El Precio De Olvidarte

El jardín de jazmines

El fin de semana llegó rápido.

Demasiado rápido.

Clara intentó buscar excusas para no ir.

—Me duele la cabeza. No me siento bien. ¿Por qué no vas vos solo?

—¿Estás loca, Clara? —la interrumpió Jonathan mientras se abrochaba la camisa—. ¿Querés arruinar el negocio antes de empezar? ¿No escuchaste lo que dijo? Tenemos que ir, ser simpáticos con todos, hacer contactos y conseguir posibles clientes.

La miró como se mira a una empleada que no está haciendo su trabajo.

—Así que prepará las valijas. Llevá varios de esos vestidos caros que comprás. Necesito que me vean con una esposa hermosa a mi lado. Eso siempre inspira confianza en los inversionistas.

Lo dijo como si ella fuera un accesorio. Una corbata cara que podía lucir delante de sus socios.

Clara no respondió.

No tenía sentido discutir.

Así que hizo las valijas y se marcharon.

Durante todo el viaje, Jonathan habló por teléfono, arreglando asuntos de la empresa y dejando instrucciones por si surgía algún problema. Que nadie tocara nada. Que nadie firmara nada sin consultarlo.

Clara lo escuchaba a medias.

Sentía que los caminos se cerraban a su alrededor y que el aire empezaba a faltarle. Cada kilómetro que los acercaba a la mansión de Stone era un kilómetro menos de libertad.

Cuando llegaron, Clara se quedó mirando la propiedad.

Era enorme. Parecía salida de un cuento de hadas.

Pero de esos cuentos en los que la princesa vivía encerrada en una torre.

Un amplio jardín se extendía frente a la entrada, con flores cuidadosamente distribuidas y senderos impecables. Todo era hermoso. Todo era caro. Todo parecía calculado hasta el último detalle.

Y, sin embargo, había algo frío en aquella perfección.

Un valet se acercó para recibir las llaves del auto, mientras el mayordomo se encargaba de las valijas.

—Bienvenidos a la residencia del señor Stone. Si tienen la amabilidad de acompañarme, los llevaré a sus habitaciones.

Jonathan asintió y siguió al mayordomo sin dejar de observar los alrededores.

Clara caminó detrás de él.

Subieron al segundo piso, donde había cuatro habitaciones.

El mayordomo abrió una de las puertas.

—Esta será su habitación durante la estadía. Si necesitan algo, pueden comunicarse con el servicio de la casa.

Clara entró.

La habitación era preciosa. Amplia, luminosa, con una cama enorme y un candelabro de cristal cuyas gotas transparentes parecían congeladas en el aire.

Todo estaba decorado en blanco y dorado.

Entonces percibió el aroma.

Jazmines.

La ventana estaba abierta y, desde el jardín, llegaba aquel perfume inconfundible.

El mismo de antes.

Su perfume.

Clara se quedó inmóvil.

Por un instante, dejó de ver la habitación lujosa y volvió a ser la muchacha que caminaba junto a Alexander, que se reía con él y que creía que algún día tendrían una vida juntos.

Pero el recuerdo duró apenas unos segundos.

Ahora estaba en la casa de Alexander Stone, casada con otro hombre.

Se acercó al ventanal.

Abajo, junto a la piscina, Alexander reía con dos mujeres en bikini. Tenía el torso desnudo y sostenía una copa en una mano mientras una de ellas le decía algo al oído.

Clara se quedó inmóvil junto a la ventana.

Hacía quince años que no lo veía así. Relajado. Sonriente. Como si el mundo no pudiera hacerle daño.

Entonces, Alexander levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

Y algo cambió.

La sonrisa desapareció de su rostro durante un instante. Fue apenas un segundo, tan breve que Clara habría podido pensar que lo había imaginado. Su expresión se endureció y su mano se cerró alrededor de la copa.

Después, como si nada hubiera ocurrido, volvió a sonreír.

La mujer que estaba a su lado le dijo algo y él inclinó la cabeza para escucharla. Incluso soltó una carcajada.

Pero Clara ya no podía engañarse.

Había visto aquella pausa. Había visto cómo su sonrisa se apagaba al reconocerla.

Y eso le dolió más de lo que habría querido admitir.

Porque si Alexander realmente la hubiera olvidado, ¿por qué había dejado de sonreír al verla?

Apartó la mirada de la ventana, furiosa consigo misma por seguir buscando sentimientos en un hombre que parecía empeñado en demostrarle que ya no quedaba ninguno.

Jonathan ni siquiera lo notó. Estaba demasiado ocupado observando la mansión y calculando mentalmente cuánto podía costar cada lámpara.

Una empleada entró para dejar las toallas y las salidas de baño. Todas llevaban las iniciales A. S. bordadas en hilo dorado.

Alexander Stone.

Hasta las toallas llevaban su nombre.

La empleada también les entregó una pequeña carpeta con los horarios de desayuno, almuerzo y cena. Todo estaba organizado al minuto.

—Aquí tienen los horarios de las comidas. Si necesitan algo fuera de esos horarios, pueden comunicarse con la cocina. También les dejo el interno del servicio doméstico. El señor Stone los espera para el almuerzo en el salón principal.

Clara agradeció con la educación impecable que le habían enseñado desde niña.

Cuando la empleada se marchó, se sentó en el borde de la cama y después se dejó caer de espaldas sobre el colchón.

Cerró los ojos.

El aroma de los jazmines entraba cada vez con más intensidad por la ventana.

Le provocaba nostalgia y dolor al mismo tiempo.

Era injusto que un perfume pudiera devolverle tantos recuerdos.

Jonathan empezó a sacar su ropa de la valija.

—Vamos, tenemos que desempacar y estar listos para el almuerzo. No quiero que seamos los últimos en llegar. Necesito causar una buena impresión.

Sacó una camisa y la colgó en el armario.

Después se volvió hacia ella.

—Ponete ese vestido rojo. El que te hace más llamativa. A los tipos de esta clase les gusta tener algo lindo que mirar mientras hacen negocios.




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