Clara se reunió con Juana Alvarado en un restaurante para hablar sobre la próxima subasta benéfica que organizaban cada año.
Era una de las pocas cosas que todavía conseguían mantenerla distraída de su vida vacía. Entre la fundación, las obras de caridad y los preparativos de los eventos, al menos podía fingir que tenía algo propio.
Estaban almorzando cuando lo vio.
Alexander entró al restaurante acompañado por dos hombres. Saludó al encargado, intercambió unas palabras con él y se dirigió a una mesa reservada.
Clara sintió que el corazón se le detenía.
Bastó verlo para que regresaran las imágenes del fin de semana: sus manos sosteniéndola durante el baile, su voz pidiéndole que lo mirara y aquella frase que todavía le resonaba en la cabeza.
Yo sí estoy celoso, Clara.
—¿Estás acá? —preguntó Juana, chasqueando los dedos frente a ella.
Clara parpadeó y apartó la mirada.
—Sí, perdón. Me distraje. ¿En qué estábamos?
Juana la observó unos segundos. Después siguió la dirección de sus ojos y descubrió a Alexander sentado al otro lado del restaurante.
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—Ah… Ya veo. Tu distracción tiene nombre y apellido.
—¿Qué? —Clara se apresuró a negar, sintiendo que el calor le subía a las mejillas.
Juana soltó una risita.
—Mirá, voy a serte sincera. ¿Quién no ha hecho una locura o dos por amor?
Clara la miró, desconcertada.
—¿De qué estás hablando?
—De nada, mujer. —Juana levantó las manos, divertida—. Sigamos con la subasta antes de que te olvides de que vinimos a trabajar.
Clara agradeció el cambio de tema y volvió a revisar la lista de invitados y posibles compradores.
—Si ponemos a Benítez con el lote de los espejos, no va a comprar nada. Ya sabés que detesta el estilo barroco. Ubicalo con el lote de fotografía; viene con ganas de gastar y seguro que encontramos algo que le interese.
Juana la miró con una mezcla de admiración y diversión.
—Dios, a veces me olvido de que, antes de ser la señora Vega, eras la mujer capaz de recaudar doscientos mil dólares en una sola noche.
Clara sonrió por primera vez en todo el almuerzo.
—Todavía sé hacer mi trabajo, Juana.
—Eso no lo pongo en duda. Lo que me pregunto es cuándo vas a volver a hacer algo por vos misma.
La sonrisa de Clara se apagó apenas.
No respondió.
Por suerte, el teléfono de Juana comenzó a sonar. Era una llamada del colegio de su hijo.
—Sí, entiendo. Voy para allá —respondió después de escuchar unos segundos—. Está bien, gracias por avisarme.
Colgó y comenzó a recoger sus cosas.
—Tengo que ir a buscarlo. Parece que se siente mal. ¿Te arreglás para volver? ¿Podés pedirte un auto?
—Por supuesto. Andá tranquila. Espero que no sea nada.
Juana se inclinó para darle un beso en la mejilla.
—Después seguimos con la subasta. Y vos, por favor, intentá disfrutar un poco de la vida.
Clara sonrió sin prometer nada.
Cuando su amiga se marchó, llamó al camarero para pedir la cuenta.
—Disculpe, ¿me trae la cuenta, por favor?
Su voz se elevó lo suficiente para atravesar el murmullo del restaurante.
Alexander giró la cabeza.
La vio.
Durante unos segundos, se quedó inmóvil, con la mano apoyada junto a su copa. Uno de los hombres que lo acompañaban continuó hablando, pero Alexander parecía haber dejado de escucharlo.
Clara sintió aquella mirada incluso antes de atreverse a levantar los ojos.
Cuando lo hizo, descubrió que él seguía observándola.
No sonreía.
Tampoco apartaba la vista.
Ella bajó la cabeza, pagó rápidamente y se levantó. Necesitaba salir de allí antes de que su presencia terminara de desarmarla.
Afuera, sacó el teléfono y comenzó a buscar un automóvil. Sus dedos se movían con torpeza sobre la pantalla.
No quería volver a verlo.
No quería hablar con él.
Y, sin embargo, una parte de ella deseaba que se levantara de aquella mesa y fuera a buscarla.
Escuchó pasos detrás de sí, pero no se dio vuelta. Un instante después, un automóvil oscuro se detuvo junto a la acera.
La ventanilla bajó.
—¿Te llevo?
Clara levantó la cabeza.
Alexander estaba al volante.
—No, gracias. Estoy esperando un taxi.
Él ladeó ligeramente la cabeza. Una sonrisa apareció en sus labios, esa misma sonrisa que, tantos años atrás, conseguía que Clara olvidara cualquier enojo.
—Subí. No seas testaruda como siempre.
Clara quiso negarse otra vez.
De verdad lo intentó.
Pero aquella sonrisa le recordó demasiado al Alexander que había amado. Y, por un instante, olvidó al hombre que la había acusado de ambiciosa y la había hecho llorar durante todo el fin de semana.
Abrió la puerta y subió.
—¿Qué hace una dama sola por la capital? —preguntó él, incorporándose al tránsito—. ¿Tu chofer te abandonó?
—No tengo chofer.
La respuesta salió seca, sin explicaciones.
Alexander la miró de reojo.
—¿En serio? ¿Me vas a decir que tu amado esposo te deja andar sola por ahí?
Clara giró la cabeza hacia él.
—¿Qué te importa a vos?
Alexander volvió la vista a la calle.
—Perdón. Solo fue un comentario.
Se rio suavemente, como si la conversación no tuviera importancia.
Pero Clara conocía aquella risa. O, al menos, conocía la del hombre que había sido. Y eso la confundía todavía más.
El automóvil avanzó entre el tránsito de la ciudad.
De vez en cuando, Alexander la miraba de reojo. Clara permanecía rígida en el asiento, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
El silencio entre ellos estaba cargado de todo lo que no se habían dicho.
—¿Te llevo a tu casa? —preguntó él—. ¿O preferís ir al shopping?
Clara giró hacia él, irritada.
—¡Pará acá!
Alexander la miró sorprendido.
—¿Qué?
—¡Que pares el auto!