El precio de quedarse

CAPÍTULO 7: LA VISITA A LA DOCTORA RUIZ

El Hospital Universitario San Juan de Dios olía a lo que todos los hospitales huelen: a desinfectante con olor a limón, a ansiedad reprimida, a espera. Pero para Santiago, ese día olía específicamente a verdades pendientes.

La sala de espera de Oncología era un lugar de miradas bajas, de manos que sostenían otras manos con diferente presión, de revistas hojeadas sin ver. Se sentó en una silla de plástico azul, con el sobre marrón que contenía las facturas y la tarjeta de la doctora sobre sus rodillas. Había llamado por la mañana, había dado su nombre, y la recepcionista, con una voz profesionalmente neutral, le había dicho: «La Dra. Ruiz puede verlo a las cuatro. Solo diez minutos, es todo lo que tiene».

Eran las cuatro y cinco. Santiago contaba los segundos en el tictac de un reloj de pared con números romanos.

—Señor Díaz —dijo una enfermera desde la puerta que llevaba a las consultas—. La doctora lo recibirá ahora.

El pasillo era largo, blanco, iluminado por luces fluorescentes que hacían que todo pareciera más pálido, más frío. La enfermera lo guio hasta la cuarta puerta a la derecha. En ella, una placa de latón: Dra. Alma Ruiz - Oncología Médica.

La mujer que estaba detrás del escritorio no era como Santiago se la había imaginado. Era más joven, quizás cincuenta y pocos, con el pelo gris recogido en un moño bajo, y unas gafas de medialuna que se habían deslizado hasta la punta de su nariz. Vestía una bata blanca sobre ropa de calle sencilla. En sus manos sostenía una tableta digital, pero la dejó a un lado cuando él entró.

—Señor Díaz —dijo, levantándose y extendiendo una mano. Su apretón fue firme, seco—. Siéntese, por favor.

Santiago se sentó en la silla frente al escritorio, colocando el sobre sobre sus rodillas de nuevo.

—Gracias por recibirme, doctora.

—Su llamada me sorprendió —admitió ella, sentándose también y observándolo por encima de sus gafas—. Han pasado años. Cuando Valentina dejó de venir para sus revisiones, asumí que... bueno, asumí lo peor. Hasta que me llamó hace unos meses para una última revisión. Y ahora usted está aquí.

—Valentina me contó la verdad —dijo Santiago, y las palabras le sonaron ajenas en su propia boca—. O parte de ella. Me dijo que tuvo cáncer durante el embarazo. Que lo ocultó. Que se fue para tratarse. Encontré estas facturas.

Sacó los papeles del sobre y los deslizó por el escritorio hacia ella. La Dra. Ruiz no los cogió inmediatamente. Los miró, como si pudiera leerlos desde la distancia, y luego suspiró, un suspiro profundo que parecía venir de un lugar muy cansado.

—Sí —dijo finalmente, tomando la factura superior—. Estos son nuestros sellos. Nuestros códigos. Es auténtico.

—¿Era tan grave como ella dice? ¿Tres por ciento?

La doctora se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo de papel que sacó de un cajón, y se las volvió a poner, ganando tiempo.

—Cáncer de páncreas estadio IV diagnosticado en el segundo trimestre del embarazo —recitó, como si leyera de un informe interno—. En una paciente joven, sin otros problemas de salud, la tasa de supervivencia a cinco años con tratamiento agresivo inmediato rondaría el ocho o nueve por ciento. Pero posponer el tratamiento hasta después del parto... eso reducía las posibilidades drásticamente. El tres por ciento que le dije a ella era, si acaso, optimista.

Santiago sintió que el aire de la habitación se volvía más denso.

—Y usted... usted la aconsejó que interrumpiera el embarazo.

—Es el protocolo estándar —asintió la doctora, sin rodeos—. Es lo que aconsejaría a cualquier paciente en esa situación. Salvar a la madre. Darle la mejor oportunidad. Valentina se negó. De forma absoluta. Dijo que no había discusión posible. —Hizo una pausa, sus ojos estudiando a Santiago—. Me preguntó qué pasaría si esperaba. Le expliqué los riesgos: que el cáncer avanzaría, que el pronóstico empeoraría cada semana. Ella dijo: ‘Mientras el bebé esté a salvo, yo lucharé después’. No era una decisión médica. Era una decisión... moral. O instintiva. No sé.

Santiago miró sus propias manos, callosas, marcadas por años de trabajo con la madera. Manos que habían sostenido a un bebé, que habían pintado una habitación, que habían intentado reconstruir una vida. ¿Habrían sido capaces de tomar esa decisión?

—¿Cómo fue? —preguntó, sin levantar la vista—. El tratamiento.

La Dra. Ruiz se recostó en su silla. Por primera vez, su expresión profesional se agrietó, mostrando algo más personal, más humano.

—Duro. Muy duro. Empezamos quimioterapia cuarenta y ocho horas después del parto, como habíamos planeado. Estaba débil, anímicamente destrozada, pero... tenía una determinación feroz. —Abrió un cajón de su escritorio, sacó una carpeta—. No debería mostrarle esto. Confidencialidad médico-paciente. Pero creo que, en este caso... puede que sea necesario.

Extendió una fotografía sobre el escritorio. No era una foto médica. Era una foto polaroid, descolorida por el tiempo. En ella, Valentina estaba sentada en una cama de hospital, con una bata abierta sobre un cuerpo esquelético, calva, con un pañuelo de seda en la cabeza. En sus brazos, sostenía una fotografía de un bebé recién nacido. Luciana.

Santiago contuvo la respiración. La imagen era brutal. La Valentina que conocía—la de la foto de la playa, la de la sonrisa amplia—había desaparecido. En su lugar había un esqueleto con ojos, pero unos ojos que ardían con una intensidad casi sobrenatural.




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