El precio de su apellido

Capítulo 1

El despacho de mi padre huele a café frío y a papeles que llevan demasiado tiempo sin pagarse. Lo sé apenas cruzo la puerta, aunque él todavía no ha dicho nada. Lo sé por la forma en que evita mirarme, por la corbata mal anudada, por las manos que no dejan de moverse sobre el escritorio como si buscaran algo que ya no está ahí.

—Camila. Siéntate.

No me gusta cómo suena mi nombre en su boca esta mañana. Como una disculpa que todavía no ha empezado.

Me siento de todas formas, porque soy su hija y porque durante veinticuatro años he aprendido a confiar en él incluso cuando todo en mi cuerpo me dice que no lo haga. Cruzo las piernas, junto las manos sobre el regazo, y espero.

—Hay algo que debí contarte hace meses —dice, y ahí está: la grieta en su voz, la que aparece justo antes de que el mundo se incline hacia un lado.

—Papá.

—La empresa. —Se pasa una mano por la cara, y por primera vez en mi vida lo veo viejo. No mayor. Viejo—. La empresa no está bien, Camila. No está bien desde hace tiempo.

Sé lo que significa "no está bien" en el vocabulario de mi padre. Significa números rojos. Significa préstamos que se piden para tapar otros préstamos. Significa noches que él pasa despierto y que yo, tonta de mí, atribuía al trabajo y no al miedo.

—¿Cuánto debemos?

Me da una cifra. La repite, porque ve en mi cara que no la he entendido la primera vez, que mi cerebro se ha negado a procesarla. Es una cifra que no cabe en una vida normal. Es una cifra que no se paga con ahorros ni con la venta de la casa ni con nada que yo sepa hacer.

—¿A quién le debemos eso?

Y ahí, por primera vez desde que entré, mi padre me mira a los ojos.

—A Marchetti Holdings.

El apellido cae en la habitación como una piedra en un lago quieto. Lo conozco. Todo el mundo en esta ciudad lo conoce. Draco Marchetti no es solo un nombre en la puerta de un edificio de cristal: es una advertencia que la gente se hace entre susurros, un hombre del que se habla con la misma mezcla de respeto y miedo con la que se habla del clima cuando se pone feo.

—Papá, ¿qué hiciste?

—Lo que tenía que hacer para mantenernos a flote. —Su voz se quiebra, y odio que se quiebre, porque significa que lo que viene después es peor de lo que ya he escuchado—. Pedí un préstamo hace tres años. Pensé que podría devolverlo antes de que él se diera cuenta de quién era yo. Pensé que tendría tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Mi padre no responde. En cambio, desliza una carpeta por el escritorio, hacia mí, como si fuera un objeto demasiado caliente para sostenerlo más de lo necesario. La abro con dedos que no sé cuándo empezaron a temblar.

Es un contrato. Reconozco el membrete antes de leer una sola línea: el logo geométrico y frío de Marchetti Holdings, tan afilado como todo lo que se dice de su dueño. Leo la primera cláusula, y luego la segunda, y para cuando llego a la tercera ya no estoy respirando bien.

—Esto es... —Levanto la vista—. Papá, esto es un acuerdo matrimonial.

—Es la única salida que nos ofreció.

—¿La única salida que *él* te ofreció? —Mi voz sube, se rompe en el medio—. ¿Le pediste dinero a un hombre y su solución fue casarse conmigo?

—No se lo pedí yo. —Mi padre aparta la mirada otra vez, y en ese gesto hay algo que no logro descifrar del todo, algo que se parece demasiado a la vergüenza—. Fue él quien me buscó cuando supo que no podía pagar. Fue él quien puso esta condición sobre la mesa. Yo solo... acepté, porque la alternativa era perderlo todo. La casa. La empresa. Tu futuro.

—Mi futuro. —Me río, pero no es una risa de verdad, es solo aire escapando de un lugar que duele—. Mi futuro ahora es casarme con un desconocido para pagar tus deudas.

—No es un desconocido cualquiera, Camila.

—¿Eso se supone que debe tranquilizarme?

No responde. No hace falta. Ambos sabemos que no hay ninguna versión de esta frase que suene mejor dicha en voz alta.

Me quedo mirando el contrato, las líneas negras sobre el papel blanco, la firma de mi padre ya estampada al final de la última página, esperando la mía junto a ella. Pienso en salir corriendo. Pienso en romper la carpeta en pedazos y tirarla al fuego de la chimenea que nunca encendemos. Pienso en todas las cosas que haría si esto fuera una película y yo tuviera opciones.

No las tengo. Lo sé antes de que mi padre lo diga.

—Si no firmas, Camila, lo perdemos todo. La casa donde creciste. Todo lo que tu madre construyó antes de morir. Todo.

El nombre de mi madre es un golpe bajo y él lo sabe, y una parte de mí lo odia por usarlo, aunque la otra parte entiende que está tan desesperado que ya no le importa jugar limpio.

—¿Cuándo quiere conocerme?

—Esta noche.

—¿Esta noche? —Casi me levanto de la silla—. ¿Vas a entregarme a un hombre que nunca he visto en mi vida esta misma noche?

—No te está pidiendo que te cases con él mañana. Solo quiere conocerte. Hablar contigo. —Hace una pausa—. Dijo que quiere ver a quién está comprando.

Las palabras se quedan flotando entre nosotros, feas y honestas de una forma que casi agradezco. Al menos nadie está fingiendo que esto es otra cosa.

—Qué generoso de su parte.

Mi padre no dice nada más. No tiene que hacerlo. La decisión, en el fondo, ya está tomada; solo falta que yo la pronuncie en voz alta para que se vuelva real.

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Llego al restaurante veinte minutos antes de la hora acordada, porque llegar tarde a algo así me parece un tipo de cobardía distinta a la que ya estoy sintiendo. El lugar es exactamente el tipo de sitio que imaginaba: mesas separadas por metros de distancia y discreción, camareros que se mueven como si flotaran, un silencio elegante que solo el dinero puede comprar.

Me siento en la mesa que el maître me señala sin preguntar mi nombre, lo cual significa que ya sabían quién era yo antes de que cruzara la puerta. Pido agua. No confío en mi estómago para nada más fuerte.




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