El Precio De Olvidarte

EL Fogón

Bajaron para el almuerzo y ya había varias parejas en el salón que mientras pasábamos nos íbamos presentando y saludando. Todos con apellidos importantes y sonrisas que no llegaban a los ojos.

Poco después llegó Alexander. Del brazo de una señorita que caminaba orgullosa y sonriente a su lado. Rubia, altísima. Veinticinco años, si llegaba.

Él no la presentó. Solo le corrió la silla, le sirvió vino y le acomodó un mechón detrás de la oreja. Como si fuera suya. Como si todos tuvieran que ver que era suya.

Tomó la copa de la mesa, la levantó y todos quedaron en silencio.

—Bienvenidos a mi casa — dijo —. Este fin de semana quiero que no se priven de nada.

Y mientras lo decía, le rozó el cuello a la chica con los nudillos, distraído, posesivo.

Esa escena a Clara le revolvió el estómago. No era un chiste de machos. Era peor. Era intimidad delante de todos. ¿A eso la había traído? ¿A ver cómo tocaba a otra?

Perdió el apetito. Apenas probó bocado. Pero sí tomó varias copas de vino. Una detrás de otra.

Al terminar fueron a otro salón fuera de la casa. Donde había música baja, sillones bajos y en medio un fogón hermoso que daba calidez.

Jonathan ya estaba con los empresarios. Clara se sentó sola, lo más lejos del fuego posible.

Hasta que sintió que el sillón a su lado se hundía.

Era él. Sin la rubia.

—Te ves hermosa cuando estás celosa — le dijo bajito, solo para ella.

Clara lo miró enojada.

—No estoy celosa.

—¿Sabes? — dijo Alexander, sin dejar de mirar el fuego — Si algo sé es leer tu cara. Es muy expresiva y transparente. Siempre lo fuiste.

—Tú no sabes nada de mí — respondió ella, con la voz apretada —. Te crees que sí, pero no sabes nada.

Entonces la miró. Y por dos segundos, solo dos, Clara encontró a su Alexander en esa mirada. No al dueño de la mansión. Al de la foto del fotomatón.

Él giró la cabeza de golpe, como si le quemara. Apretó la mandíbula.

—Bueno, Sra. Vega, si usted lo dice.

Se levantó para irse. Dio dos pasos. Frenó. Tenía los puños cerrados.

Y así, sin girar, de espaldas a ella, dijo algo que casi se lo lleva el viento del fogón:

—Yo sí estoy celoso, Clara.

Se le escapó el aire a ella. ¿Celoso? ¿De qué? ¿De quién?

Se levantó para ir a buscarlo, para decirle que volviera, cuando Jonathan la tomó del brazo.

—Amor, ven, quiero presentarte al Sr. Martínez... — y todo volvió a ser su vida. Sonreír y asentir.

Aturdida todavía por esa frase, se acercó al camarero y tomó otra copa. Jonathan se la sacó de las manos como si fuera una niña.

—¿Qué haces? — dijo Clara.

—¡Basta! — le susurró Jonathan al oído, clavándole las uñas en la muñeca —. ¿Quieres hacer un papelón acá? ¿Dejarme mal parado delante de todos? Ve con las esposas que están allá, ríete de sus chistes. ¡Pero deja de beber!

Clara contuvo las lágrimas y la ira. Quería golpearlo. Quería salir corriendo.

Levantó la vista, buscando aire. Y del otro lado del fogón, Alexander la estaba viendo.

Lo había visto todo.Tenia el ceño fruncido

Ella respiró y fue al sector de mujeres, como si nada hubiera pasado.

Poco a poco los invitados se fueron retirando a las habitaciones y ella también, cuando Jonathan la buscó para subir.

Y mientras subía la escalera, con la frase yo sí estoy celoso retumbándole en la cabeza, sintió la mirada de Alexander quemándole la espalda.




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