El precio de quedarse

CAPÍTULO 8: LA CAJA DE LOS SECRETOS

El apartamento de Valentina olía a incienso de sándalo y a algo más, algo medicinal y limpio que Santiago no pudo identificar. Un olor a recién llegada, a espacio recién habitado, sin la patina del tiempo.

Ella le abrió la puerta con una expresión de cautelosa expectación. Llevaba unos pantalones de jogging y una camiseta holgada, el pelo corto revuelto como si se hubiera pasado las manos por él repetidamente.

—Pasa —dijo, apartándose.

El apartamento era pequeño, ordenado hasta la austeridad. Un sofá, una mesa baja con un solo libro («Secuelas a largo plazo en supervivientes de cáncer»), una estantería con pocos objetos. En una mesa junto a la ventana, una foto pequeña en un marco de madera clara: Luciana en el parque, riendo, con los binoculares colgando del cuello. La foto era reciente. Él no sabía que Valentina la tenía.

—Siéntate —indicó ella, señalando el sofá. Ella se sentó en el borde de un sillón enfrente, las manos entrelazadas sobre sus rodillas, como una paciente esperando un diagnóstico.

Santiago no se sentó de inmediato. Caminó hasta la ventana, miró el edificio de enfrente, las luces encendidas en otras vidas, otras historias normales.

—La Dra. Ruiz me mostró una foto —dijo al fin, sin volverse.

Oyó el sonido de Valentina conteniendo la respiración.

—¿Qué foto?

—De ti. En el hospital. Con una foto de Luciana en las manos.

Un silencio espeso llenó la habitación. Luego, un sonido leve, un sollozo ahogado.

—No debió hacer eso —susurró Valentina.

—Sí que debía —se volvió hacia ella—. Yo debía verla. Debía ver en lo que te convertiste. En lo que luchaste. En lo que escondiste de mí.

Valentina no levantó la vista. Sus hombros se encorvaron, como si el recuerdo de esa versión de sí misma tuviera un peso físico.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó él, y su voz no sonó acusadora, sino rota, genuinamente perpleja—. En todo ese tiempo. Durante el embarazo. Después. ¿Por qué no confiaste en mí lo suficiente como para decirme: ‘Santiago, me voy a morir, y voy a elegir a nuestro bebé sobre mí misma’?

Ella levantó la vista entonces. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no derramadas.

—Porque te conocía —dijo, y cada palabra parecía costarle un esfuerzo—. Y me conocía a mí misma. Si te lo decía, tú habrías hecho una de dos cosas: o me habrías convencido de interrumpir, y yo te habría odiado por ello. O me habrías apoyado, y te habrías destruido viéndome morir poco a poco. Habrías dejado tu trabajo. Habrías dejado de vivir. Te habrías convertido en mi enfermero, en mi viudo en vida. Y cuando yo finalmente muriera, ¿qué habría sido de Luciana? Un padre destrozado y el recuerdo de una madre esquelética. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Preferí que me odiaras a una mujer egoísta que a una mártir que te rompió el corazón lentamente.

Santiago cerró los ojos. La lógica era retorcida, dolorosa, pero la entendía. La entendía en el mismo lugar visceral donde entendía que habría hecho exactamente lo que ella decía: lo habría dejado todo por cuidarla. Habría visto morir a la mujer que amaba. Y habría quedado vacío.

—Me escribiste cartas —dijo, abriendo los ojos—. La doctora dijo que escribiste cartas que nunca mandaste.

Valentina se levantó, caminó hasta una cómoda baja junto a la puerta del dormitorio. Abrió el cajón superior y sacó una caja de madera pequeña, sencilla, sin adornos. La trajo y la puso sobre la mesa de centro, frente a él.

—Están aquí —dijo—. Todas. Desde el primer día de quimioterapia hasta el día que me dieron el alta. Nunca las mandé. Pero no pude destruirlas. Son... mi diario de guerra.

Santiago miró la caja. Sentirse tentado a abrirla fue un impulso físico, pero no lo hizo. Eran sus secretos. Su dolor privado. No tenía derecho.

—¿Qué decían? —preguntó en cambio.

—De todo —respondió ella, sentándose de nuevo—. Que te extrañaba. Que tenía miedo. Que el dolor era como fuego en los huesos. Que una enfermera me cantaba la misma canción de cuna que tú le cantabas a Luciana en mi vientre, y que lloraba hasta quedarme sin lágrimas. Que soñaba con el olor de tu cuello. Que rezaba para que Luciana no se pareciera a mí, para que no heredara esto. —Su voz se quebró—. Que si moría, quería que supieras que cada segundo de dolor valía la pena porque significaba que ella estaba viva y sana.

Santiago se llevó una mano a la boca. El dolor era tan agudo, tan específico, que le dolía físicamente.

—¿Y por qué volviste? —preguntó, la pregunta que lo había estado carcomiendo desde el día que llamó a su puerta—. Si habías conseguido lo imposible, si habías sobrevivido... ¿por qué volver a este desastre? Podrías haber empezado de cero en cualquier parte. Sin este dolor, sin este lío.

Valentina lo miró como si la pregunta fuera la más absurda que había escuchado.

—Porque ustedes no son un desastre —dijo, y ahora las lágrimas bajaban por sus mejillas libremente—. Son mi vida. Lo único que me importó durante todo ese infierno. Cada vez que quería rendirme, cerraba los ojos y veía tu rostro. Y el de ella. Eran mi tres por ciento. Mi milagro estadístico. Sobreviví para esto. Para este momento incómodo y doloroso en este sofá. Porque al menos estoy aquí. Y ustedes están ahí. Y es real, y duele, pero es real.




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