El Precio De Olvidarte

La invitación

Alexander Stone estaba en su oficina, revisando la correspondencia que su secretaria había ordenado sobre el escritorio.

Facturas, planos, contratos e invitaciones. Papeles que se acumulaban a diario y que, por lo general, apenas merecían unos segundos de su atención.

Su secretaria entró con el café de todas las mañanas: negro, sin azúcar.

—Su café, señor Stone.

—Gracias.

Ella lo dejó junto a los documentos y se retiró.

Alexander tomó la taza, pero antes de beber vio un sobre blanco, grueso, con letras doradas. Algo en aquella invitación llamó su atención.

Lo tomó y dio vuelta el sobre.

Su nombre estaba escrito en el dorso.

Alexander Stone.

Frunció el ceño y lo abrió.

La invitación era elegante, con una tipografía dorada y un papel de calidad impecable.

Celebración del decimoquinto aniversario de matrimonio de Clara y Jonathan Vega.

La fiesta se realizaría en la casa de la playa. Habría prensa, fotógrafos, celebridades y empresarios. Todo el despliegue necesario para convertir una celebración privada en un acontecimiento social.

Todo lo que él detestaba.

Alexander leyó el nombre de Clara una vez más.

Y sintió que algo se le hundía en el pecho.

Quince años.

Quince años desde aquella noche en que Roberto Vantage lo había mirado a los ojos y le había dicho que Clara se marchaba con otro hombre. Quince años convencido de que ella lo había cambiado por una vida de lujo.

Y ahora recibía una invitación para celebrar ese matrimonio.

Como si alguien hubiera decidido recordarle, con letras doradas y una cortesía impecable, que Clara llevaba quince años perteneciendo a otro hombre.

Apretó el papel entre los dedos hasta arrugarlo.

Los nudillos se le pusieron blancos.

No era solamente dolor.

Era humillación.

Dejó la invitación sobre el escritorio, se puso de pie y salió de la oficina sin decir una palabra.

No respondió al saludo de su secretaria. No se detuvo a hablar con nadie. Atravesó el edificio, bajó al garaje y subió a su automóvil.

Arrancó.

Condujo demasiado rápido, sin pensar en el destino. Solo quería alejarse de aquellas paredes, de los documentos, de las personas que esperaban de él respuestas y decisiones.

Quería dejar de pensar.

Pero los recuerdos no se quedaban atrás.

Cada semáforo, cada curva, cada kilómetro parecían devolverle una imagen de aquel verano que llevaba quince años intentando enterrar.

La camisa celeste.

Los jazmines robados.

El cine de la calle Corrientes.

La risa de Clara cuando él fingía haber estado despierto durante toda la película.

Y aquella promesa bajo la lluvia.

Cuando sea arquitecto, voy a construirte una casa con un jardín lleno de jazmines.

Alexander apretó el volante.

De pronto, frenó junto a un descampado, cerca de la autopista.

El automóvil quedó inmóvil.

Durante unos segundos no hizo nada. Se quedó mirando al frente, respirando con dificultad, con las manos aferradas al volante.

Después golpeó el volante una vez.

Dos.

Tres.

—¡Mierda! —gritó.

La voz le salió rota.

Volvió a golpearlo y terminó inclinándose hacia delante, con la frente apoyada en las manos.

Entonces lloró.

Lloró como no lo hacía desde aquella noche.

Como cuando había salido de la inmobiliaria de la calle Viamonte con la campera celeste de Clara entre las manos y el mundo entero parecía haberse derrumbado.

Todavía recordaba las palabras de Roberto Vantage.

Ella ya eligió.

Se fue con Jonathan a elegir el vestido de compromiso.

Sos pobre, Alexander. Ubicate.

A los veinte años, con una camisa gastada y las manos manchadas de tinta, había creído que aquellas palabras eran la verdad.

Había querido discutir. Había querido exigir que lo dejaran verla. Había querido correr a buscarla.

Pero terminó marchándose.

Porque el hombre al que amaba el padre de Clara le había dicho que ella no lo quería.

Y él, que no tenía dinero, apellido ni poder, había terminado creyendo que no era suficiente.

Se había convencido de que Clara lo había elegido a él mientras no tenía nada mejor. De que, cuando llegó el momento de decidir entre un muchacho pobre y una vida de privilegios, ella no había dudado.

Durante quince años, ese pensamiento lo había mantenido en pie y, al mismo tiempo, lo había destruido.

Se había convertido en el hombre que todos admiraban. Había construido su empresa, su fortuna y su nombre. Había conseguido mucho más de lo que aquel muchacho de camisa celeste se habría atrevido a soñar.

Pero nunca había conseguido olvidar la casa que le prometió a Clara.

El jardín lleno de jazmines.

La familia que imaginó.

El para siempre que creyó posible.

Se habían prometido que, si era necesario, escaparían juntos con lo puesto. Lo habían hablado en aquella parada de colectivo, abrazados, mientras ella temblaba contra su pecho.

Y ahora, quince años después, Alexander tenía una invitación dorada en el asiento del acompañante.

Clara había escapado.

Pero no con él.

Con Jonathan.

Alexander miró el papel arrugado.

La fecha del aniversario estaba impresa con elegancia. Quince años de matrimonio. Quince años de una vida que él había imaginado para sí mismo y que, según creía, Clara había elegido compartir con otro.

Apretó los labios y cerró los ojos.

Por un instante, volvió a verla con el pelo largo hasta la cintura, sosteniendo un jazmín entre los dedos y mirándolo como si no existiera nada en el mundo que pudiera separarlos.

Después recordó a la mujer de la mansión.

A la Clara que le había dicho, con lágrimas en los ojos, que él no sabía nada de lo que había vivido.

Jamás te hice daño, Alexander.

Las palabras regresaron a su memoria.

Abrió los ojos.




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