ESCENA 1: EL DESTORNILLADOR
Tres semanas después del acuerdo
La pata de la silla de Luciana se soltó. Ella corrió llorando a Santiago, que estaba terminando un informe de trabajo en la computadora.
—¡Se rompió mi silla de princesa!
Santiago examinó la unión. Necesitaba un destornillador de estrella pequeño, el que siempre estaba en el cajón desordenado del garaje. Maldijo suavemente mientras revolvía entre llaves inglesas y tuercas sueltas.
Valentina, que había venido a recoger a Luciana para su primer sábado completo, apareció en la puerta del garaje.
—¿Necesitas el…? —empezó a decir.
—…destornillador de estrella, sí —terminó Santiago sin pensarlo—. Estaba en el cajón de en medio.
Un silencio incómodo llenó el espacio entre ellos. Valentina abrió el cajón correcto al primer intento y le pasó la herramienta. Sus dedos no se tocaron, pero la memoria del gesto —ella pasándole herramientas mientras él montaba la cuna, hace una vida— resonó en el aire como un acorde desafinado.
—Gracias —murmuró él, evitando su mirada.
—De nada —respondió ella, retrocediendo.
Luciana, ajena a la carga del momento, saltaba a su lado: «¡Arregla la silla, papá!». La normalidad de su voz los devolvió al presente. Santiago arregló la silla. Valentina observó, y por un segundo, sus ojos se perdieron en el movimiento de sus manos, las mismas manos que una vez le arreglaron el marco de una foto que se cayó el día que se mudaron a esa casa.
La memoria del cuerpo siempre traiciona antes que la mente.
ESCENA 2: EL DIBUJO
Un mes y medio después
Luciana llegó del colegio con un dibujo. Lo desplegó en la mesa de la cocina frente a Santiago. Era una casa. Tres figuras: una grande con pantalones (papá), una mediana con pelo corto (Valen), y una pequeña con un vestido amarillo (ella). Arriba, un sol con lentes de sol. Abajo, la firma: Luciana Díaz. Mi familia.
Santiago sintió un nudo en la garganta.
—Es precioso, cielo.
—Se lo voy a dar a Valen el sábado —anunció Luciana—. Para que lo ponga en su nevera. Así, cuando yo no esté, me puede ver.
Esa noche, Santiago envió una foto del dibujo a Valentina. No escribió nada. Solo la imagen.
La respuesta llegó media hora después: un emoticón de un corazón y una lágrima. Nada más.
Al día siguiente, cuando fue a dejar a Luciana, vio el dibujo pegado con un imán de pájaro en la nevera de Valentina, en el centro, como un tesoro.
ESCENA 3: LA NOCHE DE FIEBRE
Dos meses después
Luciana despertó con fiebre a las 2:17 AM. Santiago, adormilado, tomó su temperatura: 38.9°. Le dio acetaminofén, le puso un paño frío en la frente, la meció. La fiebre no bajaba.
A las 3:45, envió un mensaje a Valentina. No esperaba respuesta.
«Luci con fiebre alta. 39.1°. Le di acetaminofén hace una hora. No baja.»
La respuesta fue instantánea.
«¿Escalofríos? ¿Manos y pies fríos?»
«Sí.»
«Podría ser escalón febril. Quítale ropa, solo sábana ligera. Pásale toallitas templadas (no frías) por cuello y muñecas. Yo voy.»
—No hace falta que vengas —escribió él.
Ella no respondió. Llegó veinte minutos después, con el pelo revuelto y una bolsa de farmacia. Traía suero oral y un termómetro digital mejor que el de él.
No hubo saludos. Trabajaron en silencio, como un equipo quirúrgico en turno de noche. Santiago sostenía a Luciana, semiinconsciente, mientras Valentina le pasaba las toallitas por las venas principales. Coordinaban sus movimientos sin hablar, con miradas y gestos mínimos.
A las 5:30, la fiebre bajó a 37.8°. Luciana se durmió profundamente, sudada pero estable.
En la cocina, Santiago preparó dos tés. Valentina se apoyaba en la mesada, los ojos cerrados de cansancio.
—Gracias por venir —dijo él.
—No podía no venir —respondió ella, sin abrir los ojos—. ¿Sabes lo que pensé mientras manejaba aquí? Pensé: ‘Esta es la primera vez que cuidamos de ella juntos’. Es triste que tenga que ser con fiebre, pero… es la primera vez.
Santiago le pasó una taza. Sus dedos se rozaron. Esta vez, no apartaron la mano inmediatamente. Dejaron que el calor de la porcelana y el contacto fugaz coexistieran un segundo más de lo estrictamente necesario.
—¿Azúcar? —preguntó él.
—Limón, sin azúcar —respondió ella automáticamente.
Él abrió la nevera, sacó un limón, lo cortó y exprimió una rodaja en su taza. Se lo dio.
Ella lo miró, sorprendida.
—Lo recordabas.
—Algunas cosas —dijo él, mirando su propio té—. Sobreviven.
ESCENA 4: LA PRIMERA PELEA
Tres meses después
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reconciliación familiar, abandono de una madre, perdón hijos y desamor
Editado: 01.08.2026