El Precio De Olvidarte

Celos

Al día siguiente Clara despertó al escuchar a Jonathan levantarse e irse a la ducha.

Se desperezó. Le dolía un poco la cabeza por culpa del vino. Pero el dolor de cabeza no era nada comparado con la frase que tenía pegada en la lengua desde anoche.

Yo sí estoy celoso, Clara.

Se le había quedado grabada. ¿Qué quiso decir? ¿Que aún sentía algo? ¿Era eso posible después de tanto?

Jonathan salió de la ducha.

—Ve, está preciosa el agua. Aprovecharemos el día que deben estar todos en la pileta.

Bajaron a desayunar. Todos reunidos, menos Alexander, que no apareció.

Un invitado preguntó por él y la mucama dijo:

—El Sr. Stone quiso desayunar en su habitación, pero se les unirá en la zona de la pileta luego.

Era una mañana hermosa. De esas que duelen de tan lindas. La zona de la pileta estaba rodeada de sillones blancos para tomar sol, un bar instalado con todo para atender invitados, y más lejos, un jardín enorme con árboles frutales, rosales y jazmines.

Una pequeña glorieta blanca era la atracción de ese parque. Todo parecía perfecto. Nada había al azar.

En seguida todos tomaron lugares, algunos a la pileta, otros directo al bar. Jonathan siempre buscaba a alguno para continuar sus charlas de negocios. Clara se sentó a orillas de la pileta, solo sus pies tocaban el agua tranquila.

Alexander apareció al rato. Del brazo de la misma rubia de anoche. Ya con una malla negra, un pareo corto y sandalias abiertas. Caminaba como si la mansión fuera suya. Porque lo era.

Todos se le acercaron. Todos aduladores.

Clara ni levantó la vista. Solo suspiró cansada, esperando que aquel día pasara rápido para volver a su casa.

Se levantó, se puso sus sandalias y fue hasta la glorieta. Un lugar tranquilo, lejos del bullicio de los demás con sus conversaciones vacías.

Recorrió el lugar, se tomó su tiempo. Olía las flores, veía los árboles.

—¿Siempre te gustaron las flores, ? — escuchó Clara que estaba distraída.

Al levantar la vista era Alexander. Ahí parado, mirándola. Solo. Sin la rubia.

—Tu debilidad siempre fueron los jazmines — continuó.

—Sí — contestó Clara y suspiró con nostalgia.

Se levantó y miró a Alexander por primera vez en todo el fin de semana sin temblar.

—¿Por qué me hiciste venir acá? ¿Qué quieres? ¿Darme celos? ¿Mostrarme tu mansión y tu vida?

Él solo estaba parado, sonriendo. Esa sonrisa que la desarmaba.

Clara por fin tomó valor para decirle todo eso sin llorar o quedarse a medias.

—¡Vamos, dime!

—Estas fiestas las hago siempre — dijo Alexander sin que un músculo se le moviera —. Pensé que como socios podrían querer venir.

—Eres un estúpido, arrogante y miserable... Veo que no queda nada del Alexander que conocí — y empezó a caminar para irse.

Al pasar a su lado, él la tomó de la muñeca. No con fuerza. Con firmeza. La acercó a su cuerpo, a su cara, a sus labios y dijo enojado, dolido, con la voz rota:

—Tú mataste a ese Alex. Tú y tu ambición.

Clara no se soltó enseguida. Se quedó ahí, respirando contra su pecho, contra ese perfume caro que no era el de él.

Lo miró triste.

—Ya te dije, tú no sabes nada de mí. Ni lo que pasé.

Y se soltó y se marchó a la habitación.

Alexander quedó desconcertado, con la mano todavía en el aire, donde había estado su muñeca.

Pero segundos después apretó los dientes y se dijo, mirando a Jonathan que no paraba de hablar con uno y otro:

—Ella lo eligió... a él.




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