El precio de su apellido

Capítulo 2

El coche avanza despacio por las calles mojadas, y yo no miro por la ventana. Miro mis propias manos, quietas sobre las rodillas, e intento entender por qué todavía siento el pulso más rápido de lo normal, tres cuartos de hora después de haberme levantado de esa mesa.

No es una sensación que reconozca con facilidad. Hace mucho tiempo que nada me altera el pulso.

—¿A la oficina, señor Marchetti? —pregunta mi chofer desde el asiento delantero, con esa voz neutra que ha perfeccionado en los seis años que lleva trabajando para mí.

—A casa.

Es una respuesta poco habitual. A esta hora suelo volver al despacho, revisar los mercados asiáticos que ya han abierto, firmar lo que haya que firmar antes de que el día se cierre del todo. Esta noche no. Esta noche quiero estar solo con lo que acaba de pasar, sin números ni pantallas de por medio.

Cierro los ojos y la veo otra vez: Camila Ferrer, sentada muy recta al otro lado de la mesa, con las manos juntas sobre el regazo como si necesitara sujetarse a algo. La había imaginado de muchas formas durante estos tres años, la había construido en mi cabeza a partir de fotografías antiguas y de lo poco que se dice de ella en los círculos que frecuenta su padre. Ninguna versión que imaginé estaba a la altura de la mujer real.

No lloró. No gritó. Me miró a los ojos y me preguntó por qué, con una voz que no temblaba tanto como debería haber temblado la de alguien a quien le acaban de anunciar que su vida ya no le pertenece.

Debería sentirme satisfecho. Llevo tres años construyendo este momento con la paciencia de quien sabe que las cosas importantes no se apresuran. Debería sentir la victoria tranquila de un hombre que por fin ha conseguido lo que se propuso.

En cambio, siento algo más parecido a la inquietud.

Mi despacho en casa está a oscuras cuando entro, salvo por la luz de la ciudad que se cuela por los ventanales que ocupan toda la pared sur. No enciendo las luces. Camino directo al mueble bar, me sirvo algo que no necesito, y me quedo de pie frente al cristal, mirando las luces de una ciudad que hace tiempo dejó de sorprenderme.

Sobre el escritorio, en una carpeta que llevo meses sin necesitar abrir porque ya me sé cada palabra de memoria, está el expediente completo de Anselmo Ferrer. Los préstamos. Los intereses acumulados. La cadena de decisiones desesperadas que un hombre orgulloso toma cuando ve que todo lo que construyó se le escapa entre los dedos.

No abro la carpeta. No necesito hacerlo. Lo que necesito está en otra parte de mi memoria, en un lugar más antiguo que cualquier balance financiero.

Tenía diecinueve años la primera vez que vi a Camila Ferrer. Ella tenía dieciséis, y no tenía ni idea de que yo existía. Fue en una gala benéfica a la que mi padre me obligó a asistir, uno de esos eventos donde el dinero viejo mira por encima del hombro al dinero nuevo, y donde yo, hijo de un hombre que se había hecho a sí mismo desde nada, no era más que un invitado tolerado.

Ella estaba en un rincón, lejos de la fiesta, leyendo un libro que había escondido bajo la mesa como si temiera que alguien se lo quitara. No hablamos esa noche. No hablamos en años. Pero la observé, sin que ella lo supiera, mientras la orquesta tocaba y los adultos hacían negocios disfrazados de conversación educada, y pensé: *ahí hay algo que el dinero de esta sala no puede comprar.*

No volví a pensar en ella de manera consciente durante años. Estaba ocupado construyendo lo que tenía que construir, enterrando a mi padre, aprendiendo a base de errores caros cómo convertir una empresa mediana en un imperio que nadie pudiera ignorar. Pero su nombre reaparecía, de vez en cuando, en los márgenes de mi vida. Un artículo sobre la familia Ferrer. Una fotografía en una revista. Un comentario casual de alguien que no sabía que estaba tocando algo que yo llevaba guardado.

Y entonces, hace tres años, mis analistas me trajeron un informe sobre una empresa mediana que buscaba financiación urgente para no hundirse. El apellido en la portada del informe hizo que dejara todo lo demás que tenía sobre el escritorio.

No presté el dinero por casualidad. Y no puse esta condición sobre la mesa por crueldad, aunque sé exactamente cómo se ve desde fuera, y sé exactamente cómo se ha de haber sentido ella esta tarde, sentada frente a un desconocido que decidió su futuro antes de que ella supiera que existía una decisión que tomar.

Lo hice porque no encontré ninguna otra manera de acercarme a Camila Ferrer que no implicara esperar a que el destino, que hasta ahora no había movido un solo dedo en mi favor, decidiera cruzarnos por accidente.

Los hombres como yo no confiamos en el azar. Construimos las condiciones que necesitamos.

Suena el teléfono sobre el escritorio, y la pantalla ilumina el despacho con el nombre de mi hermana.

—Valentina.

—¿La conociste? —Su voz llega sin preámbulos, como siempre. Valentina es la única persona en mi vida que no se molesta en fingir cortesías conmigo—. Cuéntame. ¿Es como en las fotos?

—Es mejor.

Hay un silencio breve al otro lado, el tipo de silencio que Valentina usa cuando está calculando algo.

—Eso no suena a que hayas tenido una cena de negocios normal.

—No lo fue.

—Draco. —Su voz cambia de registro, se vuelve más seria—. Sabes que lo que estás haciendo no es exactamente... convencional.

—Nada de lo que hago es convencional.

—Comprar a la hija de un hombre al que le prestaste dinero para forzarla a casarse contigo tampoco es exactamente ilegal, pero está a un paso de serlo, y lo sabes.

—Nadie está siendo forzado a nada que no vaya a compensarse.

—¿Compensarse cómo? —pregunta, y hay algo en su tono que reconozco: la misma pregunta que yo mismo llevo tres años evitando responderme con total honestidad—. ¿Piensas hacerla feliz, Draco? ¿O solo piensas tenerla?

No respondo de inmediato. Camino hasta la ventana otra vez, con el teléfono todavía pegado a la oreja, y miro las luces de la ciudad sin verlas realmente.




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