en ese vestidor que no era de Hermès o de Chanel.

La abrió.

Y ahí estaba su vida real.

Había una foto de los dos. Clara y Alexander jóvenes, de esas largas que te sacan en la máquina de los parques de diversiones. Tira de cuatro fotos.

En la primera estaban serios.

En la segunda se reían.

En la tercera él la besaba en el cachete y ella ponía los ojos en blanco.

En la cuarta se besaban, movidos, borrosos, como si el fotógrafo les hubiera dicho "ya no se muevan más".

Cada foto tomaba movimiento. Era el recuerdo de una vida perfecta. De una tarde que no costó nada y valió todo.

Lloró al recordar cada escena de esas fotos.

Siguió revolviendo.

Sacó un par de boletos de cine. De una película clásica de esas de domingo a la tarde. El papel ya amarillo, casi borrado. Los había guardado porque fue la primera vez que él le agarró la mano en el cine.

Una flor seca. Arrancada de una casa en San Isidro. Él se la había robado de un jardín porque ella dijo que era linda. Una flor común, de esas que ahora su jardinero sacaba como maleza.

No tenía más nada de él. No le habían dejado tener más nada.

Pero esa caja era su tesoro. Bien escondida. Su único lugar donde todavía era Clara, no la señora Vega.

Se sentó en el suelo del vestidor, con la caja en la falda, con la tira de fotos en la mano, y lloró como no lloraba desde los veinte años.

Abajo, en la cocina, la empleada escuchó un ruido y subió.

—Sra. Vega, ¿está bien? ¿Le pasó algo al Sr. Vega?

Clara se limpió las lágrimas rápido. Guardó todo.

—No — dijo, con la voz rota —. No me pasó nada.

Porque claro. Si ella lloraba, todos pensaban que era por Jonathan.

Nadie sabía que ella lloraba por Alexander.

La mucama golpeó suave la puerta del vestidor.

—Sra. Vega — dijo, asomando la cabeza —. Recuerde que esta noche es la cena con los Alvarado. Ya está todo listo. ¿Quiere darle el visto bueno a todo?

Clara la miró. Aún estaba perdida en sus pensamientos, con la caja de madera todavía abierta en el suelo.

—No — dijo, con la voz baja —. No siempre está todo perfecto. Gracias. Así está bien.

La mucama la miró raro. En esa casa todo tenía que tener el visto bueno. Era la regla.

—Bien — dijo la mucama, y se retiró, sin entender.

Clara se quedó un rato más en el suelo. Guardó la tira de fotos. Los boletos. La flor seca. Cerró su tesoro. Lo volvió a esconder donde nadie lo encontraba.

Se levantó.

....

Llegó la noche y ella se preparó. Bien vestida, peinada y maquillada. Como muñeca de escaparate.

Un vestido negro largo de Valentino que Jonathan había elegido. Pelo suelto con ondas perfectas. Maquillaje que tapaba que había llorado toda la tarde.

Se miró antes de bajar, en el espejo del vestidor.

Tomó un respiro.

—Vamos, Clara. Solo es una noche más — se dijo a sí misma.

Y bajó.

Jonathan ya estaba en el sillón del living principal, bebiendo un whisky, con el celular en la otra mano, como siempre.

—Estás hermosa — le dijo, sin levantar la vista del celular —. Esta noche necesito que estés simpática. Los Alvarado pueden meterse en la torre.

Clara no contestó. Se sentó frente a él, con las manos cruzadas.

Minutos después sonó el timbre. Los Alvarado llegaron.

Ambos lo recibieron en la entrada.

—Juana, Roberto, ¡bienvenidos! — Jonathan, encantador, besos, abrazos.

Se saludaron y fueron al salón principal.

Juana Alvarado y Clara eran amigas. Iban a tomar el té o a cenas benéficas juntas. Era la única amiga que le quedaba que no le tenía envidia. Roberto Alvarado era el amigo de la infancia de Jonathan. Siempre se juntaban a beber, cenas de negocios, partidos de polo... etc.

Charlaban ambos, whisky, risas.

Y la mucama los invitó a pasar al comedor. La cena estaba lista.

En ese momento sonó nuevamente el timbre.

Clara frunció el ceño.

—¿A quién más esperamos? — dijo.

Jonathan la miró, y por primera vez en el día, sonrió de verdad. Una sonrisa de negocios.

—Me olvidé de avisarte — dijo, tomando un sorbo de whisky —. El Sr. Stone va a venir. Lo invité. ¿Qué mejor que una cena informal para cerrar un deal de 200 millones?




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