El Precio De Olvidarte

Juventud

Clara tenía diecisiete años.

Todavía llevaba el pelo largo hasta la cintura. Todavía creía que decir la verdad servía de algo.

Alexander tenía 18.. Había entrado como pasante en Vantage para archivar planos y llevar llaves de una oficina a otra. No tenía traje. Usaba la misma camisa celeste tres veces por semana y olía a tinta y a café de oficina, no a perfume caro.

Así había empezado todo.

Él no la miraba como la miraban los demás en la oficina de su padre. No la veía como a la hija del dueño. La miraba como si fuera la única persona en aquel lugar que también estuviera contando los minutos para poder marcharse.

Los viernes le llevaba un jazmín. Los robaba de las casas vecinas y se los dejaba sobre el escritorio.

—Para que tu oficina huela a algo lindo y no a humedad —le decía, antes de volver a sus tareas.

Clara nunca lo tiraba.

Lo ponía en un vaso con agua y lo dejaba junto a la computadora durante toda la semana. Cuando se marchitaba, lo prensaba entre las páginas de una carpeta. Al final del verano, tenía aquella carpeta llena de jazmines secos.

Cuando Alexander cobraba por los planos que dibujaba a mano alzada después de hora, le alcanzaba para comprar dos entradas en el cine viejo de la calle Corrientes y un solo paquete grande de pochoclos que compartían.

Veían los clásicos románticos que tanto le gustaban a Clara. Alexander solía quedarse dormido a mitad de la película, vencido por el cansancio del día. Pero, cuando ella lo codeaba, él abría los ojos y le decía:

—Yo te estaba mirando a vos, no a la película.

Y Clara se reía.

Era feliz con tan poco que todavía no sabía que, algún día, esos recuerdos serían lo único que podría conservar de él.

La promesa llegó una noche en la escalera de atrás de la facultad. Llovía y ninguno de los dos tenía paraguas.

Alexander se quitó su campera celeste, la única que tenía, gastada en los codos, y se la puso sobre los hombros.

Todavía estaba tibia.

—Cuando sea arquitecto, te voy a construir una casa con un jardín lleno de jazmines. Así nunca más vas a tener que robarlos —le prometió, sonriendo mientras la lluvia le corría por la cara.

Después sacó un pequeño anillo de plata, gastado, con una piedra diminuta engarzada.

No era caro. Ni siquiera era perfecto.

Pero Clara lo recibió como si fuera el tesoro más valioso del mundo.

Lo besó con los ojos brillantes y los brazos alrededor de su cuello.

Aquella noche se prometieron amarse para siempre.

Pasaron un verano hermoso juntos. Ella creía que el amor bastaría para escapar de la casa de su padre. Él creía que, con una campera prestada, un jazmín robado y un futuro por construir, podía darle todo lo que necesitaba.

Ninguno imaginaba lo que estaba por suceder.

---

Una tarde, su padre la llamó a la oficina principal de Vantage, la que tenía las paredes de vidrio y desde donde podía observar a todos los empleados.

—Clara, sentate.

Ella obedeció.

Roberto Vantage acomodó unos documentos sobre el escritorio antes de mirarla.

—Jonathan Vega pidió tu mano. Su padre y yo cerramos hoy el acuerdo por los lotes de Nordelta. Vamos a ser familia y socios. Vas a decir que sí.

Clara soltó una risita nerviosa. Pensó que era una broma.

—Papá, yo estoy con Alex. Amo a Alex.

Su padre no gritó.

Eso era lo peor. Roberto nunca necesitaba levantar la voz para hacerle entender quién mandaba.

Bajó el tono hasta convertir sus palabras en algo frío y calculado.

—¿Alex? ¿El pasante? ¿Vas a cambiar un apellido como Vega por el hijo de nadie que archiva papeles? ¿Esa es tu ambición, Clara? ¿Ser la mujer de un cadete?

—No es un cadete. Va a ser arquitecto —respondió ella, con lágrimas en los ojos—. Y no me importa la plata.

—A mí sí. Esta inmobiliaria te dio de comer durante diecisiete años. No te crié para que la hundas por un capricho.

—No es un capricho. Lo amo.

Su padre la observó con una expresión que Clara no olvidaría jamás.

—El amor no paga las cuentas. Y vos vas a hacer lo que te digo.

---

Esa noche, Clara escapó de su casa para buscar a Alexander.

Lo encontró en la parada del colectivo. Apenas lo vio, se abrazó a él y comenzó a contarle lo que su padre pretendía hacer.

Temblaba tanto que le costaba hablar.

Alexander la escuchó en silencio. Después le tomó el rostro entre las manos.

—Si eso es lo que quiere tu padre, voy a pedir tu mano. Me pongo un traje y todo —dijo con una sonrisa, intentando tranquilizarla—. Y si no acepta, nos vamos los dos. Ahora mismo, si querés.

Clara lo abrazó con fuerza.

Por un rato, volvió a creer que todo podía salir bien.

Que bastaría con estar juntos.

Que nadie podría separarlos si se amaban lo suficiente.

No sabía que, a pocas horas de distancia, su padre ya había decidido cómo terminaría aquella historia.

Cuando Clara regresó a su casa, Roberto la esperaba junto a la puerta.

Su rostro estaba endurecido.

—¿Venís de verte con ese mugroso?

La agarró del brazo y la arrastró hacia el fondo de la propiedad, hasta la bodega donde guardaban los planos viejos y las botellas que recibían de sus clientes.

Era una habitación sin ventanas, con olor a humedad, madera vieja y papel acumulado.

Clara intentó soltarse.

—¡Papá, por favor! ¡Soltame!

Él abrió la puerta y la empujó adentro.

—Vas a quedarte acá hasta que recapacites.

—¡No podés hacerme esto!

Roberto salió y cerró la puerta con llave.

Clara escuchó el sonido del cerrojo.

Después, silencio.

La primera noche gritó hasta quedarse sin voz.

La segunda lloró hasta que le dolieron los ojos.

La tercera ya no tuvo fuerzas para hacer ninguna de las dos cosas.

Contaba las cajas apiladas contra las paredes para no volverse loca. Se abrazaba a sí misma para combatir el frío y escuchaba los pasos de su madre al otro lado de la puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.