El precio de ser amada

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Capítulo 1. Una boca menos que alimentar

—Si te vas con ellos, ¿puedo quedarme con tu comida?

Azucena levantó la cabeza. Su hermanito menor Samuel sostenía el plato vacío con las dos manos. Tenía restos de arroz pegados a una mejilla y los ojos puestos en la tortilla que ella había apartado junto a su vaso.

—¿Por qué quieres mi comida?

—Porque si te llevan, ya no vas a comer aquí.

La niña contempló la tortilla. La había partido en dos: una mitad para la cena y otra para el desayuno.

—Todavía no han decidido nada.

—Pero si te llevan, ¿me darán tu parte?

Azucena estuvo a punto de responder que sí. Era lo que solía hacer cuando sus hermanos pedían algo. Sin embargo, aquella noche tenía hambre. Había pasado la tarde ayudando a su madre, cargando agua y cuidando a los pequeños mientras su padre buscaba trabajo.

Miró la mitad de la tortilla que le quedaba.

—Puedes quedártela, Samuel.

El niño sonrió y se marchó satisfecho.

—¡Pues yo no quiero la comida de nadie! —protestó Margarita desde el otro extremo de la mesa—. Si alguien se va, que se lleve también sus cosas.

—Margarita —advirtió su madre.

—¿Qué? Aquí nadie tiene de sobra.

Azucena guardó silencio. Su hermana tenía razón. En aquella casa, cada pedazo de pan se contaba, cada gasto se discutía y cualquier enfermedad podía convertirse en una preocupación para todos.

Su padre entró y dejó las botas junto a la puerta. Traía la camisa pegada a la espalda por el sudor y el cansancio le marcaba el rostro.

—Mañana vendrá una pareja a conocernos.

Samuel regresó corriendo.

—¿Son los que se van a llevar a alguien?

—Quieren conocer a las niñas para elegir una —aclaró el padre—. .

—¿A las dos? —preguntó Margarita.

—A las dos.

La madre recogió los platos. Había lavado y planchado la ropa que usarían al día siguiente, aunque algunas prendas tenían remiendos y otras les quedaban pequeñas.

—Lo único que queremos es que tengan una oportunidad —dijo.

Margarita apoyó los codos en la mesa.

—Yo sí quiero que me elijan.

Su madre dejó de recoger los platos.

—Lo sabemos, hija.

—No quiero seguir viviendo así. No quiero que cada vez que pida algo me digan que no hay dinero.

No lo dijo con insolencia. Habló con la tristeza de quien lleva demasiado tiempo deseando algo que nunca llega.

Su madre se acercó y le acarició el cabello.

—Nadie quiere que vivan preocupadas por esas cosas.

—Pero vivimos así.

Azucena comprendía a su hermana. Ella también había imaginado una casa donde no fuera necesario esperar a que alguien terminara de comer para recoger las sobras. Quería una cama en la que pudiera dormir sin que los pequeños se despertaran a su lado, y un cuaderno nuevo en el que nadie hubiera escrito antes.

Nunca se lo había contado a nadie.

—¿Y tú, Azucena? —preguntó su padre—. ¿Te gustaría irte con esa pareja?

La niña miró hacia donde jugaban sus hermanos.

—Quisiera saber cómo sería mi vida allí.

—¿Qué te gustaría hacer?

—Terminar la escuela. Tener mis propios cuadernos.

Su padre sonrió con tristeza.

—Ojalá podamos encontrar la manera de que tengas esas oportunidades.

Azucena acarició el borde de su vaso.

—¿Podría venir a visitarlos?

—Tendríamos que hablarlo con ellos —respondió él—. No queremos que pierdas el cariño por tu familia.

La niña asintió. Deseaba tener comida suficiente, estudiar y dormir sin que el ruido de la casa la despertara a cada rato. Pero también quería seguir escuchando a Samuel llamarla cuando no encontraba sus zapatos. Quería que Margarita dejara de mirarla con aquella expresión de disgusto. Quería a sus padres.

No sabía cómo reunir todos esos deseos en una misma decisión.

A la mañana siguiente, la pareja llegó poco antes del mediodía.

La mujer llevaba una blusa clara y el hombre, una camisa bien planchada. Saludaron con amabilidad, sin fingir que no veían las paredes deterioradas, los muebles viejos ni los zapatos gastados que los niños habían dejado junto a la puerta.

—Gracias por recibirnos —dijo la mujer.

La madre les ofreció café. El hombre aceptó; su esposa pidió un vaso de agua.

Después de conversar con los padres, preguntaron si podían hablar con las niñas.

Margarita se había peinado varias veces. Llevaba el vestido menos gastado que tenía y se había limpiado los zapatos con un trapo húmedo. Debajo de la almohada guardaba otra prenda, por si los visitantes querían verla con algo diferente.

Azucena también se había arreglado, pero antes de sentarse ayudó a Samuel a abrocharse una sandalia.

La mujer reparó en el gesto.

—¿Siempre cuidas de tus hermanitos?

—Cuando puedo.

—¿Y no te cansas?

Azucena se encogió de hombros.

—A veces.

La respuesta sorprendió a la mujer. Se sentó frente a ella y le habló con suavidad.

—¿Qué te gustaría hacer si vivieras con nosotros?

Azucena pensó en su cuaderno.

—Me gustaría estudiar. Y tener un cuaderno nuevo.

—¿Qué te gustaría estudiar?

—Todavía no lo sé. Pero quiero terminar la escuela.

—¿Y qué más?

La niña vaciló antes de formular la pregunta que llevaba guardando desde la noche anterior.

—¿Podría visitar a mi familia?

El hombre intervino:

—Tendríamos que hablar de eso con los adultos y ver qué sería posible. Pero entendemos que tu familia es importante para ti.

Margarita aprovechó el silencio.

—¿Tienen una casa grande?

—Tenemos una casa cómoda —respondió la mujer.

—¿Cada uno tiene su habitación?

—No exactamente. Pero hay espacio para que estés bien.

La niña apretó las manos sobre el vestido.

—¿Y hay comida todos los días?

El hombre miró a su esposa. No se burló de la pregunta ni intentó disimular la realidad de la que venían aquellas niñas.




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