El Precio De Olvidarte

El último baile

La tarde fue llegando a su fin y los invitados comenzaron a prepararse para el último cóctel del fin de semana.

Clara ya había hecho las valijas. Las tenía cerradas junto a la puerta de la habitación, como si dejarlas listas pudiera acelerar el paso del tiempo.

No quería pasar una noche más en aquella mansión.

No quería volver a cruzarse con Alexander, ni verlo con aquella mujer, ni escuchar otra frase capaz de desarmarla.

Y, sin embargo, una parte de ella seguía esperando encontrarlo.

El cóctel se organizó en el salón principal. Habían dispuesto una larga mesa con bocados que Clara ni siquiera sabía nombrar: blinis con caviar negro, tostadas con salmón ahumado y eneldo, pequeñas copas con langostinos y quesos de aromas intensos. Todo estaba acompañado por luces tenues, sillones bajos y una música suave que llenaba el ambiente sin interrumpir las conversaciones.

Todo era elegante. Costoso. Perfecto.

Y Clara estaba cansada de tanta perfección.

Alexander apareció poco después, vestido con un traje oscuro y una camisa blanca. Como de costumbre, se encargó de dar la bienvenida a los invitados.

Levantó su copa y esperó a que las conversaciones se apagaran.

—Quiero agradecerles por haber compartido este fin de semana conmigo. Espero que hayan disfrutado de la casa y de la compañía. —Hizo una breve pausa—. Disfruten y sean felices.

Sus ojos se encontraron con los de Clara.

Solo un instante.

Pero para ella aquellas palabras sonaron a reproche.

Sean felices.

Como si él pudiera desearle la felicidad después de haberla mirado a los ojos y acusarla de haber destruido su vida.

Clara bajó la mirada y tomó una copa para disimular su desconcierto.

Poco después, la música cambió.

Alexander se acercó a la rubia que lo había acompañado durante el fin de semana y le ofreció la mano. Ella sonrió, aceptándola, y ambos se dirigieron al centro del salón.

Comenzaron a bailar.

Él se movía con seguridad, elegante y distante, mientras la joven se acomodaba contra su cuerpo como si estuviera acostumbrada a ocupar aquel lugar.

Clara apartó la mirada.

No quería verlos.

Pero Jonathan ya se había acercado a ella.

—Vamos, amor. Bailemos.

—Esto es estúpido —murmuró Clara.

Jonathan frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

—Entonces, baila.

Le tomó la mano y la condujo al centro del salón.

Clara intentó seguir el ritmo, aunque apenas prestaba atención a la música. A su alrededor, las parejas se movían lentamente, intercambiando sonrisas y conversaciones. Jonathan aprovechaba cada pausa para saludar a algún empresario.

Incluso bailando, seguía haciendo negocios.

Clara sintió que la irritación le apretaba el pecho.

Entonces, la música se detuvo.

Alexander aplaudió una vez para llamar la atención de los invitados.

—Vamos a cambiar de pareja. ¡No se queden siempre con la misma persona!

Se escucharon algunas risas y comentarios divertidos. Las parejas comenzaron a separarse para buscar a alguien más.

Clara se encontró frente a un hombre mayor que olía intensamente a vino y tabaco. Le ofreció una sonrisa educada y ella aceptó su mano, resignada.

Bailó con él contando mentalmente los segundos.

Uno.

Dos.

Tres.

Solo quería que terminara.

Cuando la música volvió a detenerse, Alexander anunció otro cambio.

Esta vez, al girar, Clara chocó suavemente con alguien.

Levantó la vista.

Y se quedó sin aliento.

Alexander estaba frente a ella.

Durante una fracción de segundo, ambos parecieron sorprendidos. Él bajó la mirada hacia sus manos, como si acabara de descubrir que estaba a punto de tocar algo que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.

Después, le ofreció la mano.

Clara podría haberse negado.

Debería haberse negado.

Pero sus dedos se encontraron con los de él antes de que pudiera reunir el valor suficiente para apartarse.

Alexander la acercó con cuidado, aunque su mano se cerró con firmeza alrededor de la suya. La otra se apoyó en su cintura.

No la sujetaba con brusquedad.

La sostenía como si, por un instante, temiera que volviera a desaparecer.

Clara apoyó las manos en sus hombros. Tenía la mirada baja y el corazón golpeándole tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.

Alexander guardó silencio.

La música llenaba el espacio entre ambos, pero ninguno parecía escucharla.

Estaban demasiado cerca.

Podía sentir el calor de su cuerpo, reconocer su perfume y percibir el movimiento de su respiración.

Quince años.

Quince años sin aquella cercanía.

Quince años intentando convencerse de que lo que habían vivido pertenecía a otra vida.

—Mírame, Clara —murmuró él.

Ella no levantó la cabeza.

No podía.

Si lo miraba, tal vez recordaría demasiado. Tal vez volvería a ver al muchacho que la hacía reír, al que le prometía el mundo aunque no tuviera nada para ofrecerle, al que la miraba como si fuera imposible que algún día dejara de amarla.

—Clara...

Su voz se quebró apenas.

Ella cerró los ojos.

—Por favor, mírame.

Aquellas últimas palabras no sonaron como una orden ni como un reproche.

Sonaron como una súplica.

Clara levantó lentamente la mirada.

Y entonces ocurrió.

Por unos segundos, los dos dejaron de ser quienes eran ahora.

Alexander ya no era el empresario poderoso que la acusaba de haberlo cambiado por dinero. Clara ya no era la esposa de Jonathan Vega, atrapada en una vida que no había elegido con libertad.

Volvieron a ser ellos.

El muchacho que la había amado sin tener nada y la chica que habría renunciado a todo por quedarse a su lado.

Se miraron en silencio.

La mano de Alexander se aflojó ligeramente sobre la cintura de Clara, como si temiera hacerle daño. Ella deslizó los dedos sobre sus hombros y sintió que algo dentro de su pecho, algo que llevaba quince años roto, volvía a doler de una manera diferente.




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