El precio de quedarse

CAPÍTULO 1: EL FANTASMA EN LA PUERTA

La lluvia de otoño caía igual que aquella noche, pero esta vez Valentina no huía de ella. La sentía sobre su cabello corto, nuevo, que aún no reconocía como propio al pasar frente a los escaparates. Cinco años, ocho meses y tres días. Los había contado todos.

La casa era la misma, pero no. Las ventanas tenían cortinas nuevas—azules, a Santiago nunca le gustó el azul. En el jardín delantero, donde ella solía plantar lavanda, ahora había un columpio pequeño de madera. Y junto a la puerta, dos botas infantiles, una caída de lado, rosas con motitas amarillas.

Luciana.

El nombre le golpeó el pecho con la fuerza de todos los días que había estado ausente. Se llevó una mano al esternón, como si pudiera contener el latido desbocado. Los dedos encontraron, a través de la tela de su blusa, la pequeña cicatriz del puerto de quimioterapia. Un recordatorio físico de por qué estaba aquí. De por qué había sobrevivido.

La Dra. Ruiz le había dicho, seis meses atrás, cuando los escáneres mostraron remisión completa: —Es un milagro estadístico, Valentina. Pero los milagros también vienen con facturas. La tuya está pendiente, en esa casa.

Y tenía razón. La factura no era médica. Era moral. Era humana.

Antes de que el valor la abandonara, extendió la mano y tocó el timbre. El sonido le pareció obscenamente normal, doméstico. Como si estuviera volviendo de comprar el pan.

Pasos dentro. Pesados, masculinos. El corazón le dio un vuelco tan violento que temió desmayarse.

La mirilla se oscureció un instante.

Luego, el crujido de la cerradura.

La puerta se abrió, y allí estaba él.

Santiago.

Más viejo. Las canas que antes apenas salpicaban sus sienes ahora invadían su pelo corto. Llevaba una camisa de franela abierta sobre una camiseta blanca, manchada de lo que parecía puré de algo. En la mano derecha sostenía un trapo de cocina. Olía a jabón de lavanda y a papilla.

Sus ojos—esos ojos oscuros que ella había amado, que había soñado en las peores noches de quimio—la escudriñaron. Primero, confusión. La mirada de quien ve un rostro conocido pero fuera de contexto. Luego, un parpadeo. El cerebro recomponiendo la imagen, quitándole cinco años de lucha, añadiéndole el peso de la traición.

El reconocimiento llegó como un cambio físico. Su cuerpo se tensó de golpe, los nudillos alrededor del trapo se pusieron blancos. La mandíbula, siempre fuerte, se apretó hasta que los músculos de la mejilla se marcaron.

—Sal de aquí.

Su voz era baja, ronca. No era un grito. Era algo peor: una orden definitiva, cargada de un desgaste de años.

—Santiago —dijo ella, y su propia voz le sonó extraña, demasiado suave para la tormenta que veía formarse en sus ojos—. Por favor. Déjame explicar.

—No hay nada que explicar —empezó a cerrar la puerta.

Valentina, por instinto, puso la mano en el marco. No para impedirlo con fuerza—no tenía derecho a esa violencia—sino como un gesto de súplica.

—Solo cinco minutos. En el porche. Ni siquiera tengo que entrar.

La puerta se detuvo, a centímetros de aplastarle los dedos. Él la miró a través de la rendija.

—¿Cinco minutos? ¿Para qué? ¿Para contarme por qué te aburriste de ser madre? ¿Para pedir perdón y sentirte mejor contigo misma? —Un espasmo de dolor cruzó su rostro—. Tuviste cinco años, Valentina. Cinco. Años.

—Lo sé —susurró ella, y las primeras lágrimas—las que había jurado no derramar—le nublaron la vista—. Y cada uno de ellos tiene una razón. Una razón que… que no pude contarte entonces.

—¡Papá! ¿Quién es?

Una vocecita aguda, llena de la curiosidad descarada de la infancia, surgió desde el interior. Valentina se irguió, el corazón encogiéndosele. Por encima del hombro de Santiago, vio una sombra pequeña acercarse.

Él reaccionó como si le hubieran tocado un cable al descubierto. Se volvió, bloqueando por completo la entrada con su cuerpo.

—¡Luci, vuelve a la cocina! ¡Ahora!

La niña debió retroceder, asustada por el tono, porque Valentina oyó unos pasitos que se alejaban.

Santiago se giró de nuevo hacia ella. Ahora su expresión no era solo ira. Era pánico. Pánico puro, animal, de protector.

—¿Ves esto? —dijo, señalando el espacio entre ellos con el trapo—. Esto es lo que hiciste. Eres una extraña que asusta a mi hija. Eres un fantasma que viene a turbar la paz que yo construí. Aquí no hay lugar para ti.

—Ella es mi hija también, Santiago.

La palabra 'mi hija' le quemó la lengua, pero la dijo. Había viajado demasiado lejos para callársela ahora.

Él soltó una risa corta, amarga.

—¿Ah, sí? ¿Dónde estabas cuando le salió el primer diente y lloraba toda la noche? ¿Dónde cuando tuvo fiebre a los dos años y yo no dormí en setenta y dos horas, rezando porque no fuera nada grave, solo? ¿Dónde estabas en su primer día de colegio? —Su voz se quebró en la última pregunta—. No. Tú renunciaste a esa palabra. La dejaste en una nota junto a nuestros anillos. No te la devuelvo ahora porque te hayas arrepentido.

Valentina tragó saliva. Podía sentir la verdad—la verdad completa, la del cáncer, la del embarazo, la de la mentira—aplastándole el pecho, pidiendo salir. Pero las palabras no venían.

—No me arrepiento de la decisión —dijo, y vio cómo sus ojos se encendían con furia renovada—. Me arrepiento del dolor. Son cosas diferentes.

—Filosofías baratas —escupió él—. Mi hija y yo no somos un error del que te arrepientes. Somos la vida que tiraste a la basura. Ahora vete. Si vuelves a acercarte, llamo a la policía. Te lo juro.

—Por favor —suplicó ella, y esta vez el llanto le ganó la batalla a la voz—. Tengo… tengo algo que decirte. Algo que cambia todo.

—Nada cambia lo que hiciste —su mirada recorrió su cuerpo, delgado pero no esquelético, su pelo corto pero sano, su ropa sencilla—. Pareces bien. Pareces… normal. Eso lo hace aún peor —dio un paso atrás—. Adiós, Valentina.




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