El precio de quedarse

CAPÍTULO 5: EL PARQUE VIGILADO

El sábado por la mañana olía a césped recién cortado y a decisiones que aún no sabían si eran errores.

Santiago había elegido el parque Los Tilos no por los tilos —que eran hermosos, con sus hojas en forma de corazón— sino por el café con terraza elevada que daba a la zona infantil. Desde allí podía ver todo, sentado con un espresso frío frente a él, mientras Luciana, vestida con su vestido amarillo de flores y sus botas de lluvia (aunque el cielo estaba despejado), saltaba nerviosa junto al banco designado.

—¿Ya viene? ¿Ya viene, papá?

—En cualquier momento, Luci —respondió él, ajustándose la gorra de béisbol que llevaba puesta más como escudo que como accesorio.

Valentina apareció por el sendero este, no el principal. Como si no quisiera llegar con demasiada fanfarria. Llevaba jeans claros y una camiseta de algodón blanco, simple. En una mano, una bolsa de tela. En la otra, nada. Las manos libres. Abiertas. No amenazantes.

Santiago sintió una punzada extraña al verla. No era la rabia a la que estaba acostumbrado. Era algo más parecido al reconocimiento, a la tristeza. Era la mujer de la foto, sí, pero una versión lavada, desgastada, como un libro muy leído.

Luciana dejó de saltar. Se quedó quieta, observando. Su expresión era de curiosidad pura, sin el filtro del rencor que Santiago llevaba años perfeccionando.

Valentina se detuvo a unos tres metros del banco. Su mirada fue primero a Luciana, y Santiago vio cómo sus ojos —esos ojos avellana que habían visto tanto— se humedecían instantáneamente. Tragó saliva, visiblemente. Luego levantó la vista hacia la terraza, encontró a Santiago, y le dio un asentimiento breve, casi imperceptible. Estoy aquí. Cumpliendo las reglas.

—Hola —dijo Valentina, y su voz llegó tenue por la brisa a la terraza.

Luciana no respondió de inmediato. Dio un paso atrás, hacia la sombra del banco. Santiago se tensó, preparado para levantarse, para intervenir.

—Hola —dijo finalmente Luciana, su vocecita más alta de lo esperado—. ¿Trajiste el libro?

Valentina sonrió, una sonrisa pequeña, frágil.

—Lo traje —dijo, y se acercó lentamente, como si se aproximara a un pájaro asustado. Se arrodilló en el césped, no en el banco, poniéndose a la altura de Luciana. De la bolsa de tela sacó un libro con tapa dura, de colores brillantes. «Aves de nuestros parques».

—Mira —dijo Valentina, abriéndolo en una página marcada con una cinta—. Este es el carbonero común. ¿Ves el babero negro? Parece que lleva un pequeño esmoquin.

Luciana se acercó un centímetro, luego otro. Santiago observó cómo sus pequeños dedos se extendían para tocar la página.

—¿De verdad parece un esmoquin?

—Para mí, sí —asintió Valentina—. Y es un cantante excelente. Tiene más de quince tipos de cantos diferentes.

—¿Más que el canario de la abuela?

—Muchos más —Valentina volvió la página—. Mira, este es el pinzón. Dicen que su canto anuncia la primavera. En algunos pueblos, cuando escuchan al primer pinzón, hacen una fiesta.

Luciana se sentó en el borde del banco, ya no en la sombra, sino en el pequeño cuadrado de sol que atravesaba las hojas. El libro descansaba entre ellas, un puente de papel y tinta.

Santiago tomó un sorbo de su café, que ya estaba frío. Observó. No solo a Luciana, sino a Valentina. A la forma en que sus manos, finas y con pequeñas cicatrices visibles en los nudillos (¿de los catéteres? ¿de tantas agujas?), pasaban las páginas con una reverencia extraña. A la forma en que no intentaba tocar a Luciana, ni siquiera para señalar algo en el libro, usando solo la punta del dedo sobre la página. A la forma en que su espalda, recta al principio, se fue relajando un poco, como si respirara por primera vez en años.

Luciana hizo una pregunta que Santiago no alcanzó a oír. Valentina respondió, y luego Luciana rió —un sonido claro, como una campanilla— y señaló algo en el cielo. Las dos alzaron la vista, buscando un pájaro invisible.

Esto no está bien, pensó Santiago, pero la idea carecía de fuerza. Porque lo que veía no era una amenaza. Era una niña y una mujer mirando pájaros. Era normal. Y esa normalidad era lo más desconcertante de todo.

Después de veinte minutos —Santiago los contó en su reloj, cada minuto una pequeña eternidad—, Valentina sacó algo más de la bolsa: una caja pequeña de madera.

—Esto es para que puedas identificarlos mejor —dijo, abriéndola. Dentro había unos binoculares pequeños, de juguete pero funcionales, con una correa de tela.

—¡Binoculares! —exclamó Luciana, cogiéndolos con cuidado—. ¿De verdad puedo usarlos?

—Claro. Son tuyos.

Luciana se los colgó del cuello y los llevó a los ojos, apuntando torpemente hacia los árboles.

—¡Veo una hoja! ¡Y un nido! ¡Papá, hay un nido!

Santiago levantó la mano desde la terraza, un gesto forzado de aprobación. Valentina miró hacia él, y por un segundo sus ojos se encontraron. En los de ella había una pregunta, una vulnerabilidad tan enorme que Santiago tuvo que apartar la mirada.

Siguió el ritual durante casi una hora. Luciana «descubriendo» pájaros comunes —gorriones, palomas, una urraca ruidosa— con la emoción de un explorador. Valentina nombrando cada uno, contando un dato curioso, siempre manteniendo esa distancia cuidadosa, física y emocional.




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