El Precio De Olvidarte

La cena

Llegó la noche y ella se preparó. Bien vestida, peinada y maquillada. Como muñeca de escaparate.

Un vestido negro largo de Valentino que Jonathan había elegido. Pelo suelto con ondas perfectas. Maquillaje que tapaba que había llorado toda la tarde.

Se miró antes de bajar, en el espejo del vestidor.

Tomó un respiro.

—Vamos, Clara. Solo es una noche más — se dijo a sí misma.

Y bajó.

Jonathan ya estaba en el sillón del living principal, bebiendo un whisky, con el celular en la otra mano, como siempre.

—Estás hermosa — le dijo, sin levantar la vista del celular —. Esta noche necesito que estés simpática. Los Alvarado pueden meterse en la torre.

Clara no contestó. Se sentó frente a él, con las manos cruzadas.

Minutos después sonó el timbre. Los Alvarado llegaron.

Ambos lo recibieron en la entrada.

—Juana, Roberto, ¡bienvenidos! — Jonathan, encantador, besos, abrazos.

Se saludaron y fueron al salón principal.

Juana Alvarado y Clara eran amigas. Iban a tomar el té o a cenas benéficas juntas. Era la única amiga que le quedaba que no le tenía envidia. Roberto Alvarado era el amigo de la infancia de Jonathan. Siempre se juntaban a beber, cenas de negocios, partidos de polo... etc.

Charlaban ambos, whisky, risas.

Y la mucama los invitó a pasar al comedor. La cena estaba lista.

En ese momento sonó nuevamente el timbre.

Clara frunció el ceño.

—¿A quién más esperamos? — dijo.

Jonathan la miró, y por primera vez en el día, sonrió de verdad. Una sonrisa de negocios.

—Me olvidé de avisarte — dijo, tomando un sorbo de whisky —. El Sr. Stone va a venir. Lo invité. ¿Qué mejor que una cena informal para cerrar un deal de 200 millones?

Clara nuevamente le temblaron las piernas.

Juana, que la conocía desde antes de ser la señora Vega, percibió algo raro al instante. Le apretó el brazo por debajo de la mesa y le preguntó al oído:

—¿Todo bien?

—Sí — le respondió Clara, mintiendo otra vez. Ya era experta en eso.

Y por la entrada cruzó Alexander.

Todo sucedió en cámara lenta.

Alexander pasó por la puerta. Estaba tan sexy... Traje oscuro perfecto, camisa blanca sin corbata, peinado perfecto, con ese plateado en las sienes que no tenía a los veinte.

Saludando a Jonathan y a Roberto Alvarado con ese apretón de CEO. Risas de hombres.

Giró su cabeza y vio a Clara.

Se acercó.

Extendió su mano.

—Sra. Vega, un placer nuevamente — dijo, con voz formal, fría, como si no la hubiera visto llorar esa mañana en la sala de directorio.

Clara le dio la mano. Helada.

Saludó también a Juana.

—Un placer, Sra. Alvarado.

Y como sin más, se fue con los hombres a la sala. Como si las mujeres fueran parte de la decoración.

La mucama le ofreció una bebida. Alexander escogió vino tinto. Bueno. De la cava de Jonathan, por supuesto.

Pasaron al comedor los cinco.

La mesa larga de doce puestos, ocupada por cinco personas que no querían estar ahí de la misma manera.

Jonathan en una punta, como el rey. Clara a su lado derecho, como la reina que nadie mira.

En la otra punta, lo más lejos posible de ella, se sentó Alexander. Frente a frente. Para que cada vez que levantara la vista, se tuvieran que ver.

Juana y Roberto en el medio, sin entender la tensión que cortaba el aire.

Jonathan empezó a hablar de la torre, de la expansión y de los planes para llegar a Nueva York.

Alexander respondía con profesionalismo. Impecable. Seguro.

La conversación avanzaba entre cifras, inversiones y proyectos, hasta que Jonathan levantó su copa de vino y miró a su esposa con una sonrisa.

—Clara siempre fue una mujer muy inteligente —comentó—. Aunque, cuando era más joven, tenía ciertas debilidades.

Clara dejó los cubiertos sobre el plato.

No le gustó el tono de su marido.

Alexander levantó la mirada.

—¿Debilidades? —preguntó, con una sonrisa apenas perceptible.

Jonathan soltó una carcajada.

—El amor, por ejemplo. A esa edad, algunas mujeres creen que pueden vivir de promesas. Por suerte, Clara entendió a tiempo que el amor no paga las cuentas.

Clara sintió que la sangre se le helaba.

Frente a ella, Alexander dejó la copa sobre la mesa.

—¿Eso creés, Clara? ¿Que el amor no paga las cuentas?

Ella abrió los labios, pero no consiguió responder.

Durante un instante, volvió a tener diecisiete años. Volvió a sentir la lluvia, la desesperación de no poder salir de aquel sótano y el miedo de perder al único hombre al que había amado de verdad.

Pero Alexander no conocía esa parte de la historia.

Para él, aquellas palabras solo confirmaban lo que llevaba quince años creyendo.

Jonathan se rio, ajeno a la tensión que acababa de provocar.

—¡Por supuesto! Por eso se casó conmigo.

Alexander volvió a levantar su copa.

—Qué suerte tuviste, Jonathan.

Pero no estaba mirando a Jonathan.

Miraba a Clara.

Y ella comprendió que, una vez más, el silencio estaba haciendo el trabajo de las mentiras.

Juana observó a su amiga con el ceño ligeramente fruncido. Había algo en su expresión que no encajaba con aquella conversación, pero decidió no intervenir.

Jonathan, satisfecho, continuó hablando de los negocios.

Como si no acabara de abrir una herida que nunca había terminado de cicatrizar.

La cena terminó.

O eso pareció para Jonathan, para Roberto y para Juana. Negocios, viajes, la nueva casa de los Alvarado en Punta del Este. Risas educadas. Vino caro.

Para Clara y Alexander, la cena no transcurrió. Fue una tortura de una hora y media mirándose sin mirarse.

Al terminar, pasaron al salón. Las mujeres adelante, los hombres atrás hablando del postre y del whisky.

Alexander, que venía detrás de todos, pasó por al lado de Clara lentamente.

Muy lentamente.




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