El Precio De Olvidarte

La Firma

Los días pasaron y Clara no podía dejar de pensar en Alexander.

En el jazmín. En el roce del meñique. En la puerta.

Se había prohibido abrir la caja de madera de nuevo. La había escondido más al fondo todavía. Como si eso sirviera de algo.

Llegó el día de la firma de contratos y ella tenía que asistir y verlo de nuevo.

Su cabeza y su corazón estaban divididos.

Por un lado moría por verlo nuevamente y decirle todo en la cara. Gritarle por qué se había ido. Por qué la había dejado sin nada. Por qué quince años después volvía como si nada, con traje caro y abogados.

Por el otro sentía que era una tortura para su corazón que con cada mirada se retorcía del dolor. Cada vez que lo veía, volvía a tener veinte años y a perderlo todo otra vez.

Pero debía ir a la firma. No podía escapar de ello. Era V&V Capital. Era su apellido, aunque no fuera suyo.

Así que salió con su esposo. Ambos en limousine, cada uno mirando por una ventana distinta. Llegaron al edificio de Stone Global esta vez. Todo vidrio y acero. Frío. Como él.

La secretaria de él les anunció que el Sr. Alexander Stone no había llegado aún, pero que había preparado la sala con todo ya.

Así que ambos fueron. La sala era enorme. Más grande que la de V&V. Con vista a todo Puerto Madero.

Todo estaba listo. Los papeles. Las lapiceras de oro. Las aguas. Los cafés.

Menos Clara, que tenía las manos sudadas y temblorosas. Se las secaba disimuladamente en la falda del vestido. Un vestido crema que se había puesto para parecer tranquila.

Cuando llegó Alexander lo hizo con una gran comitiva de 3 abogados, una asistente personal y 2 guardaespaldas atrás.

No era un hombre. Era un ejército.

Entró, pidió disculpas por la demora con esa voz que a Clara le hacía doler el pecho, y se sentó.

No la miró.

Ni una vez.

Como si en esa sala ella tampoco existiera.

Y Clara entendió que la firma de ese contrato iba a ser la cosa más larga de su vida.

Ella mantuvo la vista baja. Le dolía que él ni la mirara.

Era peor que si la hubiera mirado con odio. La indiferencia dolía más. Era como si no existiera. Como si nunca hubiera existido.

Alexander leyó los contratos. Página por página. Sin apuro. Con esa calma que solo tienen los hombres que saben que tienen todo el tiempo del mundo.

Jonathan los suyos y los abogados de ambos lados discutían cláusulas, porcentajes, plazos.

Clara miraba por el ventanal. El río. Los barcos. Cualquier cosa menos la mesa.

Luego de un rato se firmó.

Se pasaron las carpetas. El ruido seco del papel caro. Las dos lapiceras de oro firmando al mismo tiempo.

Y Jonathan le dio la bienvenida a V&V Company oficialmente. Se paró, le extendió la mano a Alexander.

—Bienvenido a casa, Stone.

Alexander sonrió. Una sonrisa lenta, amplia.

Parecía disfrutar cada segundo de mi miseria.

Clara lo vio. Esa sonrisa no era para Jonathan. Era para ella. Era un: mira todo lo que logré sin vos.

Cuando nos levantamos para irnos, al fin, cuando Clara pensó que podía respirar de nuevo y escapar en la limousine, Alexander interrumpió.

Su voz retumbó en la sala de vidrio.

—Este fin de semana haré una fiesta en mi mansión — dijo, mirando fijo a Jonathan, pero hablando para Clara —. Obviamente deben venir los dos y no acepto un No por respuesta. Será un gran fin de semana. Pileta, sol — y señaló a Jonathan — y varios empresarios de las grandes ligas que te presentaré. Sé que te interesa, Vega.

Sabía por dónde entrarle a Jonathan. Por la ambición. Siempre por la ambición.

—Por supuesto que sí — dijo Jonathan entusiasmado, casi babeando —. ¡Ahí estaremos! ¿No, amor?

Clara no pudo decir que no. No podía. Delante de los abogados, de los guardaespaldas, de todos.

Y nos fuimos.

En la limousine de vuelta, Jonathan no paraba de hablar de los contactos, de los millones que iban a venir.

Clara, con la carpeta del contrato en la falda, solo pensaba una cosa:

Un fin de semana entero en la casa de Alexander.




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